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Las mujeres y las huelgas de 1962
Asturias social, enero de 2010

Claudia Cabrero Blanco
Fundación Juan Muñiz Zapico
Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo

Es de sobra conocido que si hay una fecha clave en la historia del movimiento obrero en el franquismo ése es el año 1962. Entonces, especialmente entre los meses de abril y mayo, una ola ininterrumpida de huelgas sacudió el país, dando lugar a la mayor explosión de conflictividad obrera a la que se había enfrentado el régimen hasta el momento. La minería asturiana, a la cabeza de las protestas, fue la que llevó la iniciativa de un movimiento que se extendió por gran parte del territorio nacional y que afectó a centenares de miles de trabajadores. Los conflictos de 1962 comenzaron en los primeros días del mes de abril, concretamente el día 12, cuando siete picadores de la mina Nicolasa plantearon trabajar a jornal siendo sometidos, por su bajo rendimiento, a un expediente disciplinario con amenaza de despido. Prendida aquí la llama del conflicto, todo un movimiento de solidaridad con los expedientados se extendió por otros pozos de Fábrica de Mieres, alcanzando pronto a la cuenca de Turón. El día 17 pararon los mineros de la cuenca del Nalón, el 18 la huelga se extendió al valle del Aller y el 23 se sumó la mina gijonesa de La Camocha. En el mes de mayo los límites de la minería se vieron desbordados y los paros se repitieron en fábricas y talleres de la industria siderometalúrgica, en los astilleros, la construcción y en muchas empresas de la industria ligera [1].

Manifestación en Bruselas
[Foto: Archivo Fundación 1º de Mayo]
El movimiento de protesta de los trabajadores era ya imparable. Pero, ¿dónde estaban las mujeres mientras tanto?, ¿cómo afrontaban ellas la conflictividad laboral? Desde el momento en que se iniciaron las huelgas las mujeres intervinieron en ellas, en un principio de forma aislada y espontánea y, a medida que se generalizaban los conflictos, de forma cada vez más organizada y coordinada. Su papel fue fundamental en el sostenimiento del conflicto y sus acciones fueron una pieza clave para permitir que la resistencia obrera se prolongara hasta el mes de junio. Las primeras referencias a la presencia de mujeres en el ámbito de la huelga se remontan a los primeros días de paros. El día 12 Fábrica de Mieres había anunciado la resolución de los contratos laborales y había transmitido al jefe de los Economatos la relación del personal al que no se le podía suministrar ningún artículo [2]. En respuesta, según se recogía en un telegrama enviado desde la Jefatura Superior de Policía de Oviedo al Gobernador Civil, el corte de suministros había provocado entre las mujeres de los trabajadores del Pozo San Nicolás "alguna protesta" sin importancia [3]. Una descripción similar se repetía en otro informe del 13 de abril, en el que se reconocía la existencia de protestas de mujeres en el exterior del Pozo San Nicolás y otros de Fábrica de Mieres [4]. Pese a que también se aludía a éstas como actos "sin mayor importancia", el día 20 el régimen decidió adoptar medidas preventivas y trasladar a Mieres otra Sección de la Policía Armada con instrucciones de patrullar constantemente los barrios obreros y la propia villa para actuar sobre cualquier grupo que ofreciera "actitud sospechosa" [5]. Asimismo, el día 23 de abril se decretó el cierre de los pozos afectados y se intensificó la presencia policial en ambas cuencas, especialmente en mercados de abastos [6]. Al régimen no sólo le preocupaba la posibilidad de que los trabajadores se atrincheraran en el interior, sino también lo que los familiares, especialmente las mujeres, pudieran hacer en las inmediaciones, como había ocurrido en los conflictos de los años 1957 y 1958.

Pero las mujeres no sólo protagonizaron protestas motivadas por el corte de suministros. A partir del mes de abril estas iniciativas se combinaron con acciones más contundentes dirigidas a extender el conflicto que provocaron, a su vez, una acentuación de las medidas represivas. Por ejemplo, la tarde del mismo día 26 la Policía Armada intervino en Barredos (Laviana) para disolver una concentración de mujeres que se habían reunido para boicotear la entrada al cine, en protesta por el hecho de que parte de la población siguiese realizando una vida cotidiana regular pese a la gravedad de la situación en las cuencas [8]. El día 29 varias mujeres trataron de evitar que los trabajadores de Sorriego continuaran su actividad, arrojando maíz y arroz a su paso, y al día siguiente se presentaron en Carbones Asturianos, en el Pozo Barredos y en La Camocha para impedir la entrada al trabajo de los mineros [9]. Asimismo, una manifestación de vecinas del poblado de la Vega (Gijón), cercano al Pozo de la Camocha, provocó el paro de los operarios de Fomento de Obras y Contratas, del sector de la construcción. Para ampliar sus acciones, las mujeres e hijas de los mineros hicieron extensivo su acoso hacia aquellos que no secundaban la huelga, abucheándoles e insultándoles cuando se dirigían al trabajo [10]. También el mes de mayo comenzó con una intensa actividad de las mujeres. Ya desde los días previos las autoridades tenían constancia de la posibilidad de acciones colectivas femeninas y adoptaron, por ello, medidas preventivas, reforzando las cuencas con dotaciones de la Policía Armada. Por ejemplo, en una nota del Servicio de Información de la Guardia Civil de 26 de abril de 1962 se aseguraba que las mujeres del Caudal acudirían en masa los días 1 ó 2 de mayo a los Economatos de Hulleras de Turón y de Fábrica de Mieres para que se les despachasen artículos alimenticios y que lo harían llevando consigo a sus hijos menores. Según la misma información, las mujeres de la barriada de La Joécara iban a ir a Sama en manifestación "apoyando la huelga de sus maridos y rompiendo los escaparates de las tiendas de dicha localidad". Aunque se afirmaba que ambas noticias debían ser tomadas "a título de rumores y comentarios", ante la posibilidad de que pudieran tener efectividad se tomaron las medidas de seguridad y prevención pertinentes [11]. Y, en efecto, el día 2 cerca de un millar de mujeres, algunas con pancartas, se repartieron por los centros hulleros del Nalón para evitar que los esquiroles se incorporaran al trabajo. Comunistas como Ana Sirgo, Constantina Pérez o Celestina Marrón, hicieron una intensa labor de concienciación entre las vecinas de las comunidades mineras, celebrando reuniones clandestinas para organizar la solidaridad y difundiendo sus consignas en los lugares frecuentados por las demás mujeres. Durante la madrugada, un grupo liderado por éstas recorrió las calles de Sama animando a sus vecinas a que se sumaran a la acción hasta que, finalmente, unas 250 mujeres se congregaron en las inmediaciones del Pozo Modesta, insultando a los obreros y tratando de interrumpir la circulación rodada [12]. La respuesta del régimen, representado en la persona del Cabo Pérez, fue proceder con la mayor dureza. Once mujeres, todas ellas comunistas o familiares de militantes comunistas, fueron detenidas y maltratadas en los calabozos de la policía municipal de Langreo antes de ser ingresadas en la Cárcel de El Coto de Gijón. Según la documentación policial, ingresaron en prisión Isabel Bejarano Palomino, Josefa Suárez Viego, Laudelina Roces Terente, Ester Amaro Suárez, María Luz Morán Díaz, Isaura Díaz López, Celestina Baragaño García, María Fernández Zapico, Eloína Zapico Roces, Paz Baragaño García y Honorina Díaz Solís [13]. De forma simultánea a estas concentraciones, se promovieron otras similares en las inmediaciones de Carbones La Nueva, Carbones Asturianos, María Luia, Talleres de Santa Ana, Sotón, San Mamés y Barredos. Un centenar de mujeres salió de Ciaño y se enfrentó a la Guardia Civil, por lo que cerca de una treintena de ellas fueron detenidas. El día 3 de mayo las acciones se repitieron, aunque con menor intensidad. No obstante, fueron detenidas en San Martín del rey Aurelio tres mujeres acusadas de haber organizado el piquete que, partiendo de El Serrallo, había provocado el paro de la actividad en el cargadero de carbón de Santa Bárbara. A las activistas de los días 2 y 3 se les impuso un arresto de 72 horas [14]. Asimismo, el día 2 de mayo en Sotrondio y el día 3 en Blimea, se produjeron manifestaciones de mujeres, acompañadas de sus niños, para denunciar la situación de precariedad en la que vivían. Una vez más, pese a que la actitud de las manifestantes fue en todo momento pacífica, fueron disueltas con contundencia y brutalidad. En los días siguientes las acciones se repitieron y así, con el objetivo de boicotear el acceso de dos operarios a la Mina Cantiquín, de Coto Musel, se concentraron el 10 de mayo a la entrada de los vestuarios nueve mujeres, dos de ellas con niños de pecho en sus brazos, de Les Linariegues, un pequeño caserío próximo a Laviana. Todas las integrantes del piquete, a excepción de estas dos últimas, fueron detenidas por insultar a los trabajadores y forzar la paralización de la mina. A pesar de que sólo provocaron el paro de dos mineros, las mujeres detenidas, todas ellas vinculadas al Partido Comunista, tuvieron que permanecer un mes en la prisión de El Coto de Gijón. Entre ellas estaban María Alonso Suárez, Manuela Fernández Alonso, Carmen Fernández Alonso, Ángeles González Gamonal, Dolores Marcos Castro, Aurina Martínez Alonso y Ana San Pablo García [15]. A pesar de que la respuesta policial no dejaba lugar a dudas, las mujeres siguieron adelante con sus reclamaciones y el día 21 de mayo "varios centenares" de ellas partieron de la Iglesia del Corazón de María en Oviedo para manifestarse en apoyo de los huelguistas [16]. Pero además de organizar piquetes, concentraciones y manifestaciones, desde el momento en el que se produjeron las primeras detenciones de los trabajadores, se organizaron nuevamente grupos de mujeres de preso para ir a visitar a las autoridades. Una delegación de mujeres acompañadas de sus hijos se presentó, el 21 de abril, en la Comisaría de Policía de Oviedo para interesarse por la situación de sus maridos detenidos; el día 26, un grupo de esposas y madres de los mineros se reunió con el Gobernador Civil, Marcos Peña Royo, para reclamar la libertad de sus familiares, mientras otro llevó ante el Colegio de Abogados, de Médicos y ante el Obispo las mismas reclamaciones. También en julio de 1962 varias mujeres dirigieron una carta al Gobernador Civil solicitando la libertad de los trabajadores presos tras los conflictos de abril y mayo [17]. Además, se organizaron para llevar a cabo otro tipo de acciones que permitieran la prolongación en el tiempo del conflicto, como la recaudación de ayudas económicas para ayudar a las familias de los huelguistas, entre las que repartían, metiéndolos por debajo de la puerta, sobres con dinero llegado del exterior.

Tras las huelgas, siguieron movilizándose allí donde la situación de los trabajadores lo requería y así ocurrió, por ejemplo, con los mineros deportados tras los conflictos. Sus mujeres organizaron protestas ante los economatos, concentraciones ante comercios y colectas o cuestaciones económicas. Decidieron personarse, cada día de paga, en los alrededores de las instalaciones hulleras; enviaron escritos a las autoridades, organizaron manifestaciones y se encerraron en iglesias para llamar la atención pública. En octubre de 1962, por ejemplo, una comisión de mujeres viajó a Roma para pedirle apoyo al Papa mientras, desde el Caudal y el Nalón, se organizó una marcha a Oviedo para ejercer una mayor presión sobre las autoridades [18]. Cuando en julio de 1963 la actividad laboral de los hombres volvió a paralizarse, las mujeres se pusieron de nuevo en movimiento. De hecho, fue en ese año cuando tuvo lugar uno de los episodios más conocidos de la historia de la represión en Asturias. El 2 de septiembre, Ana Sirgo y Constantina Pérez fueron detenidas mientras intentaban movilizar a un grupo de mujeres para bloquear el acceso al Pozo Fondón. Hasta que se decidió su ingreso en prisión, ambas permanecieron en los calabozos de la policía en Sama, donde estaba también el marido de Anita, Alfonso Braña. Al descubrir que éste estaba siendo torturado, ellas comenzaron a hacerse notar, insultando, gritando y pataleando para llamar la atención de los transeúntes, actitud que indignó a los funcionarios, quienes respondieron golpeando a las detenidas, a las que acabaron rapándoles el pelo. Anita y Tina estuvieron detenidas ocho días, para que les creciera el pelo antes de salir a la calle. Una vez pasado ese tiempo, les fue ofrecida la posibilidad de quedar en libertad siempre y cuando se pusieran pañoletas en la cabeza para disimular el rapado, condición que ambas se negaron a aceptar, por lo que fueron trasladadas a la Cárcel Modelo de Oviedo, donde permanecieron un mes [19].

Sin embargo, tampoco ahora la represión logró paralizar la actividad de las mujeres, que siguieron luchando por sacar adelante a sus familias, por defender a los trabajadores y por llevar los conflictos de los hombres a todos los rincones del país. Las huelgas de 1962 supusieron el punto de partida de un movimiento que era ya imparable. Actuando unidas, convencidas de la legitimidad de sus reivindicaciones y utilizando sus propias armas -ya fueran éstas abucheos, tacones, patas de sillas o puñados de pimentón picante-, las mujeres de los trabajadores se enfrentaron sin descanso al régimen y lograron hacerse oír con una voz que resonó dentro y fuera de nuestras fronteras. La importancia de su labor es incuestionable y así lo han reconocido tanto las organizaciones políticas como los hombres hacia los que iba dirigida su ayuda, que siempre tienen para ellas un recuerdo emocionado. Sin embargo, la historia demasiado a menudo se ha olvidado de hacerlo y ha pasado por alto que las trayectorias militantes de estas mujeres están llenas de grandes acciones que hacen que la lucha contra la dictadura lleve también sus nombres. Los nombres de todas aquellas esposas, madres, hermanas o hijas que se enfrentaron a cualquier obstáculo para que la supervivencia de sus familias estuviese garantizada; de todas aquéllas que respondieron a la represión haciéndose fuertes ante ella y dando muestras de unas firmes convicciones políticas; de todas las luchadoras valientes e íntegras sin cuya labor, en definitiva, nada habría sido igual. La dedicación y entrega de todas ellas durante los difíciles años de la dictadura hace que sean, hoy en día, un auténtico símbolo de la lucha antifranquista, un motivo de orgullo para el conjunto de la clase obrera y una inestimable referencia para las mujeres de las generaciones posteriores.

[1] Rubén VEGA GARCÍA, Las huelgas de 1962 en Asturias, Gijón, Trea y Fundación Juan Muñiz Zapico, 2002, p. 259
[2] Ramón GARCÍA PIÑEIRO, "La huelga del silencio. Hojas del calendario", en Rubén VEGA GARCÍA (coord.), Las huelgas de 1962...,.op. cit., pp. 65-66.
[3] 12-IV-1962. Telegrama enviado por la Jefatura Superior de Policía de Oviedo al Gobernador Civil de Oviedo. Archivo Histórico Provincial (en lo sucesivo AHP), Gobierno Civil. Secretaría Particular, carpeta 12 de abril de 1962, caja 22619.
[4] 13-IV-1962. Nota informativa enviada por la Jefatura Superior de Policía de Oviedo (Servicio de Información) al Director General de Seguridad de Madrid. AHP, Gobierno Civil. Secretaría Particular, carpeta 13 de abril de 1962, caja 22619.
[5] 20-IV-1962. Informe enviado por el Servicio de Información de la 241 Comandancia de la Guardia Civil de Oviedo al Gobernador Civil de la Provincia. AHP, Gobierno Civil. Secretaría Particular, carpeta 20 de abril de 1962, caja 22619.
[6] 13-IV-1962. Informe secreto emitido por el Servicio de Información de la Jefatura Superior de Policía de Oviedo. AHP, Gobierno Civil. Secretaría Particular, caja 22619.
[7] Ramón GARCÍA PIÑEIRO, "La huelga del silencio. Hojas del calendario", en Rubén VEGA GARCÍA (coord.), Las huelgas de 1962...,.op. cit., p. 70.
[8] 26-IV-1962. Servicio de Información de la 241 Comandancia de la Guardia Civil dirigida al Gobernador Civil de Oviedo. AHP, Gobierno Civil, Secretaría Particular, caja 22619.
[9] 30-IV-1962. Descripción de la situación en las minas de la cuenca de Langreo y Gijón. AHP, Gobierno Civil, Secretaría Particular, carpeta 30 de abril de 1962, caja 22619.
[10] Ramón GARCÍA PIÑEIRO, "Mujeres en huelga", en Rubén VEGA GARCÍA (coord.), Las huelgas de 1962...,.op. cit., p. 244.
[11] Nota informativa "Conflictos laborales en Asturias". Oviedo, 26 de abril de 1962. AHP, Gobierno Civil, Secretaría Particular, caja 22619.
[12] "Informando sobre la situación laboral en la demarcación de esta comandancia". AHP, Gobierno Civil, Secretaría Particular, caja 22619; Fichas policiales de Ana Sirgo y de Constantina Pérez. Notas sobre conflictos laborales. Carpeta 5 de septiembre de 1963. AHP, Gobierno Civil. Secretaría Particular, caja 22624.
[13] Nota informativa de la Jefatura Superior de Policía al Gobernador Civil de Asturias: "Huelga en las cuencas de Mieres, Turón, Aller, Langreo y Gijón", Oviedo 3 de mayo de 1962. AHP, Gobierno Civil. Secretaría Particular, carpeta 3 de mayo de 1962, caja 22619. Actas de declaración de las mujeres detenidas por las acciones del 2 de mayo en AHP, Gobierno Civil, caja 22621.
[14] Nota informativa "Cuenca del Nalón"; Nota informativa de la Jefatura Superior de Policía al Gobernador Civil de Asturias: "Huelga en la cuenca minera asturiana", Oviedo 4 de mayo de 1962. AHP, Gobierno Civil. Secretaría Particular, carpeta 3 de mayo de 1962, caja 22619. Las detenciones de las mujeres también en "Conflictos laborales 1962". AHP, Gobierno Civil. Orden Público, caja 28025/10.
[15] AHP, Gobierno Civil, Secretaría Particular, caja 22619. Fichas de detención e ingreso en prisión y actas de declaración de las detenidas en AHP, Gobierno Civil, caja 22621.
[16] REI, 23-IV-1962. AHP. Delegación Provincial de Sindicatos. Caja 27.743.
[17] "¡En huelga! Los mineros luchan por un salario decente, por el derecho de huelga y por las libertadas sindicales. Luchan por ellos y por nosotros", REI, 6-V-1962, Boletines de REI (1962). Archivo Histórico del PCE (en lo sucesivo AHPCE). Fondo Radio España Independiente; "Asturias, 22-IV-1962". AHPCE. Boletín de Información. Tomo 8, nº 768. 5-V-1962. REI 27-IV-1962; 29-IV-1962 y 9-V-1962. Boletines de REI (1962). AHPCE. Fondo Radio España Independiente. AHP. Gobierno Civil. Secretaría Particular, caja 22621.
[18] Ramón GARCÍA PIÑEIRO, "Mujeres en huelga...",.op. cit., pp. 253-254.
[19] Las vejaciones sufridas por estas mujeres fueron ampliamente difundidas en distintos foros internacionales y provocaron la conocida reacción de un grupo de 102 intelectuales que se dirigieron al Ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, para que se esclarecieran los acontecimientos. Así se recoge en REI 27-V-1963 y REI 14-IX-1963. AHP. Delegación Provincial de Sindicatos. Caja 27.743. Vease también, para la reacción de los intelectuales, Ramón GARCÍA PIÑEIRO, "Mujeres en vanguardia...", op. cit. e Irene DÍAZ MARTÍNEZ, Vanguardia obrera e insurrección firmada. La huelga minera de 1963 y las contradicciones de la dictadura franquista, Gijón, Ateneo Obrero de Gijón, 2006.

 
   
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La huelga minera del 62
La Nueva España, 5 de enero de 2009

La movilización, que puede considerarse el inicio de la transición, coincidió con el «contubernio de Múnich», el encuentro que unió a antifranquistas de derecha e izquierda

José Ignacio Gracia Noriega

La huelga minera del 62 en Asturias constituyó un acontecimiento muy importante en la historia de España. Huelgas había habido muchas, pero ninguna que significara lo que ésta: un pulso a la dictadura. Podrá decirse que el pulso quedó en tablas, aunque lo de «quedar en tablas» en este caso fue a corto plazo, porque si quien tiene la sartén por el mango no gana claramente es que ha perdido.

Asturias tenía un prestigio épico en el movimiento sindical europeo, avalado por los sucesos revolucionarios de Octubre de 1934. Aquella revolución que nadie hubiera querido tener en su territorio era celebrada treinta años más tarde como épica y heroica. Cierta vez que Arcadio (Cayo) García fue a Inglaterra, por algún motivo sindical, regresó sorprendido de que en algunos locales de las Trade Unions colgaran de las paredes mapas de Asturias e incluso fotografías de Manuel Llaneza. Gracias a Llaneza el sindicalismo minero asturiano se hizo respetable y prestigioso en el resto de España, y, como bien había visto Cayo, de Europa.

Llaneza era un sindicalista con un gran sentido pragmático: luchaba por lo posible, con lo que a los pocos años de su muerte vinieron a contradecirle los sucesos revolucionarios de Octubre de 1934, que pretendían conquistar lo imposible. A este respecto, Hugh Thomas recuerda el discurso incendiario lanzado por el sindicalista Manuel Grossi desde un balcón del Ayuntamiento de Grado en el que proponía la conquista del cielo, la sociedad sin clases, el comunismo perfecto.

Y a partir de 1934, aunque los revolucionarios fueron derrotados, los mineros merecieron muchísimo respeto, en primer lugar, a las fuerzas del orden. Vagamente se temía que pudieran repetir la intentona de 1934. Por eso, cuando en 1962 se inició una huelga de mineros en Asturias de proporciones desconocidas hasta entonces, la medrosa burguesía asturiana se echó a temblar. Los caminos de las dos grandes cuencas mineras, la del Nalón y la del Caudal, confluyen en Oviedo siguiendo las aguas del río Nalón que casi a las puertas de la ciudad recibe las aguas del otro río entonces también negro, el Caudal.

Muchos años más tarde, cuando la situación ya no era la misma que la de los primeros años de la década de los sesenta, cuando se corrió la voz de que los mineros vendrían a Oviedo a apoyar una manifestación de Coordinación Democrática, las fuerzas del orden patrullaban como si se temiera una invasión en toda regla, e incluso pusieron a sobrevolar un helicóptero, lo que en aquella época era un lujo. Todavía no había descubierto Juan Luis Rodríguez-Vigil las grandes posibilidades de todo tipo que ofrece el aire, y de las que se percató alquilando un avión-taxi para no perderse un «rendez-vous» con Alfonso Guerra.

El helicóptero sobrevolando Oviedo no sé si resultaría muy efectivo como fuerza disuasoria o represiva, pero demostraba que las autoridades estaban dispuestas a hacer un gasto extra de gasolina a cambio de demostrar sus poderes. Del mismo modo que el cardenal Cisneros abrió las ventanas y mostró el patio lleno de cañones a los levantiscos, el gobernador civil de aquel tiempo puso el helicóptero a volar y dijo también: «Éstos son mis poderes». En cualquier caso, aquel día no acudieron los mineros, y la manifestación fue más bien insípida, salvo por el helicóptero.

Esta manifestación del helicóptero, en cualquier caso, no hubiera sido posible sin la gran huelga minera del 62. Tal vez no sea exagerado afirmar, o siquiera insinuar, que con la huelga del 62 empieza la transición. Lo cierto es que durante aquella «década prodigiosa» de los sesenta, muchas cosas cambiaron en Asturias, en España y en el mundo, y es evidente que la gran huelga contribuyó a ese cambio.

Los mineros que veintiséis años antes habían tomado Oviedo «con la dinamita en la mano» resistían ahora en sus valles una huelga de proporciones considerables. Los sucesos de Mieres o Langreo resonaban en el mundo entero, salvo en España, y mucho menos en Oviedo. Como decía Juan Benito Argüelles, había que enterarse por «Le Monde» de que había huelga a veinte kilómetros de Oviedo.

«Le Monde» informaba mucho mejor que «Le Figaro», los dos periódicos franceses que se recibían en el salón del limpiabotas de Olegario, en la calle de las Milicias Nacionales. También se recibían en la Alianza Francesa, con algún retraso, pero al menos había la garantía de que los periódicos no serían retirados por la Policía, cosa que podía suceder en los quioscos.

Muchas personas se habían hecho socios de la Alianza Francesa para enterarse de lo que estaba ocurriendo al lado de Oviedo. En la Oficina de Información del Arzobispado, en el edificio de la Caja de Ahorros, dirigida por un joven, culto, inquieto y prometedor sacerdote de elegante sotana sin brillos llamado Víctor de la Concha, también se recibían periódicos franceses, pero sobre todo revistas: «Temps Modernes», «Cahiers du Cinema», «Positif»...

Aunque se habla de la huelga del 62, tal vez sea más apropiado referirse a «las huelgas de 1962», que es como se titula un volumen coordinado por Rubén Vega y publicado por Trea con la Fundación Juan Muñiz Zapico: «Las huelgas de 1962 en Asturias». En febrero de 1962 el Gobierno de Franco solicita la apertura de relaciones con la Comunidad Económica Europea; poco después se inicia el Concilio Vaticano II en Roma y en junio, sectores de la oposición antifranquista, del interior y del exilio, desde monárquicos juanistas a socialistas prietistas, se reúnen en Múnich, dando lugar a la indignación -más bien pataleta- del régimen, que puso en circulación el término denigratorio de «contubernio» para señalar que algunas personas «de derechas de toda la vida», eso era lo que más dolía, habían entablado conversaciones con «rojos» malos, masónicos y ateos.

Entre los que acudieron al «contubernio de Múnich» se encontraba el democristiano Alfonso Prieto, catedrático de Derecho Canónico de la Universidad de Oviedo, quien al regreso fue retenido por la Policía en la frontera, y enviado al destierro de algún apartado lugar de la geografía peninsular durante una temporada. A su regreso, el catedrático refería los detalles de su detención con acento no exento de dramatismo: «Primero me ordenaron que me quitara la corbata, después los cordones de los zapatos...». En este contexto, «aquellas huelgas representaron mucho más que un vasto movimiento reivindicativo laboral, adquiriendo una extraordinaria significación tanto en el orden interno como en el internacional», escribe Rubén Vega.

La dictadura reaccionó frente a la huelga de la única manera que es capaz de hacerlo: con represiones y a palos. De lo contrario no sería dictadura. Particularmente siniestra fue la actuación de un capitán Caro, que adquirió triste fama por los procedimientos que empleaba para interrogar, que fueron frívolamente minimizados por un jerarca del régimen, posteriormente reconvertido en demócrata, que consideraba que rapar la cabeza a las mujeres y hacerlas tragar aceite de ricino y pegarle cuatro palos al contumaz que se resistía a responder a sus preguntas eran cosas de poca monta.

Con este motivo se elaboró un documento de «intelectuales», que copiaba el manifiesto de los intelectuales franceses contra la guerra de Argelia, y mucho antes, la famosa protesta encabezada por Zola que también firmó Marcel Proust. El documento de los «intelectuales españoles», en el que figuraban muchos que posteriormente serían «profesionales de la firma», estaba encabezado por una personalidad incontestable en todos los órdenes, tanto como filólogo y crítico literario, como liberal, aunque apartado siempre de la política, don Ramón Menéndez Pidal, el casi centenario director de la Academia de la Lengua. Quienes fueron a pedirle la firma dudaban de que se la diera. Pero como me contó su sobrino, Álvaro Galmés de Fuentes, al saber de qué se trataba, pidió el pliego, sacó la estilográfica y firmó el primero: «Contra el cabrón de Franco, lo firmo todo». En segundo lugar firmó Ramón Pérez de Ayala.

Un «Homenaje a las mujeres de las huelgas del 62», editado por CC OO, recuerda aquellos sucesos. La obra incluye el documental «A golpe de tacón», de Amanda Castro. Una breve película bien hecha en la que Cristina Marcos otorga veracidad y dignidad al valeroso personaje que interpreta, en tiempos que la palabra «solidaridad» era algo más que un simple lema publicitario a cargo del demagogo de turno.

 
   
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Historia de siete hombres que perdieron el miedo
El País, 17 de mayo de 2008

Santos Juliá

Historia. Tuvimos la primera noticia de este admirable año de 1962 gracias a una publicación muy singular: España hoy, editada por Ruedo Ibérico. Con un sorprendente acopio de documentación y un diseño que será luego marca de la casa, España hoy daba cuenta de un suceso insólito por su amplitud y por su capacidad de expansión: la huelga minera de Asturias de aquella primavera. Cuarenta años después, Rubén Vega editaba dos gruesos volúmenes, Las huelgas de 1962 en Asturias, imprescindibles para un cabal conocimiento de todo lo relacionado con la huelga y su repercusión internacional.

Es imposible exagerar la importancia que, en sí mismos y para la posterior oposición a la dictadura, tuvieron estos "incidentes laborales en el Norte", como los definió el mismísimo general Franco en una concentración de alféreces provisionales convocada en el cerro de Garabitas para renovar, desde ese remedo de alto lugar, el sagrado espíritu de la cruzada. Nadie permaneció impasible: los obreros mostraron rápidamente su solidaridad extendiendo el primer movimiento generalizado de huelgas por diversos puntos del país; los intelectuales, comenzando por el ya venerable Menéndez Pidal, encabezaron escritos de protesta; los estudiantes reanudaron sus movilizaciones; salieron a escena no pocos curas comprometidos, como entonces se decía, y en el Gobierno se abría una crisis mientras los grupos de oposición se reunían en Múnich.

De Asturias a Múnich, de abril a junio, puede trazarse una línea que comienza en siete picadores de una mina perdida entre valles y montañas y acaba en el primer encuentro de la oposición del exilio y del interior bajo el paraguas del Movimiento Europeo. Cómo fue posible que una huelga desconcertara a las autoridades, movilizara a curas e intelectuales, inquietara a Franco y alcanzara un insospechado eco internacional es la materia de este nuevo relato de Jorge M. Reverte. Incansable reportero del pasado, bien pertrechado de lecturas y papeles, Reverte viaja desde las entrañas de la mina, por las cuencas del Caudal y del Nalón, por paisajes montañosos y parroquias de aldea, hasta las comisarías de policía, los cuartelillos de la Guardia Civil, el despacho del gobernador, contando día a día aquellos dos meses que conmovieron los fundamentos de un régimen.

Antes de nada, los hombres: sólo eran siete. Con un tipo de indagación y de escritura que resultará familiar a quien conozca la anterior obra de este singular historiador en que se ha convertido Jorge Reverte, emergen de las páginas de su libro los rostros, los trabajos, las familias, la vida diaria de estos obreros que están hartos de la penuria a la que les condenan los bajos salarios y las pésimas condiciones de trabajo. Hasta aquí hemos llegado. Se plantan, dicen que no, que ese día no bajan a la mina, que los hombres han perdido el miedo, como constata un policía. Y su plante se extiende de manera espontánea, no hay organización, no hay sindicatos en los que sostener la huelga, que sin embargo implica a todos, y sobre todos, a las mujeres, que distribuyen octavillas, que siembran de maíz los accesos a las minas para que quienes pretendan romper la huelga sepan que son unos gallinas.

Huelgas de otro tiempo, cuando convocarlas y sostenerlas costaba hambre, detenciones arbitrarias, cárcel, palizas, torturas. Merecían un relato de otro tiempo también, o mejor, un relato de todos los tiempos, en el que los hechos pesan más que sus representaciones porque lo que interesa saber es qué ha pasado, qué hicieron unos y otros, qué dijeron, qué sintieron, desde el joven militante de la JOC hasta la mujer que se queda sola con su prole porque al marido se lo han llevado a la cárcel. Más allá, o más acá, de cualquier teoría sobre acción colectiva, la prioridad concedida al acontecimiento inaugural y a la voz de sus protagonistas permite seguir en toda su complejidad y hondura cómo fue posible que un suceso insignificante en su origen llegara a provocar una crisis de Gobierno a su término.

Y esto es lo que ofrece Jorge M. Reverte: un relato sostenido en los testimonios de los protagonistas y en la documentación de primera mano procedente de archivos policiales; un relato de vieja historia social, de aquella historia que se hacía desde abajo, en el trato con gente común metida en el extraordinario acontecimiento de una huelga general; un relato, en fin, que después de tanto posmodernismo y de tanto giro lingüístico, nos recuerda una verdad elemental: que para contar una historia con sentido hay que haberla revivido y re/sentido, como hace Reverte, en cada uno de los anónimos protagonistas que, gracias a la palabra recuperada, recuperan también su nombre, el nombre de aquellos hombres y mujeres que en la primavera de 1962 perdieron el miedo.

 
   
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1962: Había una luz en Asturias...

Ignacio Quintana Pedrós*

*Publicado en La Nueva España el 11 de mayo de 2008. Texto leído en el acto de presentación del libro La furia y el silencio. Asturias, primavera de 1962 de JORGE MARTÍNEZ REVERTE (Editorial Espasa). Este acto, presidido por MERCEDES CABRERA CALVO-SOTELO, historiadora y ministra de Educación, tuvo lugar en la Delegación del Principado de Asturias en Madrid, el 29 de abril de 2008.

La furia y el silencio
Jorge M. Reverte
En la primavera de 1962 se inició en las cuencas mineras de Asturias una huelga silenciosa y pacífica, que puso en un brete la dictadura del general Franco. Esa es la historia que en este abril de 2008, cuarenta y seis años después, se convierte en el último libro de Jorge Martínez Reverte, La furia y el silencio. Asturias, primavera de 1962. El autor relata detalladamente los sencillos acordes épicos entonados por aquellos trabajadores, hombres y mujeres, que aprendieron a vivir sin miedo esa despiadada dictadura, con las manos desnudas y en silencio.

La narración de este libro la inician el 7 de abril de 1962 siete picadores que decidieron dar la cara, exigiendo que se cumplieran sus reivindicaciones. Fueron siete compañeros de Nicolasa, el pozo minero San Nicolás en la cuenca del Caudal. Concluye esta narración el 10 de junio, cuando los últimos huelguistas se reincorporaron a sus puestos de trabajo. En esos dos meses se había gestado una nueva forma de afrontar las temibles dificultades en las que teníamos que movernos, tanto los que no estábamos de acuerdo con esa dictadura, como aquellos trabajadores que, simplemente para conseguir unas mejoras económicas, unas condiciones de vida más dignas, se vieron inmersos, como sin darse cuenta, en la lucha por la libertad, por todas las libertades.

La exigencia de aquellos siete picadores de Nicolasa, fue la chispa que incendió la pradera. La onda expansiva y solidaria de las huelgas en las minas y, luego, en las fábricas asturianas, se extiende a la industria vizcaína y la vecina Guipúzcoa. El 4 de mayo el gobierno decreta el estado de excepción en esas tres provincias, pero la contención de esa ola será vana. La minería leonesa se suma de inmediato y, a lo largo del mes, Madrid, Barcelona, Puertollano, Cartagena, El Ferrol, Vigo y muchas otras localidades de Andalucía, Aragón, Castilla, Canarias… También se unen estudiantes universitarios, artistas, intelectuales y unas reanimadas fuerzas políticas de oposición a la dictadura. Los jóvenes que participamos en esos acontecimientos, recibimos una clase muy práctica de política. Nos fuimos dando cuenta de que esas huelgas habían cambiado nuestro país. Después de esa primavera de 1962, España fue diferente.

"Hay una luz en Asturias", como cantaba entonces Chicho Sánchez Ferlosio, "que ilumina España entera" porque "es que allí se ha levantado toda la Cuenca Minera". Era una de las versiones de esa copla antifranquista que en esa primavera de 1962 escribió y cantaba Chicho en la Universidad de Madrid, esa ciudad que, digan lo que digan nacionalistas de medio pelo, es una ciudad envidiable, excelente, indomable y generosa. Como lo fue en 1808 o en 1936. Pero volvamos al tema que nos ocupa. Después de las huelgas mineras y en la industria de 1962, 1963, 1964…, siguen unos inacabables quince años, hasta conseguir la democracia española y su Constitución de 1978.

La furia y el silencio se lee como una novela, pero todo lo que se cuenta es verdad. Los hombres, las mujeres y los lugares, lo mismo que los sucesos, son auténticos. Es una historia colectiva que da vida a personas anónimas. Además yo creo que, en esas doscientas ochenta páginas, su autor cuenta cosas nuevas y, sobre todo, de una manera nueva. Algunos mayores solemos sacar a pasear, de cuando en cuando, a nuestros muertos preferidos, publicando sus esquelas conmemorativas. No es el caso, por supuesto, de lo que escribe Jorge Martínez Reverte. Lo digo para animar a los jóvenes de hoy la lectura de este libro.

Su autor ha obtenido múltiples ayudas informativas para escribir esta obra, tanto del Archivo Histórico del Principado, en el que se conservan los informes policiales de aquellos dos meses, como de personas que vivimos esa época en Asturias, y de diversas fundaciones ligadas hoy al movimiento obrero. Las personas que hayan leído La furia y el silencio y quieran ampliar los contenidos de este novedoso libro, les recomiendo los trabajos del historiador asturiano Rubén Vega, y del investigador Benjamín Gutiérrez que, actualmente, dirige la Fundación Juan Muñiz Zapico de Comisiones Obreras de Asturias. Hace seis años esta Fundación impulsó en Asturias el 40 aniversario de aquellos acontecimientos huelguísticos. De su intenso programa de actividades en 2002, permanecen hoy "escondidos" estos buenos resultados: dos trabajosos libros con el título Las huelgas de 1962 en Asturias (tomo 1) y en España (tomo 2), que escribieron una treintena de estudiosos españoles e internacionales coordinados por Rubén Vega; el catálogo de la espléndida exposición Hay una luz en Asturias, con Francisco Zapico Díaz de comisario; y un hermoso documental complementario, "Testigos de las huelgas de 1962", hecho por la Productora de la RTV de Asturias que dirige Francisco Orejas. Con estos sólidos trabajos y poniendo por delante la reciente y sugestiva "novela" La furia y el silencio, esa historia concreta del franquismo está bien preparada para impulsar la difusión de estos contenidos.

Jorge Martínez Reverte, madrileño y asturiano de adopción, es periodista, escritor y, aunque no lo reconoce, historiador, inquietante historiador. Hace unos días, presentando este libro en Oviedo, el periodista Javier Cuervo nos resumió muy bien las características de nuestro común amigo: es laborablemente promiscuo, va a su bola, cuando habla se despacha y cuando escribe factura historias.

Lo que más me interesa, en este caso, es resaltar su labor como historiador. Jorge Martínez Reverte ha seguido los consejos del veterano historiador Santos Juliá, confiando siempre en las fuentes primarias al escribir Historia. Por eso sus batallas de la guerra civil española siempre han sido potentes obras de gran éxito: La Batalla del Ebro, La Batalla de Madrid o La caída de Cataluña. Sus admiradores estamos esperando que complete esta serie con el imprescindible y posible nuevo título La caída del Frente Norte, que incluye la pronta caída del País Vasco y su ineficaz "cinturón" de Bilbao en 1937 (¡benditos gudaris!); la tremenda debacle de Santander; y, finalmente, la numantina "Maginot Cantábrica" y la desconocida Batalla del Oriente de Asturias, con las que, bien guiados por el reconocido historiador y montañero Luís Aurelio González Prieto, recorreremos con detalle los viejos escenarios de la guerra civil española en Asturias y León..

Gracias, Jorge, por La furia y el silencio. Nos queda pendiente La caída del Frente Norte.

 
   
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«Las huelgas mineras eran un mito para los antifranquistas»
El Comercio Digital, 23 de abril de 2008

El autor madrileño presenta mañana en la Universidad de Oviedo 'La furia y el silencio', un repaso de las movilizaciones obreras en Asturias en 1962

Alberto Piquero

Jorge Martínez Reverte, rodeado de libros. [Fotografía: M. Atrio]
Periodista y novelista, Jorge Martínez Reverte (Madrid, 1948), autor de obras como 'El mensajero' (1980), 'Una vida de héroe' (1991), la colección de relatos titulada 'El último café' (1989) o la serie dedicada a su homólogo de ficción, Julio Gálvez, del cual nos dice que «podría protagonizar mi siguiente novela en Asturias», ha elegido el repaso de la historia para su último trabajo, 'La furia y el silencio'. Una aproximación a la huelga minera de 1962, que comenzando en abril en el pozo Nicolasa, de Mieres, se extendió a Turón y el Valle del Nalón, tuvo repercusiones de diámetro internacional y puso las bases de un nuevo movimiento sindical contra la dictadura franquista.

-¿Qué le ha movido a evocar 46 años después la huelga minera del 62?

-En mi época de militancia antifranquista, las huelgas de Asturias siempre fueron un mito. Después, yo he ido mucho por Asturias y conocí a gentes que habían estado en esa lucha, que me ofrecieron una versión distinta de la que tenía, menos épica, pero para mejor, más interesante y capaz de enseñar cosas.

-¿Menos épica quiere decir menos heroica?

-Fue heroica, pero de una forma diferente a lo que había ocurrido en 1934 y en la guerra civil. Se trataba de gente nueva. Y su empeño fue ejemplar.

-El último guerrillero había muerto en 1951. ¿Comenzaba otro modelo de oposición a la dictadura?

-Otros métodos adecuados a la situación. Hay hijos y hermanos pequeños de los 'maquis', que siguen en la memoria, lo que no se hereda es la fórmula. Y tampoco tiene precedentes la gran solidaridad que se manifiesta durante la huelga.

-¿Cuál es la magnitud y el significado histórico de la misma?

-Repercute en todos los centros laborales de importancia, particularmente en la minería y el sector metalúrgico. Es una huelga general en un país donde estaba prohibida la palabra huelga. Y se prolonga a lo largo de dos meses, aún cuando no se disponía de fondos de solidaridad. El eco es gigantesco en el resto de España, a pesar de que a esos lugares apenas llegaba una información escasa.

-Dice que no existían fondos de solidaridad, pero algunos de los encarcelados posteriores lo fueron por participar en la creación de los mismos...

-Matizo. No existían fondos de solidaridad suficientes. Hubo personas de UGT y del PCE que organizaron esas ayudas, pero las cantidades recaudadas en el exterior, siendo magníficas, eran muy limitadas para un conjunto de 40.000 huelguistas mineros. La solidaridad también se expresó por parte de los tenderos de las cuencas, muchos de los cuales no eran de izquierdas, en forma de pagos aplazados.

-¿Qué importancia tuvieron las mujeres de los mineros?

-Esencial. Debían dar de comer a la familia con los recursos restringidos. Y las militantes sirvieron de correos y de comunicación con las cárceles. Y se enfrentaron directamente a la policía.

-¿Y el movimiento cristiano progresista?

-La JOC y la HOAC fueron los primeros en trabajar de manera organizada. La huelga se inició de manera espontánea. Pero el mayor peso lo llevó el PCE, con socialistas a título individual o afiliados del FLP. El PCE adquirió su envergadura definitiva contra la dictadura en ese periodo.

-¿En qué provincias españolas hubo mayor respaldo?

-Hubo respaldo y emulación entre los braceros de Jerez, que lograron reivindicaciones semejantes. Y, claro, en los cinturones obreros de Cataluña, País Vasco y Madrid La detención de mujeres que se habían concentrado en una manifestación en la Puerta del Sol, junto a la reacción de los intelectuales, hizo que trascendiera al plano internacional. Uno de los escritos de los intelectuales estaba firmado por Menéndez Pidal, que era de derechas, pero odiaba a Franco.

-¿Y la famosa 'Pirenaica'?

-Que emitía desde Bucarest... Su éxito en ese momento es que dio una información precisa, aunque exagerara un poco. Así se ganó a los mineros. Por cierto, el enlace en París era el periodista asturiano Eduardo García Rico.

 
   
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1962: La primavera que alteró a Franco, desde dentro
La Nueva España, 20 de abril de 2008

Jorge Martínez Reverte plasma en «La furia y el silencio» su fascinación por las huelgas asturianas de 1962, a las que regresó a buscar los nombre propios y el factor humano.

Marco Palicio. Fotos: Archivo

Eugenio Muñiz, uno de los «siete de Nicolasa» que iniciaron las huelgas de 1962, en una imagen reciente, tomada delante del pozo donde arrancaron los paros.

El día que los caminos de los pozos amanecieron llenos de granos de maíz, ya las miradas de complicidad habían hecho su trabajo. El maíz, lo entendieron todos, llamaba «gallinas» a los mineros que no se habían sumado a la huelga; las miradas ya habían pactado la protesta en el idioma muy particular de la primavera asturiana que alteró el franquismo. Es la Asturias de 1962 y su «huelgona» hecha en silencio, sin grandes algaradas. Son los códigos secretos elevados a principios fundamentales de una gran protesta tranquila y espontánea que salió del Principado, recorrió España, agitó los cimientos del régimen y marcó un punto y aparte en el moviemiento obrero español. Desde que los siete primeros se negaron a picar en Nicolasa, los más de 40.000 mineros parados en Asturias, los otros 20.000 que les secundaron en el resto del país, los quinientos detenidos y los más de cien deportados lo hicieron posible: «España ya no será la misma a partir del final de las huelgas, (...) estos hombres han perdido el miedo». Con esta certeza termina y se justifica «La furia y el silencio» (Espasa), la narración recién publicada que culmina el intenso trabajo de campo efectuado por el escritor y periodista madrileño Jorge Martínez Reverte.

Jorge Martínez Reverte, autor de «La furia y el silencio»

Hacía tiempo que le había fascinado la «épica tranquila» del levantamiento asturiano, «un mito y un referente para los que estuvimos en movimientos de oposición al franquismo», y por eso se marchó hasta aquella primavera de 1962 a buscar algo nuevo que contar. Retrocedió en el tiempo a por carne, a sumergirse y narrar en directo, en presente vivo, la historia de las cuencas mineras asturianas entre el 6 de abril y el 10 de junio de hace ahora 46 años -aunque después el conflicto se reproduciría en agosto y septiembre y en algunos momentos de 1963-. Buscando los nombres propios y los rostros del sufrimiento y de la heroicidad en aquellos hombres y mujerers que pelearon en silencio, sumergido entrevistando a protagonistas, el escritor encontró también valiosos relatos oficiales, informes de la Policía y la Guardia Civil de la época con reveladoras perspectivas nuevas sobre el conflicto visto desde dentro, desde el otro lado pero también desde dentro.

Inteligencia colectiva

Reverte vio en la huelga «un fascinante proceso de solidaridad, de inteligencia colectiva, en el que participan familias enteras y al gente de derechas fía en las tiendas a los comunistas»

Con esas pinceladas de vida pinta Reverte el paisaje de la batalla. Así aparecen los doce kilómetros que Francisco Fernández, «El Toru», minero y falangista, veterano de la División Azul, debía caminar en medio de la noche para ir a trabajar a Nicolasa porque desde que le cambairon el turno no llegaba a ningún tren, o la historia de Amable Vallina, barrenista en El Sotón, cuando no veía el sol más que los domingos. O que Anita Sirgo y las hermanas Celestina y Carmen Marrón, militantes de izquierdas fuertemente represaliadas, fueron tres de las muchísimas mujeres que decidieron encargarse de mantener el ánimo de sus maridos cuando la huelga activaba el hambre y, sorteando a las fuerzas del orden, de esparcir maíz a las entradas de los pozos para tratar de agitar las conciencias y prolongar los paros.


La portada del «Mundo Obrero» del 1 de mayo de 1962

De ahí la atracción que ha ejercido siempre, Reverte lo ha publicado el último, este «interesante proceso de solidaridad, de lucha con sistemas nuevos. Son miradas, es maíz... Participan familias enteras, la gente de derechas fía en las tiendas a personas que están consideradas como comunistas... Ese movimiento que afecta a una sociedad entera resulta fascinante», confiesa el escritor. Ahí aparece la «inteligencia colectiva» que el escritor le vio a la «huelgona». Porque pese a la dirección difusa del movimiento «no hubo actos de violencia y se consiguió evitar todo tipo de provocación que pudiese haber dado al régimen el pretexto para una intervención de más envergadura». Y por eso detrás de los mineros y de sus familias se pusieron en aquella primavera tantos y tan diferentes: movimientos de inspiración cristiana, militantes comunistas, socialistas intelectuales, sacerdotes, estudiantes... Al relatar el proceso de adhesión a la primera espontaneidad minera, dice Jorge Martínez Reverte que «empezaron a actuar primero movimientos de inspiración cristiana -JOC y HOAC, sobre todo-, que no tenían tradición de lucha obrera. Se empezaron a sumar después socialistas de forma individual, poruqe el partido no era partidario de intervenir en estos conflictos, y entraron los comunistas de lleno, de manera muy voluntariosa. Hay alguna referencia de que son importantes los discursos transmitidos a través de Radio Pirenaica y de que el Partido Comunista gana cada vez más prestigio mientras los cristianos derivan después hacia otras organizaciones porque la Iglesia los reprime».

Así fue como «La furia y el silencio», tan difíciles de unificar fuera de la Asturias de 1962, se casaron en muchísimas historias con nombre y cara, empezando en aquel 6 de abril de 1962, cuando se plantaron «los siete de Nicolasa». Eugenio Muñiz, uno de ellos, insiste desde Mieres en que «ni tuve ni tengo» vinculación política y en que tampoco la había entre sus compañeros. «Revolucionariu siempre», dice, pero sin motivación política. De hecho, recuerda, otro de los precursores era El Toru, el falangista; los demás, José del Caz, Aníbal Álvarez, Jovino Ardura, Abelardo Panadero y Eladio Gueimonde. Éste, que reside en Palencia, que tiene ahora 66 años y atizó el conflicto a los veinte, recuerda que ganaban «cien pesetas al día» por picar carbón durante siete horas y que decidieron parar para protestar sólo «por dinero». La política, coinciden, vino después. El caso es que la difusión de su ejemplo prendió la mecha de otras paciencias a punto de explotar, que pasó de Mieres a Turón y de allí al Nalón, a la Camocha, a otras industrias y a puntos del País Vasco, Cataluña, Andalucía... Y de allí a la dura represión de un régimen desconcertado por la protesta silenciosa y pacífica de aquellos mineros asturianos con tanta fama de fieros alborotadores.

Una imagen de la época, de los mineros deportados a su regreso a Asturias al año siguiente de las huelgas

Los represores recuerdan Octubre del 34, la guerra civil o la dureza de las protestas obreras de 1959 y no se dan cuenta, tal vez, de que éstos son distintos. Una de las claves del movimiento, dice Martínez Reverte, se identifica en que los huelguistas del 62 «no actúan como los represaliados de la guerra, sino que son gente nueva, joven. Ésta es una huelga que surge por una cuestión salarial y de condiciones de trababjo. Fue el propio régimen el que la conviertió en una huelga política». El franquismo vio muchos fantasmas detrás de unos mineros que simplemente llegaron a la conclusión de que su recompensa no casaba con el esfuerzo y sólo querían «ganar un poco más y vivir un poco mejor», recuerda Gueimonde. Y es que en el origen del relato, cuenta Reverte, están sus visitas a Asturias y la sensación, «al acercarme a las Cuencas», de que «todo aquello había sido muy distinto, mucho más rico de lo que yo recordaba. Me interesó mucho deshacer el tópico según el cual parece que lo encabezaron militantes políticos. En realidad, fue una dirección colectiva y muy espontánea que se fue canalizando y de la que aprendieron mucho los partidos de oposición al franquismo». «Nadie convocó la huelga y nadie la desconvoca», se lee en la parte del relato donde todo empieza a terminar.

Un momento del rodaje de «A golpe de tacón», el cortometraje de 2007 sobre la lucha de las mujeres en las huelgas mineras de 1962

Porque la huelga se desarrolla «sin dirección». A pesar de que fue duramente reprimida, «con quinientos detenidos y mucha más gente que recibió castigos en las comisarías», las autoridades «no encontraron el menor dato que les permitiera decir que detrás había un complot político». Y aunque el 4 de mayo se decretó el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa, aunque el ministro secretario general del Movimiento, José Solís, se presentó en Asturias el día 15 para tratar de apaciguar los ánimos y a pesar de que las detenciones, torturas y deportaciones -sobre todo a Valladolid- se hicieron moneda de uso corriente, la huelga triunfó.

Triunfó si es un triunfo la «victoria amarga» que Reverte relata en el libro. Produjo, eso sí, un cambio decisivo en la estructura de las relaciones entre patronos y obreros, sustituyendo el sindicalismo vertical del franquismo por las primeras comisiones obreras, y ganó algo más que más dinero para los mineros -«de 3.000 a 6.000 pesetas al mes, en algunso casos», recuerda Gueimonde-. De modo paralelo, el interés de la prensa internacional y la tozudez de Radio España Independiente -la «pirenaica»- dio al traste con el lavado de cara en el exterior que buscaba el franquismo como paso previo a solicitar su entrada en el Mercado Común, algunos grupos de oposición antes enfrentados tendieron puentes y encontraron coincidencias... Pero, sobre todo, aquellos hombre y mujeres habían perdido el miedo.

Los recuerdos de algunos protagonistas
Eugenio Muñiz / minero
«Alguna hostia llevamos todos»

Eugenio Muñiz recuerda la hora, «las cuatro menos veinte de la madrugada». Sonó el tiembre, se levantó a abrir la puerta y se encontró a «una pareja de la Guardia Civil, uno de ellos apuntándole». Nada excepcional en la primavera de 1962. El ex minero, 75 años ahora y 32 de ellos trabajando bajo tierra, fue uno de los que se hartó aquel 6 de abril y planeó el primer plante de Nicolasa «en una reunión en el cuarto de aseo». De allí salió la huelga que se extendió por España sin pretenderlo, un paro sólo «por el dinero, porque gaábamos muy poco, aunque todo el que protestaba ya era considerado rojillo y luego es cierto que se politizó». Llegó el despido -«fuimos a juicio y ganamos», se enorgullece-, la obligación de presentarse «cada dos o tres días» en el cuartel de la Guardia Civil y la obsesión por separar a «los siete de Nicolasa», que al él le llevó «castigado a Polio».

«Alguna hostia llevamos todos», recuerda el ex minero mierense, y eso que no fueron ellos, «los cabecillas», los peor parados de la represión, pero mereció la pena. Al menos porque pasadas las huelgas, continúa Muñiz, «todo cambió al cien por ciento». Todo son los salarios de los mineros, pero también la relación entre los obreros y los patronos. «Se notaba que había otro control, otro tratamiento. Antes no te podías dirigir a ellos, ni a un policía o a un guardia civil, porque ibas directo al cuartel».

  Anita Sirgo / mujer de minero
«Fuimos decisivas, su lucha era la nuestra»


Anita Sirgo

«Su lucha era la nuestra». La justificación de Anita Sirgo lleva dentro la de todas la mujeres de mineros que asumieron el conflicto. Un mes después de la primera huelga, recuerda, la estrangulación económica a que el régimen quiso someter a los mineros sublevados estuvo a punto de dar sus frutos. «Veíamos que iban a volver a entrar y perder un mes de lucha y teníamos que evitarlo». Así llegaron las reuniones, el maíz en los pozos y hasta un encierro de ocho días en la catedral de Oviedo para pedir la libertad de los detenidos. Y todo doblando el sacrificio, en la pelea y en casa: «Yo trabajaba en un bar en Lada y llevaba a los presos la comida que sobraba de las bodas». Había llegado el hambre y para Anita, cuya lucha inspiró el cortometraje «A golpe de tacón», cuatro meses en la cárcel, donde coincidió con su marido, con el que se comunicaba golpeando a taconazos las paredes del calabozo. Le raparon el pelo, la torturaron, pero a sus 78 años sigue sabiendo que allí las mujeres «fuimos decisivas».

  Eladio Gueimonde /minero
«Sigo siendo rebelde, pensando lo mismo»


Eladio Gueimonde

«Éramos jóvenes, a lo mejor los que menos teníamos que perder», Eladio Gueimonde no sabe a ciencia cierta por qué ellos «los siete de Nicolasa», pero tampoco importa demasiado, ya fuera eso o «el ímpetu rebelde» lo que les empujó hacia la certeza de que «había que dar la cara». Él tenía veinte años y también recuerda que la política le quedaba muy lejos, que «lo que nos preocupaba era ganar más, ir al baile a Riosa y vivir un poco mejor». La política vino después porque «los partidos aprovechan las circunstancias». Lamenta las represalias, que él y sus compañeros sufrieron menos que otros, pero también acepta que tras las huelgas cambió el paisaje de los pozos. A sus 66 años, se siente «muy orgulloso de lo que hice y volvería a hacerlo si tuviera seis compañeros como auqellos. Si ahora trabajara seguiría siendo rebelde, sigo pensando igual que entonces». Y no se olvida de las mujeres, «las heroínas de la huelga. Sin ellas no habríamos resistido. Yo las nombraría catedráticas de Economía».

 
   
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Tacones visibilizados
La Voz de Asturias, 11 de marzo de 2008

Homenaje de Comisiones Obreras en Oviedo a las mujeres que participaron activamente en las huelgas del 62.

POR

El pasado sábado se celebraba el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, por cierto ya centenario, y la Secretaría de la Mujer de Comisiones Obreras de Asturias rindió homenaje a las mujeres que participaron activamente en las huelgas del 62. Se inició la jornada con la proyección, en el salón de actos del Easmu del corto A golpe de tacón , cuyo guión corrió a cargo del exdirector de Rne en Asturias Pedro Alberto Marcos, documentado históricamente por la licenciada en Historia Claudia Cabrero y dirigido por Amanda Castro, productora de Informativos de la Tpa, basado en las historias reales de Anita Sirgo y Constantina Pérez, dos líderes de las cuencas mineras en aquellas huelgas y que serían posteriormente homenajeadas junto con otras veintiséis de las que algunas no pudieron acudir.

El acto de entrega de reconocimientos (un cuadro del pintor gijonés Del Río que representaba dos mujeres corriendo con un niño en la mano y alumbrándose con un farol, obra denominada Hay una luz en Asturias ) fue conducido por un entrañable Francisco González, secretario de la Federación de Pensionistas y se inició con las palabras del secretario general de CCOO Antonio Pino quién entre otras cosas definió a la campaña electoral como "tediosa, aburrida y acartonada" y recordó "la reciente elección del obispo más reaccionario del país como presidente de la Comisión Episcopal", agradeciendo la existencia de esas señoras "porque hoy tenéis canas". Seguidamente intervino Dolores González, secretaria de la Mujer, quién declaró, entre otras cosas que "no procede que lea el discurso" y que "los sentimientos son muy intensos".

Las homenajeadas iban subiendo al escenario ayudadas por el secretario de los pensionistas, algunas de ellas pronunciaron breves palabras. Las que acudieron fueron Eufrasia Albes, Isabel Alonso, Carmen Alvarez, Eloína Alvarez, Esther Amaro, Josefina Bejega, Carmen Cuervo, Luci Fernández, Josefina G. Páramo, Enedina García, Maruja G. Felgueroso, Carmen Marrón, hermana de Celestina, quién no pudo acudir, Maruja Ramos quién dijo de la madre de Francisco González, Rosario, también galardonada que "había sido una camarada muy buena", Gloria Redondo, Nieves Ríos y Finita Rodríguez. Entre el público la candidata de IU Laura González y su hija la diputada Noemí Martín, el secretario general de IU Jesús Zapico, los profesores de Historia Contemporánea, el catedrático David Ruiz y Carmen García, el director de la Fundación Juan Muñiz Zapico, Benjamín Gutiérrez, y por CCOO, entre otros: el secretario de Empleo Miguel Iglesias Ballina y la secretaria Emilia Escudero. Al finalizar, falla la tecnología: "Vamos a cantar a pelo". El público en pie en el patio de butacas y las homenajeadas, en el escenario, puño en alto corean La Internacional. Mujeres anónimas, ya conocidas, tarea callada, obstinada ayuda. Son artífices de la historia.

 
   
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A taconazos contra Franco
El Comercio Digital, 8 de marzo de 2008

CC OO homenajea a las mujeres que apoyaron desde diversos flancos las huelgas mineras de 1962; una protesta que mostró a media Europa las injusticias del régimen

Ramón Muñiz

Mujeres que apoyaron las huelgas de 1962, con el obsequio de CC OO, ayer. [Fotografía: M. Rojas]
Cierren los ojos e imagínense a una mujer. Lleva en el bolso un zapato de tacón. ¿Por qué? Porque estamos en 1962 y tras cada esquina de Asturias hay un policía a la caza del sospechoso. Pero, ¿quién va a sospechar de una mujer con un zapato de tacón? Ahora, vuelvan a cerrar los ojos y miren: es la misma mujer, intentando devolver los palos que le da un policía con un sencillo zapato de tacón, el mismo que, horas más tarde, empleará en una celda de la cárcel de Oviedo para golpear en el muro e intentar comunicarse con el preso vecino. Nuestra mujer está embarazada, y mientras los hombres encargados de hacer cumplir la ley la pateaban en el suelo, le gritan que «no pasa nada», que si pierde el bebé «habrá un comunista menos en el mundo».

Ahora que la han dejado un rato está ahí, tirada en el suelo de la celda, dando golpecitos en la pared con su zapato de tacón. De repente, tras el muro alguien devuelve la señal y la muchacha escucha primero y sonríe después, aliviada. Acaba de descubrir que su marido está como ella, machacado, sangrando y vivo, en el calabozo contiguo.

Durante 40 años, España la dirigía alguien que tenía la existencia de Dios tan clara como la necesidad de detener, encerrar o torturar a todo aquel que, como Anita Sirgo, nuestra mujer del viejo zapato de tacón, tuviera la ocurrencia de hablar de cosas que «atentan contra el natural». «Sabíamos que no íbamos a poder cambiarlo, que nos iban a masacrar, pero lo que buscábamos con aquello era que toda España, y el extranjero, se enterara de las injusticias que cometía el régimen todos los días».

«Aquello» fueron las huelgas mineras de 1962, unas oleadas que empezaban una semana en un pozo para protestar contra las condiciones laborales y que, semana tras semana, lograban contagiar hasta a los trabajadores de Bilbao y a los noticieros de media Europa. Ayer el sindicato CC OO se propuso, aprovechando la celebración del Día de la Mujer, hacerles un homenaje a las hermanas, madres y esposas de aquellos mineros. «Son mujeres que lucharon doblemente: por la libertad en este país y porque las mujeres tenían un papel que jugar en el país», ensalzaba el secretario general Antonio Pino.

Atrevimiento

En la foto las ven: tienen arrugas y están viejas. Es decir, tienen todo lo que hay que tener para que los jóvenes de esta época las miren y pasen de largo, caminando por la calle, entre carteles electorales y escaparates. Hoy es día de reflexión, de aburrirse pensando en el voto. Ya no es tiempo de «meterse en la cama y tener miedo a que picaran a la puerta para llevarte presa», como rememora Tina Marrón.

Pese al miedo, ahí donde las ven, esas mujeres iban de comercio en comercio, pidiendo comida para llevar a los presos, apañándoselas para enterarse de dónde iban los mineros a cortar carreteras y así enviar un parte a Radio Pirenáica.

Hacían eso y, con el mismo atrevimiento, se plantaban a la puerta de los pozos y echaban granos de maíz a los pies de los mineros esquiroles, «para que vieran lo gallinas que eran a ojos de las mujeres», según relata el historiador y experto en lucha obrera Benjamín Gutiérrez.

Aguantaron los palos con una ilusión: que la idea de vivir en un país libre, como una semilla, creciera en los demás.

 
   
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CCOO dedica el Día Internacional de Mujer trabajadora a las huelguistas del 62
RTPA, 7 de marzo de 2008

El secretario general de CC.OO de Asturias, Antonio Pino, entregó hoy las distinciones conmemorativas a las mujeres participantes en las huelgas mineras de 1962, dentro de los actos de conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora que se celebra mañana.

Pino aprovechó la ocasión para "exigir" a las fuerzas políticas, especialmente a las de izquierda, que hagan "efectivas" las políticas de igualdad entre hombres y mujeres. "Hay que ahondar esta realidad", afirmó el secretario general de CC.OO.

Respecto a la situación laboral de las mujeres en Asturias, Pino declaró que, a pesar de las mejoras, el Principado aún se encuentra "muy por debajo" en cuanto a salarios, ya que hay una diferencia del 34 por ciento de media entre los sueldos masculinos y femeninos. Y tildó de "lacra" la violencia de género que sufren muchas mujeres.

En el acto, las 29 mujeres homenajeadas han visto el cortometraje "A golpe de tacón" dirigido por Amanda Castro y basado en la historia de Ana Sirgo.

El acto de hoy, al que también ha asistido la candidata de IU al Congreso por Asturias, Laura González, ha concluido con la entrega de un obsequio a las homenajeadas y con el canto del himno de La Internacional Comunista.

 
   
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Primavera de 1962, carta de una huelga
La Nueva España, 8 de abril de 2007

La protesta obrera duró dos meses y situó a cientos de familias de las Cuencas al borde de la indigencia

Langreo / Mieres, Miguel Á. Gutiérrez

Querido Luis: Disculpa que no te haya escrito antes, pero es que últimamente la cosa anda bastante revuelta. Imagino que en Francia no tendréis estos problemas. Aquí la vida está cada vez más cara y los salarios en la mina siguen igual de bajos. Las condiciones de seguridad tampoco son como para tirar cohetes. No sólo afecta a Nicolasa. En los demás pozos del valle, en el Nalón y en La Camocha las cosas están igual de mal. La gente anda bastante quemada y se palpa en el ambiente que esto va saltar más tarde o más temprano. De todo lo que pase en los próximos te iré informando con detalle. Ya sabes que mi vecino Manuel es camionero y pasa con frecuencia por Toulouse. Le daré las cartas a él para que te las deje en la gasolinera.

Un abrazo de tu hermano Paco.

6 de abril de 1962: Como te contaba hace unos días, la cosa está que arde por aquí. Los compañeros del pozo llevamos dos días bajando el ritmo de trabajo para protestar por la reorganización de los turnos y pedir más salario. Eladio, Eugenio y otros cinco picadores de la capa novena han parado por completo. Dicen que les van a sancionar.

7 de abril: Al final han suspendido a los siete picadores de empleo y sueldo, mientras tramitan el despido definitivo. Es la gota que ha colmado el paso. El relevo de la mañana no ha entrado a trabajar y los de la tarde hemos hecho lo mismo. El pozo Nicolasa está paralizado. A última hora ha venido el delegado provincial de Sindicatos para amenazarnos con la rescisión del contrato. La gente no ha hecho caso. Estamos hartos.

11 de abril: Seguimos en huelga. En Nicolasa tampoco hoy se ha sacado carbón. En los últimos días se nos han unido los compañeros de Barredo, Polio y Centella. Todo se acuerda en silencio. Un simple gesto o una mirada bastan para que no entremos a trabajar. La Guardia Civil ya ha detenido a algún compañero y en los economatos tienen una lista facilitada por la empresa en la que aparece la gente a la que no se le puede vender ningún producto. Quieren meternos presión, pero de momento aguantamos bien.

17 de abril: Un barrenista del Fondón con el que estuve el sábado me dice que en muchos pozos del Nalón están bajando el rendimiento y que pronto irán a la huelga. En «Radio Pirenaica» ha salido hablando «La Pasionaria». Animan a la gente del resto de Asturias y de España a unirse a los paros. En muchas minas están apareciendo octavillas para convencer a los indecisos. También sembramos los pozos con granos de maíz para llamar gallinas a los esquiroles. Cada vez hay más detenidos y más Policía por aquí. Parece que esto va para largo.

27 de abril: Toda la cuenca del Caudal y la mayoría de los pozos del Nalón están en huelga. También se han sumado La Camocha, compañeros del metal y gente de otras fábricas de Asturias. Al parecer, somos miles. En «Radio Pirenaica» cuentan que los paros se están extendiendo por toda España. Ahora no podemos flaquear. Carmen y otras mujeres también están haciendo una gran labor para reforzar la lucha. Están organizando piquetes y van de una cuenca a otra informando de lo que pasa. También recogen alimentos para los compañeros presos o deportados. Entre los huelguistas hay de todo. Socialistas, comunistas, compañeros sin militancia y gente de la HOAC y la JOC.

3 de mayo: Llevamos casi un mes de huelga y la cosa empieza a ponerse fea en casa. Carmen y los críos andan inquietos porque no queda dinero y hay que ingeniárselas para traer algo de comer. Celestino, el andaluz que tiene la tienda de ultramarinos debajo de casa, se está portando muy bien y nos fía. Otros muchos comercios están haciendo lo mismo. También la parroquia y algunos vecinos están proporcionando alimentos a las familias mineras que peor lo pasan. Ya sabrás que el Benfica le ha ganado la final de la Copa de Europa al Madrid. No todo iba a ser malo.

8 de mayo: Ayer me llevaron al calabozo porque sabían que en la familia había algún comunista. Me han interrogado durante dos horas y después me han soltado. Las noticias no son buenas. Han decretado el estado de excepción en Asturias. También en Guipúzcoa y Vizcaya. El sábado los periódicos hablaban por primera vez de la huelga, o del conflicto laboral como ellos lo llaman. Dicen que sólo habrá subidas salariales si antes se reanuda la actividad. La gente anda indecisa. Algunos quieren seguir con la huelga, pero otros creen que ya ha sido suficiente.

11 de mayo: En «Radio Pirenaica» nos aconsejan que mantengamos la huelga rotando por categorías. Se tratar de ir al tajo sin ir. Un día faltan los picadores, otro sólo los barrenistas. Así el pozo no podrá funcionar. Manuel me ha dado el periódico francés con las fotos de las manifestaciones de solidaridad que se están organizando en Europa. También me ha dicho lo del manifiesto de los intelectuales. Deben de estar poniéndose nerviosos en el Gobierno porque cada vez hay más detenciones. Dicen que ya han encarcelado a más de cien. También han deportado a 24 compañeros del pozo San José a Valladolid.

13 de mayo: En los pozos y en las demás fábricas se están organizando comisiones obreras y se están eligiendo representantes para negociar con el Gobierno. Se rumorea que Franco va a mandar al ministro del Movimiento a Asturias para hablar con nosotros. No negocian con los enlaces del Vertical porque no serviría de nada. En la reunión se planteará que queremos mejoras salariales, la actualización de pensiones, la anulación de la sanción de los compañeros de Nicolasa y la liberación de los detenidos.

25 de mayo: Parece que al final va a haber acuerdo. Ya era hora. El Gobierno ha cedido y subirá el precio de la hulla 75 pesetas por tonelada. No estamos del todo convencidos porque se va a incluir a los administrativo en el reparto. La minería no ha salido mal parada. En otros sectores parece que la cosa ha ido peor.

8 de junio: Los compañeros que seguían en huelga se han ido incorporando en los últimos días. Las cosas ha vuelto a la normalidad. No nos fiamos de lo que pueda pasar en un futuro, pero de momento hemos ganado el pulso. Algunos dicen que ha sido algo más. Que el régimen ha quedado muy tocado y que hay que a partir de ahora hay que intensificar la resistencia obrera contra Franco. No lo sé. Lo cierto es que han sido dos meses muy duros, pero creo que ha valido la pena. Ya te contaré.

Un abrazo, Paco.

 
   
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La mina tomó la palabra
La Nueva España, 6 de abril de 2007

La «huelgona» del 62 movilizó a los intelectuales españoles contra el régimen por la falta de libertades

Mieres / Langreo, Miguel Á. Gutiérrez

Participantes en la «huelgona» en un homenaje celebrado en 2002, en Mieres, con motivo del 40 aniversario del conflicto. [Fotografía: Juan Plaza]
Le saluda atentamente: Ramón Menéndez Pidal, Ramón Pérez de Ayala, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela... Así hasta 25 firmas de algunos de los intelectuales más destacados del país. Después llegarían muchas más. Todas ellas se solidarizaban con los huelguistas de 1962 y reclamaban -a través de sucesivos manifiestos y cartas de adhesión remitidos al Gobierno de Franco- el fin de la cesura informativa y la negociación con los trabajadores en los conflictos laborales, asumiendo la renuncia expresa a los métodos represivos. Fue la denominada «insurrección firmada» -según el término acuñado por Armando López Salinas- que movilizó a pensadores, artistas y escritores de diversos sectores ideológicos contra la ausencia de libertades del régimen franquista.

La protesta en negro sobre blanco era la expresión escrita del malestar que se vivía en las calles de España, con frecuentes movilizaciones de intelectuales y estudiantes que convirtieron el «Asturias, Patria Querida» en un símbolo de apoyo a los huelguistas. El mundo de la mina también se convirtió en una fuente de inspiración y de militancia democrática de algunos creadores como Picasso y su popular dibujo de una centelleante lámpara minera que deshace las sombras. La literatura también encontró un fértil caldo de cultivo en la temática carbonera y la resistencia obrera tras el 62.

En ese año las huelgas marcaban el camino de la reacción contra el régimen y los intelectuales no pudieron abstraerse del clima de agitación social generado por la revuelta. «Por lo que a nosotros se refiere -hombres de vocación intelectual, obligados a la orientación y la crítica- hemos de pensar que nos compromete alguna suerte de manifestación, ya que sería absurdo e inmoral que, por propio decreto, nos consideremos ajenos y desligados de las realidades colectivas que nos envuelven», rezaba el escrito encabezado por el presidente de la Real Academia de la Lengua, Ramón Menéndez Pidal. La pluralidad ideológica de la lista de firmas -con comunistas, cristianos, ex dirigentes de la CEDA e incluso antiguos falangistas- refuerza el impacto político del manifiesto.

Manuel Fraga Iribarne -director del Instituto de Estudios Políticos y elegido por los intelectuales para trasladar la carta a Franco- fue el primero en recibir la carta, pero no el único. La misiva también fue enviada a las embajadas y a la prensa extranjera, lo que estimula las simpatías hacia la causa huelguística de la opinión pública internacional.

El primer manifiesto de 25 intelectuales fue secundado posteriormente por escritos de adhesión apoyados por cientos de pensadores, escritores y artistas dentro y fuera de las fronteras españolas. Algunos de ellos son exiliados y otros muchos son extranjeros como André Breton, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Manifiestos, poemas y pinturas convirtieron la rebelión de la mina en la revolución de la artes. El frente intelectual contra el franquismo estaba abierto.

 
   
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Los represaliados demandan un mayor reconocimiento a su lucha
La Nueva España, 6 de abril de 2007

Langreo, M. Á. G.

Han pasado 45 años. Aún quedan testimonios vivos de la huelga del 62, pero otros muchos protagonistas han muerto. Uno de los episodios clave de la historia reciente de España y Asturias amenaza con caer el olvido.

Por eso represaliados del franquismo y movimientos asociativos reclaman un mayor reconocimiento a las personas que lucharon contra el régimen.

Así lo explica Vicente Gutiérrez Solís, histórico militante del PCE y uno de los obreros deportados tras la «huelgona» del 62: «Hace falta un mayor reconocimiento, no sólo económico sino también simbólico, a las personas que hicieron un sacrificio enorme por las libertades de este país. Muchos de los protagonistas de aquellos sucesos se están muriendo con pensiones míseras y sin que nadie se acuerde de ellos».

En una línea similar se expresa Víctor Luis Álvarez, presidente de la Asociación Memoria Histórica Asturiana. «De la lucha que realizaron esas personas se beneficiaron muchas más en los años sucesivos. Lo que ocurre es que vivimos en el país de la amnesia y somos muy proclives a olvidar», explica.

 
   
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La «huelgona» global
La Nueva España, 5 de abril de 2007

Los paros mineros del 62 provocaron una oleada de solidaridad a nivel mundial y frustraron el ansia europeísta del régimen

Mieres / Langreo, Miguel Á. Gutiérrez

Manifestación celebrada en Bruselas en apoyo de los mineros asturianos tras las huelgas desatadas en la primavera de 1962. Fotografía cedida por la Fundación Juan Muñiz Zapico -reproducción de Fernando Rodríguez-
[Foto: Archivo Fundación 1º de Mayo]
No había teléfonos móviles, la televisión estaba en pañales y la censura franquista tampoco ayudaba mucho a propagar el mensaje. Sin embargo, en la primavera de 1962 pocos rincones del mundo ignoraban lo que estaba sucediendo en Asturias. Los paros de los mineros y la posterior represión provocaron una oleada de apoyo a los huelguistas que cristalizó en manifestaciones de solidaridad, recaudación de fondos para los represaliados, recogida de firmas y manifiesto de intelectuales. Los efectos políticos fueron tuvieron un calado aún mayor. La «huelgona» del 62 y el impacto del posterior «contubernio» de Múnich aumentaron las simpatías de la opinión pública internacional hacia la oposición franquista, frustraron las ansias europeístas del régimen y volvieron a poner de relevancia la necesidad de retomar de nuevo la «cuestión española».

El conflicto social de 1962 evidenció la naturaleza dictatorial del régimen, que por aquel entonces buscaba legitimarse con su acceso al Mercado Común Europeo. La falta de libertades y la represión derivaron en una oleada de solidaridad inteligentemente explotada con fines políticos por la oposición en el exilio. En las movilizaciones jugaron un papel fundamental los españoles emigrados, así como las organizaciones políticas y sindicales de izquierda. Los sucesos de 1962 también alentaron un cambio de rumbo en los tolerantes planteamientos de algunos gobiernos occidentales -como Estados Unidos- que hasta entonces veían en el franquismo un mal menor que podía actuar como aliado y dique de contención frente a la expansión del comunismo.

Sin embargo, el principal golpe para la política del franquismo fue el truncado acercamiento a Europa. El cambio de estrategia dentro del gabinete de Franco ya se había fijado años antes, con la puesta en marcha del plan de Estabilización y la entrada en escena de los tecnócratas ligados al Opus Dei. Éstos últimos -en contraposición a la Falange, partidaria de mantener las estructuras autárquicas- defendía una racionalización económica que necesariamente incluía la apertura al exterior para ganar mercados y revitalizar la economía nacional.

Según recoge el historiador Rubén Vega en el libro «Las huelgas de 1962 en España y su repercusión internacional» -editado por la Fundación Juan Muñiz Zapico- el 9 de febrero el Gobierno español solicitó, en términos textuales, la apertura de «una negociación susceptible de llegar en su día a la plena integración» en el Mercado Común Europeo. El conflicto obrero frustró esa aspiración, al quedar al descubierto los reprobables déficits democráticos del régimen. De hecho los primeros contactos, meramente superficiales, no se produjeron hasta casi tres años después.

La reacción del franquismo ante la reunión del IV Congreso del Movimiento Europeo celebrado en junio en Múnich -interpretado por algunos historiadores como una respuesta a lo que habían supuesto las luchas mineras- tampoco ayudó a mejorar la imagen del régimen. En el encuentro participaron representantes de la oposición antifranquista de los sectores más diversos, desde socialistas hasta monárquicos, en lo que supuso -según palabras de Salvador de Madariaga- la escenificación del fin de la guerra civil. La feroz campaña de descrédito del régimen hacia el famoso «contubernio» no hace más que acrecentar los temores de la opinión pública internacional.

La reunión de Múnich fue, en cierta medida, el traslado a la moqueta de las huelgas obreras de España. Sin embargo, hacía meses que el apoyo estaba en la calle con manifestaciones de solidaridad que recorrían toda Europa con la «Internacional» cantada en español o la exhibición de banderas republicanas como símbolos de rechazo al orden político franquista.

Pese al papel de los partidos y los exiliados, la oleada de solidaridad no sólo tuvo apoyos políticos. Colectivos de intelectuales y asociaciones de derechos humanos también reaccionaron con determinación para movilizarse contra la ausencia de libertades en España. Estas protestas se acompañaron con recogidas de firmas y la recaudaciones de fondos para los represaliados. Nicolasa había traspasado fronteras. La «huelgona» ya era global.

 
   
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Jaque minero al franquismo
La Nueva España, 4 de abril de 2007

La «huelgona» del 62 supuso el resurgimiento del movimiento obrero, cohesionó a la oposición y reveló la vulnerabilidad del régimen por primera vez desde la guerra civil

Langreo / Mieres, Miguel Á. Gutiérrez

Mineros asturianos deportados tras la «huelgona» del 62, en una reunión mantenida en León. Fotografía cedida por la Fundación Juan Muñiz Zapico, reproducción de Fernando Rodríguez
Las noticias que llegaban al palacio del Pardo desde Asturias no eran buenas. La huelga iniciada en el pozo Nicolasa a principios de abril de 1962 -una más entre las protestas aisladas que se producían con relativa frecuencia en la minería- se había extendido de forma frenética e inesperada por toda Asturias y por una parte importante del resto del país. Los números cantaban: 65.000 trabajadores en huelga en Asturias y 300.000 en el conjunto de España en los dos meses que duraron los paros. Los jerarcas del régimen se mostraban inquietos. La situación amenazaba con escapárseles de las manos.

Tenían razones para el desasosiego. La represión inicial se había revelado inútil. Por eso, al estado de excepción decretado por el Consejo de Ministros el 4 de mayo en Asturias, Guipúzcoa y Vizcaya le siguió un cambio de estrategia basada en la negociación. Franco no manda a un interlocutor cualquiera. Envía a un ministro -José Solís, secretario general del Movimiento- para tratar directamente con los mineros, en un hecho inédito hasta entonces. Todas las pretensiones de los huelguistas son atendidas y se inicia un regreso escalonado a los pozos. Sin embargo, el precio de la paz social alcanzada es demasiado alto para el régimen franquista que, por primera vez desde el fin de la guerra civil, se muestra vulnerable.

La «huelgona» del 62 tuvo múltiples efectos colaterales. A la evidente mejora de las condiciones laborales de los mineros (con un aumento salarial que en muchos casos llegó a duplicar los sueldos) hubo que sumar repercusiones políticas de mucho más calado para el país. El conflicto social, en el participaron directamente cristianos de base y algunos sectores del clero, fracturó la hasta entonces inquebrantable entente entre Estado e Iglesia. Los paros y la posterior represión también contribuyeron a cohesionar a la oposición antifranquista, así como a movilizar a buena parte de los intelectuales del país en la denominada «insurrección firmada».

Sin embargo, uno de los efectos más importantes de la huelga iniciada en Asturias fue el resurgimiento del movimiento obrero como forma de resistencia activa contra el orden establecido. El propio Stalin había aconsejado a los dirigentes comunistas en el exilio que debían orientar los esfuerzos a combatir el régimen «desde dentro». Ese renacimiento sindical se plasmó en la eclosión de una nueva generación de dirigentes, la consolidación de las comisiones obreras y la sentencia definitiva del Sindicato Vertical, arrinconado por el propio régimen, que optó por negociar directamente con los representantes de los huelguistas ante la necesidad de contar con un interlocutor válido.

La huelga también destapó las contradicciones del régimen y la lucha de poder entre la Falange y los tecnócratas ligados al Opus Dei, que habían introducido el plan de estabilización y medidas de racionalización económica que incluían la congelación de salarios, la apertura al exterior y, en definitiva, la superación del período autárquico. En ese clima, Solís -enviado de Franco conocido como la «sonrisa del régimen»- trató de ganarse con sus concesiones el beneplácito de los mineros, para obtener así una victoria política y recuperar el terreno perdido por la Falange en los órganos de poder franquistas.

En lo que casi todos los historiadores coinciden es en que la «huelgona» del 62 marcó un hito en el devenir de la Historia reciente de España que puso en jaque a las estructuras del régimen. Así lo explica Francisco Palacios, profesor de Historia, para quien los paros de 1962 supusieron «una fractura» para los cimientos del régimen, así como «gran descrédito a nivel internacional».

 
   
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«Me trataron como a un criminal cuando lo único que pedía era una subida de sueldo»
La Nueva España, 4 de abril de 2007

Eugenio Muñiz, uno de los «siete de Nicolasa», relata la tensión vivida y las visitas de la Guardia Civil a su casa de Mieres en plena madrugada

Ablaña (Mieres), M. Á. G.

Eugenio Muñiz, uno de los siete picadores de Nicolasa sancionados en 1962, en una imagen tomada ayer, junto al castillete del pozo.
[Foto: Fernando Geijo]
«Oye, a ver si ahora van a montar una huelga y mañana tengo a la Guardia Civil en casa». Eugenio Muñiz Martínez bromea cuando se acerca a las instalaciones del pozo Nicolasa, en Mieres. Hace 45 años fue uno de los siete picadores que desataron la chispa del conflicto al ser sancionados por paralizar su actividad. «Ganábamos poco y las condiciones de trabajo eran muy malas, así que algo había que hacer», relata este vecino del barrio de La Peña, que aún hoy se sorprende cuando reflexiona sobre las repercusiones de la «huelgona» minera que tambaleó las estructuras del franquismo y fue secundada por 65.000 trabajadores en Asturias.

Muñiz formaba parte del grupo de siete trabajadores que dieron origen al conflicto obrero: «Sé que tres de ellos murieron, creo que otro vivía en Gijón y al resto les perdí la pista», indica este ex picador de Nicolasa. Eladio Gueimonde, uno de esos compañeros, vive actualmente en Palencia y el domingo pasado también relató en LA NUEVA ESPAÑA las experiencias vividas durante la «huelgona» del 62.

Eugenio Muñiz nunca tuvo miedo a significarse laboralmente. «Al que subía un par de veces a reclamar al ingeniero ya le llamaban comunista. Al final se beneficiaron muchos compañeros de aquella huelga porque la situación mejoró mucho».

Sin militancia política

Este mierense de 74 años se autocalifica «de izquierdas», aunque precisa que nunca militó en partido alguno. «Nunca estuve metido en política, pero sí es verdad que era un poco revolucionariu, porque jamás me callé ante nadie cuando creía que lo que defendía era justo». La reacción de la empresa ante la decisión de los «siete de Nicolasa» de dejar de picar carbón el 7 de abril no se hizo esperar. Sancionó a los trabajadores a la espera de resolver el expediente sobre su despido definitivo. «Cuando se enteraron el resto de compañeros decidieron no entrar a trabajar», rememora Muñiz, que tenía tres hermanos trabajando en San Nicolás.

Al ex minero no se le olvida «la solidaridad de los compañeros» ni la represión posterior al estallido del conflicto. «Cada poco me llevaban al cuartel y un día la Guardia Civil vino a buscarme a casa a las cuatro de la mañana y con el fusil por delante. Me trataban como a un criminal cuando yo sólo quería mejorar mis condiciones de trabajo y que me subieran el sueldo», recuerda.

Después de Nicolasa, Muñiz pasó por Barredo y el pozo Entrego, explotaciones en las que también fue sancionado como represalia por la empresa. «Me tenían enfiláu, pero no me arrepiento porque había que dar la cara», concluye.

 
   
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La huelga acentúo las contradicciones internas y la lucha entre falangistas y tecnócratas
La Nueva España, 4 de abril de 2007

Tal y como explica Palacios, la «huelgona» del 62 en Asturias «coincidió en el tiempo con otros paros mineros en Francia y en Bélgica, aunque allí tuvieron un estricto carácter laboral, mientras que en nuestro país se mezclaban con reivindicaciones políticas democráticas». El historiador local también certifica que los paros obreros de la primavera de 1962 enterraron definitivamente las estructuras sindicales del régimen, ya que «el Sindicato Vertical fue desbordado por las comisiones obreras, interlocutoras en las negociaciones con los ministros del Gobierno».

Además, en opinión de Palacios, el encuentro de Múnich en 1962, que reunió a representantes de la oposición franquista de los más variados sectores, se convirtió en «una respuesta a escala internacional de lo que a escala nacional habían supuesto las luchas mineras. El objetivo de aquel "contubernio", en el que participaron distintas organizaciones políticas -desde monárquicos hasta socialistas y del que sólo quedaron excluidos falangistas y comunistas-, era concienciar a la opinión pública europea sobre la violación por parte del franquismo de las libertades políticas, sindicales, de expresión y de reunión».

En una línea similar se manifiesta Rubén Vega, profesor de Historia de la Universidad de Oviedo y ex director de la Fundación Juan Muñiz Zapico, para quien el conflicto de 1962 supuso un «patrón» de resistencia obrera para el resto de España. «A partir de entonces lo que hacían los mineros asturianos se convirtió un poco en el modelo de otras provincias de España», indica Vega. A juicio de este historiador, el golpe a los cimientos del franquismo fue demoledor. «Puede que no echara abajo las paredes del franquismo, pero las resquebrajó para siempre», apunta.

Vega, que coordinó las dos publicaciones editadas hace cinco años por la Fundación Juan Muñiz Zapico sobre las huelgas del 62, certifica que el éxito de la revuelta social se debió a su inesperada y rápida propagación: «La sanción a los siete picadores de Nicolasa se transformó en una chispa que incendió toda la pradera y que desbordó incluso a las organizaciones clandestinas. Antes de 1962 los conflictos obreros habían sido muy localizados, pero en ese año se generalizó en toda España y tuvo unas repercusiones internacionales muy importantes».

Para Vega también fueron claves las contradicciones internas del régimen y la consolidación de las comisiones obreras. En una línea similar, Ernesto Burgos, profesor de Historia y experto conocedor de la historiografía de las Cuencas, concede una importancia capital al resurgimiento del movimiento obrero. «De las huelgas del 62 surgió un sindicalismo nuevo basado en las comisiones obreras. Esto dio lugar a unas estructuras sindicales totalmente renovadas, con unos representantes designados por los propios obreros y en las que todas las decisiones emanaban directamente de la asamblea; en algún sentido era un sindicalismo mucho más fresco del que puede existir ahora».

Para Burgos, la aceptación de las demandas obreras por parte del régimen socavó su autoridad y provocó que los mineros y, por extensión el resto de los trabajadores, «tomaran conciencia de su poder». «El resultado de la huelga de la primavera del 62 fue una bajada de pantalones del régimen que envalentonó a los obreros. Además fue una protesta con un gran apoyo social de otros sectores, no sólo de mineros; había un malestar latente y la "huelgona" canalizó la reacción de la gente», concluye Burgos.

 
   
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Sobrevivir en tierra de nadie
La Nueva España, 3 de abril de 2007

Ciento veintiséis mineros asturianos fueron deportados a otras provincias en un intento de la dictadura por dejar sin líderes a un movimiento obrero fortalecido tras la huelga del 62

La «huelgona» de 1962 se dio por finalizada una vez que los obreros consiguieron una serie de beneficios sociales y salariales. Sin embargo, poco después de su conclusión, el descontento por la mala aplicación de estos avances provocó una nueva huelga, en el mes de agosto. La dictadura intentó sofocar el paro de forma expeditiva, deportando a los líderes mineros de cada pozo y a aquellos obreros «subversivos» que ya estaban «fichados». En total se desterró a 126 personas, que fueron a parar a algunas de las zonas más pobres de España. La situación duró 15 meses.

Langreo / Mieres, Luisma Díaz

Los regímenes totalitarios siempre han recurrido a la represión para acallar las voces que critican sus actos. La persecución policial a las familias, la cárcel o las palizas son algunos de los métodos que las dictaduras han utilizado contra sus críticos. Una de las formas más duras de represión es la deportación: alejar al «elemento subversivo» de su lugar de origen llevándolo a un sitio, sin familia, sin amigos, sin apoyos, donde apenas tenga oportunidades para salir adelante. Esto fue lo que les ocurrió a 126 mineros asturianos, deportados tras la segunda gran huelga de 1962. Eran algunos «cabecillas» del movimiento obrero asturiano, otros eran hombres «fichados» por la justicia «no por ser delincuentes, si no por luchar por derechos legítimos que hoy recoge la Constitución». El exilio forzado duró quince largos meses, entre agosto de 1962 y noviembre de 1963, cuando, tras otra serie de paros, los mineros consiguieron que sus compañeros retornaran a sus casas.

La deportación fue el método utilizado por el régimen franquista para intentar que la segunda gran huelga del 62 fracasase: la dictadura pensó que, si se «extraían» a los líderes obreros de su lugar de trabajo, el resto de mineros dejaría de protestar. El segundo gran paro de este año se originó a causa del incumplimiento de una de las promesas a las que se comprometió el Gobierno tras la primera huelga, que concluyó en el mes de junio: el pago de 75 pesetas por tonelada de carbón extraída a los trabajadores. En agosto, los mineros comenzaron a hartarse de que esta cantidad, que podía ayudar a completar su salario, no repercutiese en quien sacaba el carbón.

«La mayor parte del dinero se quedaba por el camino», relata Vicente Gutiérrez Solís, actual presidente de la Federación de Vecinos de Langreo y uno de los obreros deportados tras la «huelgona». «Se lo quedaban entre capataces, vigilantes y gente del Sindicato Vertical. Al final el trabajador no veía ni un duro», indicó Gutiérrez Solís. Los 126 obreros fueron deportados a varias regiones, por lo general, de las más pobres del país en aquella época: Lugo, Zamora, León, Valladolid, Soria, las provincias extremeñas, AndalucíaÉ «donde encontramos la solidaridad de la gente más humilde».

Las huelgas del 62 supusieron la primera gran contestación de la sociedad civil contra la dictadura franquista. «Toda una generación», según Avelino Pérez, que permaneció en el exilio desde el 62 al 75, «hijos de vencidos y también de vencedores de la guerra civil demostramos de la dictadura que no tenía futuro. El único camino era la democracia».

 
   
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«Pedíamos trabajo fuera, pero en cuanto sabían que éramos deportados nos decían que no»
La Nueva España, 3 de abril de 2007

«Cuando había huelga acababa en la cárcel», asegura Luis Vázquez, de Mieres

Paxío (Mieres), José Luis Salinas

Luis Vázquez salió un día de abril de 1962, junto a otros 25 compañeros del pozo Barredo, de Mieres, en dirección a una cárcel de Valladolid, allí pasó 27 días. Su «pecado», según recuerda, era haber sido uno de
Luis Vázquez, en su casa de Paxío. Foto: [Fernando Geijo]
los cabecillas en las huelgas mineras de ese año. En la capital castellana se encontró con otros 95 compañeros asturianos. Vázquez conserva una gran memoria a sus 86 años. Uno de sus recuerdos más nítidos son los días que pasó fuera de su casa por reivindicar «lo que nos correspondía». «Tan sólo queríamos que se redujeran las horas de trabajo, de ocho a siete, y que se nos incrementara el precio de la rampa», apunta.

A pesar de todo, asegura que «había muchos compañeros muy temerosos, que hablaban mucho antes de iniciarse las movilizaciones, pero que cuando comenzaban se echaban para atrás». Tras su «viaje» a Valladolid, Vázquez regresó a Asturias, pero la historia volvía a repetirse unos meses más tarde, concretamente, el 6 de septiembre de 1962. Ese día, el minero mierense, tras participar en una gran movilización, fue de nuevo encarcelado por la Guardia Civil. «Hasta el 4 de mayo de 1963 no volví a casa. Durante ese tiempo estuve cuatro meses en Cuenca y otros tantos en León, en ésta última ciudad junto a otros compañeros pedimos en varias ocasiones trabajo, pero en cuanto se enteraban de que éramos deportados asturianos nos decían que no», señaló. El culpable de sus encarcelamientos durante esos años fue su capataz, según cree. «Me quería muy mal, cada vez que había una huelga yo acababa en la cárcel». La última vez que regresó a Asturias, a su puesto de trabajo, la situación había cambiado mucho. «Me mandaron a los relevos y a conservar pozos, cuando tenía la categoría de posteador, y en el primer mes de paga me quitaron 4.000 pesetas de la nómina, pero en esa época no se podía hablar», afirma. Hace apenas un mes, se encontró en un bar de Mieres con el que había sido su capataz durante aquellos años. El minero, que se jubiló en 1971, no quiso ni hablar con su jefe, a pesar de que éste último sí intentó acercarse. «Parece que no se acordaba de lo que me había hecho pasar», sentenció.

 
   
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«Dispararon y perdí el culo corriendo, luego me tiré al río para escapar»
La Nueva España, 3 de abril de 2007

Avelino Pérez huyó del cuartel de la Guardia Civil de Sama y permaneció trece años exiliado en Toulouse (Francia)

Langreo, Luisma Díaz

Avelino Pérez, ayer, en la zona de Sama donde se arrojó al río para escapar de la Guardia Civil.
Foto: [Fernando Rodríguez]
«Sabía que era el último del comité al que habían detenido y tenía la certeza de que me iban a moler en el cuartel. Por eso, en cuanto me quitaron un momento las esposas, tiré a los dos guardias y empecé a correr. Fue el instinto de supervivencia». Así relata Avelino Pérez, ex diputado regional e histórico socialista langreano, su fuga del cuartel de la Guardia Civil de Sama en la madrugada del 1 al 2 de mayo de 1962. La historia de su fuga comenzó ese día, pero no finalizó hasta las Navidades de 1975, cuando, animado por la muerte de Franco, se decidió a volver a España después de 13 años en el exilio francés. Pérez no fue uno de los obreros deportados en agosto de 1962, pero lo hubiera sido de no haber escapado, ya que era uno de los «fichados» por la dictadura.

«Formaba parte de uno de los dos comités que tirábamos propaganda durante la huelga», recuerda Pérez. Junto a él, otros dos mineros, Luis Fernández y José Luis Fernández, y dos albañiles, Florentino Vigil y Ramón García. «La huelga no era sólo cosa de la mina, era algo de todos», recuerda el histórico socialista langreano, que cuando estalló la huelga trabajaba en el pozo Venturo. «Teníamos los aparatos de impresión en El Ceacal, en Tuilla», continúa. Todos ellos sabían que tenían sus domicilios vigilados para que el día que regresasen pudieran ser detenidos. Pese a ello, Avelino Pérez volvió a su casa. «Mi mujer estaba embarazada de siete meses», rememora. En ese momento la Guardia Civil lo atrapó y se lo llevó al cuartel de Sama, situado en la calle Dorado. «Mi esposa y mi suegra quisieron esconderme, pero preferí salir, para que ellas no pagaran por mí», afirma Pérez. En cuanto le quitaron las esposas logró escapar, iniciándose una peligrosa persecución que duró dos días.

«Eché a correr cuanto pude. Entonces oí que disparaban por detrás y entonces sí que perdí el culo corriendo. Llegué al parque de Sama y allí salté una verja que había. Los guardias iban bastante atrás», relata Avelino Pérez. Entonces, cuando parecía que iba a poder despistar a sus perseguidores, se encontró cara a cara «con los grises», que estaban patrullando. «No me lo pensé dos veces y me tiré al río», a la altura de lo que hoy en día es la calle Cervantes. «Había una riada bastante gorda. Siempre había sido un buen nadador, pero era demasiado». Por eso decidió refugiarse en la desembocadura del colector que viene de la zona de Modesta. «Los guardias bajaron a buscarme con linternas, pero no me encontraron. El hedor era insoportable».

Pérez aguardó a que la búsqueda cesase para lanzarse definitivamente al río. «Suponía que me iban a seguir buscando por allí. Por eso me dejé llevar por la fuerte corriente, para alejarme». A la altura del pozo Fondón logró salir del agua. Tenía un destino claro en su cabeza: la zona de la Güeria Carrocera, donde tenía amigos y compañeros que lo ayudarían. «Tardé día y medio en llegar a la Güeria por el monte», afirma Pérez, «iba calado del todo. El catarro me duró mucho tiempo». Tras mes y medio escondido en una casa de Les Felechoses, pudo emprender viaje a Erandio (Vizcaya). Allí, el que fuera secretario general de los socialistas vascos, Ramón Rubial, lo acogió un mes, «hasta que tuve preparados los papeles y un guía para pasar a Francia», Pérez tardó cinco años y medio en ver a su hija pequeña y permaneció, hasta 1975, en Toulouse, trabajando de escayolista.

El retorno no fue fácil, pese a que Franco ya estaba muerto. «Pasé la frontera sin problemas y celebré las Navidades en familia. El día 27 fui a la Policía para evitar problemas y me confiscaron toda mi documentación, pero gracias a Gregorio Peces Barba» (que acabó siendo uno de los ponentes de la Constitución) «pude recuperarla». «Estoy orgulloso de estar donde estuve porque fue una forma de luchar por la democracia», concluye.

 
   
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«Pasamos hambre y mucho frío, pero recibimos la solidaridad de la gente»
La Nueva España, 3 de abril de 2007

Vicente Gutiérrez estuvo desterrado en Soria y en León, donde «quisieron agotarnos económica y físicamente»

Langreo, Luisma Díaz

Vicente Gutiérrez Solís, junto a Química del Nalón, donde estaban las oficinas de Carbones La Nueva, en las que fue detenido. Foto: [Fernando Rodríguez]
«Llegamos de vacío y vivimos gracias a la solidaridad de la gente, personas que apenas tenían nada y que lo compartían todo con nosotros». Así recuerda Vicente Gutiérrez Solís su estancia en Soria como deportado por el régimen franquista. Este histórico militante del Partido Comunista, presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Langreo, afirma que los desterrados «pasamos mucha hambre, frío y el acoso de la Policía. Pero recibimos el cariño y la solidaridad de la gente».

La deportación no fue la primera medida represiva que sufrió Gutiérrez Solís. Ya en el año 1960 le metieron en la cárcel, cuando trabajaba en Carbones de La Nueva. Tras salir en libertad, participó en las movilizaciones de la primavera del 62. Cuando la huelga se reanudó, «cambiaron de táctica. Nos apresaron y estuvimos en comisaría varios días. Luego fuimos deportados». Gutiérrez Solís recuerda que «éramos 126. Llevaron a gente a muchas zonas distintas, sin avisar a las familias, que no sabían donde estábamos». En su caso, la provincia a la que fue trasladado fue Soria. «Por aquel entonces era una de las zonas más pobres de España».

El viaje, «en un camión de carga», duró dos días. Junto a él iban otros once mineros. Al llegar «lo primero que hicieron fue registrarnos "en condiciones"». Luego, «nos dijeron que debíamos presentarnos en comisaría dos veces al día». ¿Y después? «Nada. Nos soltaron con lo poco que llevábamos y nos dijeron que nos las arregláramos». Según Gutiérrez Solís, «a partir de ese momento recibimos la solidaridad enorme de las gentes de Soria». Encontraron alojamiento en la barriada del General Yagüe. «Dormíamos tres o cuatro en cada habitación». Una vez encontraron un techo en el que cobijarse, el siguiente objetivo era «encontrar empleo». «Trabajamos en una fábrica de tejas, también en distintas obras», recuerda. Entonces «pudimos ir devolviendo a la gente que nos acogió parte de lo que nos prestaron». Sus familias, desde Asturias, también enviaban algunos víveres. A los seis meses de estar en Soria, y tras entrar en comunicación todos los deportados, se planteó al Gobierno la petición «de que nos reagruparan».

La unión de los desterrados se hizo efectiva en la provincia de León. En la provincia vecina recibieron la ayuda de muchas familias conocidas de Asturias. «Vivimos en casas que utilizaban para ir de veraneo, aunque algunas hubo que alquilarlas». En León la exigencia inicial de presentarse dos veces al día en comisaría se rebajó a una. «Estábamos controlados, la situación era muy precaria. Las autoridades se movían para impedir que pudiésemos encontrar trabajo. Querían agotar económica y físicamente a la gente. Había familias con hijos que se mantenían gracias a la ayuda de los compañeros», afirma el presidente de la Federación de Vecinos. «Fue un período de mucho sufrimiento». En 1963 la presión popular logró que se admitiese su vuelta a casa. Era el 30 de noviembre. Lo que no se pudo lograr fue la readmisión en sus trabajos. «Algunos volvieron, otros no». Gutiérrez Solís, junto con algunos otros, no pudieron volver a trabajar hasta 1978, con la llegada de la democracia.

 
   
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La conciencia femenina de los pozos
La Nueva España, 2 de abril de 2007

Muchas mujeres de mineros, como Anita Sirgo, jugaron un papel fundamental en la «huelgona» del 62, al organizar piquetes y recabar alimentos para los presos y deportados

Langreo / Mieres, Miguel Á. Gutiérrez

Las mujeres se enfrentan a la Guardia Civil en una de las escenas del rodaje de «A golpe de tacón» que rememora la participación femenina en la huelga del 62. [Foto: Juan Plaza]
Anita Sirgo ofrece instintivamente el oído derecho cuando mantiene una conversación. El tímpano del izquierdo se lo dejó hace 45 años en un calabozo de Sama, como consecuencia de los golpes recibidos tras uno de los interrogatorios posteriores a la «huelgona» del 62. La cabeza rapada de esta langreana, rasurada por los carceleros como método de coacción, se convirtió en un símbolo de la resistencia obrera contra el franquismo. Sirgo perdió la melena pelirroja, pero no el espíritu de lucha, que mantuvo hasta la caída del régimen.

En los paros de 1962, Anita Sirgo -junto a cientos de mujeres de las comarcas mineras, entre las que destacaron otros nombres como Constantina Pérez, «Tina»; Celestina Marrón o Amor Gutiérrez- asumió la primera línea de la lucha con la organización de piquetes de huelga. Las mujeres también se ocuparon de la parte logística de la protesta, recorriendo las Cuencas de una punta a otra para transmitir las noticias de la huelga y recabando la solidaridad de los comerciantes para mandar alimentos a los presos y deportados.

La «huelgona» del 62 no cogió desprevenidas a las mujeres de los mineros. Al desatarse los primeros paros en Mieres, ya empezaron a planificar la resistencia en previsión de la extensión de la protesta al valle del Nalón. Las reuniones eran rotatorias y se celebraran al amparo de un café o un chocolate con churros. «Así, si venía la Guardia Civil, podíamos decir que estábamos merendando», explica Sirgo. Las mujeres se organizaron en tres grupos: las de Lada cortaron el paso al Fondón, las de La Joécara se apostaron a la salida de este barrio obrero y las de La Nueva cercaron la entrada al pozo María Luisa. A las cinco de la mañana las cabecillas empezaron a picar timbre por timbre a las demás integrantes del piquete para evitar deserciones entre las indecisas. El relevo de las seis ya no entró a trabajar.

«Nosotras íbamos pacíficamente, pero estábamos preparadas para todo. El primer día, al ver el maíz en el suelo (la forma de llamar «gallinas» a los esquiroles) se daban la vuelta y avisaban a los que venían detrás para que hiciesen lo mismo», rememora Sirgo. En el piquete había mujeres de todas las edades, casi todas hijas, madres o esposas de mineros, tal y como relata esta vecina de Lada. «Había una mujer a la que llamaban La Caravana. Tenía 80 años pero llevaba un tocho de madera arrancado de una banqueta por si tenía que defenderse». Todo esfuerzo era insuficiente. «Había que dar la vuelta a los esquiroles como fuera para no romper la huelga», apostilla Sirgo.

Cristina Marcos, a la izquierda, la actriz que representa en la película el personaje de Anita Sirgo, que está junto a ella. [Foto: Juan Plaza]
El dominio de la situación de las mujeres duró poco porque la Guardia Civil movió ficha y acudió a desarmar los piquetes: «Un día una pareja de guardias llegó al Fondón y empezó a disparar tiros al aire para avisar a los demás». Las manifestantes fueron trasladadas hasta las cuadras de mulas, el lugar que actualmente ocupa el economato de Hunosa. Allí las cabecillas fueron señaladas para ser detenidas, lo que provocó una reacción airada de las demás mujeres: «Empezamos a gritar que o todas o ninguna. Al final no se llevaron a ninguna». El grito ha vuelto a retumbar estos días en el cielo de Langreo como parte del rodaje del cortometraje de Amanda Castro sobre las mujeres de la «huelgona» del 62, en el que el papel de Anita Sirgo (figurante en algunas escenas) es interpretado por la actriz Cristina Marcos.

A Sirgo, el espíritu de lucha ya le venía de niña. Fue enlace de la guerrilla y cada día subía al monte para llevar comida a un grupo de «fugaos» en el que estaba su tío, ejecutado poco después. «A mi padre también lo mataron en el monte, pero no sabemos dónde pudo ser», relata. Los interrogatorios mientras su padre y su tío estaban con vida se hicieron frecuentes: «Yo tenía 8 o 9 años en aquella época. Nos sacaban a toda la familia de casa de madrugada para peguntarnos por mi padre. Pegaban a mi madre mientras a mi hermano y a mí nos ponía el fusil en el pecho para asustarnos». Y eso que asustar a Anita Sirgo nunca fue una tarea fácil. Uno de los momentos más duros de su vida tuvo lugar en 1963, año en que se intensificó la represión tras los coletazos de las huelgas del año anterior.

 
   
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La Cenicienta y las bestias negras del capitán Caro y el cabo Pérez
La Nueva España, 2 de abril de 2007

Esta langreana y su marido Alfonso Braña fueron conducidos al cuartel de la Policía municipal, utilizado por el capitán Caro y el cabo Pérez, de la Guardia Civil, para sus interrogatorios. A Sirgo la metieron en una celda con Constantina Pérez, «Tina». Su marido estaba en un calabozo contiguo. «De madrugada empezamos a oír golpes. Piqué en la pared y no tuve respuesta, así que supuse que les estaban torturando», rememora Sirgo, que añade: «Empezamos a gritar que eran unos asesinos por un ventanuco que daba a la calle, hasta que apareció el capitán Caro en pantalones cortos y con la camisa llena de sangre».

Sirgo fue trasladada entonces a otra habitación para ser interrogada por el paradero de Horacio Fernández Inguanzo, «El Paisano». «Me cortaron el pelo con una navaja y empezaron a golpearme; de la paliza me quedé sorda de un oído. Les dije que estaba embarazada para ver si así dejaban de pegarme y me respondieron que mejor, que de esa forma habría un comunista menos». De vuelta al calabozo, Sirgo tuvo tiempo para abalanzarse sobre una rejilla de la celda donde se encontraba su marido. «Casi no pude reconocerle porque tenía la cara hinchada como un tomate y la cabeza rapada con la forma de una cruz en la cabeza. Otro compañero, Tonín Zapico, estaba tirado en el suelo vomitando sangre».

Tina (fallecida de enfermedad unos años más tarde) y Anita fueron encarceladas después durante un mes en Oviedo, mientras les crecía el pelo, ante su negativa de cubrirse la cabeza con una pañoleta para ocultar lo sucedido. Allí volvieron a interrogarlas sobre Fernández Inguanzo. «Claro que sabía donde estaba "El Paisano"; el día anterior se había refugiado en mi casa. Salí de la cárcel sin pelo, pero con la cabeza bien alta porque nunca delaté a nadie», asevera Sirgo.

Otras de las revueltas de protesta protagonizadas por esta langreana tuvo lugar en la sede del Sindicato Vertical en Sama. Tras penetrar en el edificio fueron desalojadas por decenas de Policías. «Recuerdo que había uno en cada peldaño de la escalera dándonos toletazos. Al salir a la calle saqué el zapatón de tacón que llevaba en el bolso para protegerme y empecé a darle con él a un guardia; se me perdió en medio del tumulto».

Sirgo relata con humor que a partir de aquel día se la empezó a conocer como la Cenicienta. «A todas las mujeres que detenían les probaban el zapato para ver si era la que había agredido al policía. Lo tenían complicado porque yo calzo un 41».

A requerimiento de los dirigentes comunistas -para trasladar unos documentos a Francia y dejar que las cosas se calmasen en España- Sirgo se desplazó a Francia con un pasaporte falso. Allí estuvo dos años. «Los compañeros no querían que regresase, pero yo tenía que hacerlo porque no podía estar más tiempo separada de mi marido y mis hijos». A la vuelta se personó ante las autoridades. Le cayeron cuatro meses de prisión en una celda de la cárcel modelo de Oviedo.

Sirgo nunca abandonó su lucha y en los años setenta participó, junto a otras 30 mujeres, en un encierro en la catedral de Oviedo. Anita Sirgo resalta la labor desempeñada por las mujeres de los mineros en el movimiento de resistencia obrera de los últimos años del franquismo. «Pasamos penalidades y llevamos muchos golpes, pero mereció la pena. Las mujeres siempre estuvieron al frente y, sin nosotras, no sé si se habría llegado a donde llegamos», concluye.

 
   
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«No tenía miedo a los palos porque luchaba por el pan de mis hijos»
La Nueva España, 2 de abril de 2007

Esther Amaro Suárez asegura que el papel de las mujeres «a veces fue más importante que el de los hombres»

Langreo, M. Á. G.

Esther Amaro Suárez, a la entrada de la barriada de La Joécara, de Sama, donde cerraban el paso a los esquiroles.
[Foto: Juan Plaza]
Cuando uno mira a Esther Amaro Suárez cuesta imaginarla formando piquetes de huelga, apedreando esquiroles o soportando golpes en la cárcel. Pero lo hizo, al igual que otras muchas mujeres anónimas de las Cuencas. Por eso cuando esta langreana de 77 años recuerda los tensos episodios vividos durante la «huelgona» del 62 lo hace con orgullo y sin el menor asomo de pesar en el rostro. Se aferra a un argumento irrefutable. Era lo que había que hacer. «Nunca tuve miedo a los palos ni a los golpes porque luchaba por el pan de mis hijos», sentencia.

Al estallar el conflicto laboral, Amaro -esposa de minero y madres de tres hijos- vivía en La Joécara, en Sama. Las mujeres de este barrio fueron de las primeras en organizarse y ponerse al frente de la lucha con la formación de piquetes de huelga. Al «frente» de La Joécara pertenecieron otras ilustres como Constantina Pérez, «Tina», y Amor Gutiérrez.

En los primeros días de la huelga, las mujeres de La Joécara se repartían frente a las casas de los potenciales esquiroles para intimidarles y no dejarles acudir a la mina. Si esta estrategia no funcionaba, el piquete femenino recurría a métodos más expeditivos. «Les tirábamos piedras en cuanto asomaban la cabeza por el portal; entonces corrían escalera arriba que se mataban. Alguno no volvió a hablarme, pero me da lo mismo». Sin embargo, la dispersión facilitaba la burla del cerco. Por eso empezaron a parapetarse en el paso a nivel, el punto estratégico que impedía el paso a los mineros de La Joécara.

De vuelta a casa, tras finalizar la jornada de protesta, esta mujer de Langreo tenía que ingeniárselas para dar de comer a su familia en un situación que llegó a tildarse de «indigencia familiar». Era todo un desafío cuando no había ingresos y la huelga seguía arrancando hojas al calendario. «Salíamos adelante con una cesta de patatas que me traía mi hermana o un kilo de arroz», explica Amaro, que añade: «En los comercios no pagaba casi nadie porque no había dinero. Los tenderos se portaron muy bien porque fiaban a la gente, hasta que no pudieron hacerlo más porque ellos también estaban endeudados y se quedaban sin existencias».

Esther Amaro fue una de los muchos encarcelados que sufrió el castigo del cinturón del cabo Pérez. Le tocó de rebote, mientras otra mujer intentaba protegerse de los golpes junto a ella: «Nos interrogaron en el cuartel de Sama y después nos llevaron a Oviedo, a la cárcel modelo, pero el que estaba al mando dijo que él no iba a encarcelar a madres de familia con delincuentes comunes. Al final acabamos en Gijón, donde pasamos una semana hasta que nos dejaron en libertad».

Esta langreana no se dejó amedrentar y se mantuvo en primera línea en los años sucesivos, cuando la represión volvía a emerger de manera esporádica. «Recuerdo los encierros en las iglesias y los líos que se formaban cuando la Policía iba a desalojar a los mineros. Nosotras íbamos detrás a intentar impedirlo», rememora Amaro. Y añade: «Sabían donde pegar. En El Entrego no se atrevían porque la vías del tren estaban cerca y había muchas piedras; en Sama era más difícil hacerles frente». De cualquier forma, esta langreana poseía sus propias técnicas de evasión. «Era ruinuca, pero corría mucho», apostilla. Al echar la vista atrás, Amaro elogia el arrojo de las mujeres que la acompañaron. «Había compañeras como Tina o Morita, además de otras muchas que tenían un gran valor. El papel que jugaron las mujeres fue muy importante, a veces más que el de los hombres», asegura.

 
   
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La rebelión de la mina
La Nueva España, 1 de abril de 2007

La «huelgona» que estalló en 1962 en las Cuencas alcanzó a 300.000 trabajadores en todo el país y resquebrajó para siempre las estructuras del régimen de Franco

Mieres / Langreo, Miguel Á. Gutiérrez

Rodaje en Santa Cruz de Mieres de una escena de una protesta, en una imagen perteneciente a una película en favor de la «huelgona» de 1962.
[Foto: Fernando Geijo]
Todo empezó una mañana de abril de 1962 en una mina de Mieres. La protesta espontánea de los trabajadores del pozo Nicolasa contra la sanción a siete compañeros desencadenó una huelga sin precedentes en la España de Franco. Como una epidemia, los paros se extendieron de pozo en pozo. El virus se propagó a la metalurgia y, semanas después, a minas y factorías industriales de todo el país hasta colocar a 300.000 trabajadores en pie de huelga entre abril y mayo. El régimen respondió con la fuerza, primero, y con la negociación, después, en un intento de devolver las aguas a su cauce. Fue un esfuerzo vano. La «huelgona» de 1962 provocó un terremoto social y político con epicentro en las comarcas mineras asturianas que tambaleó las estructuras del régimen. Nada volvería a ser igual.

En las Cuencas, el descontento de los mineros venía de lejos. El colapso del ideal autárquico se tradujo en la pérdida de protagonismo de la Falange y la entrada en el Gabinete franquista de tecnócratas ligados al Opus Dei que pusieron en marcha traumáticas medidas de choque como planes de estabilización, apertura exterior, ajuste de plantillas y congelación de salarios. El paternalismo fue relevado por un racionalismo económico que golpeó especialmente a la minería, sobre todo tras el ascenso de fuentes energéticas como el petróleo. Las huelgas de 1957 y 1958 en las Cuencas marcaron el camino, pero aún era pronto. La tensión siguió creciendo cuatro años más.

Los bajos salarios en contraposición con el elevado coste de la vida, así como las precarias condiciones de seguridad en el pozo fueron el caldo de cultivo que alentó ese malestar. La chispa estalló a principios de abril de 1962 en el pozo Nicolasa, perteneciente a Fábrica de Mieres. Según explica el historiador Ramón García Piñeiro en el libro «Las huelgas de 1962 en Asturias» (editado por la Fundación Juan Muñiz Zapico), la reorganización unilateral de los turnos de trabajo por parte de la empresa -con la supresión de un turno- y su negativa a elevar el precio del destajo llevó a 25 mineros del pozo a reducir deliberadamente su ritmo de trabajo. Siete de esos picadores, destinados a la capa novena, paralizaron por completo su actividad.

La respuesta de la empresa no se hizo esperar. El 6 de abril comunicó a los siete mineros que quedaban suspendidos de empleo y sueldo, a la espera de concretar el expediente sobre su despido definitivo. Al día siguiente, ni el relevo de la mañana ni el de la tarde entró a trabajar, en solidaridad con sus compañeros. La huelga estaba en marcha. En pocos días, se extiende por el resto del valle del Caudal. Después al Nalón, Gijón y el resto de Asturias. La protesta también desborda las minas y alcanza a los metalúrgicos y otros obreros. En dos meses, 65.000 trabajadores tomaron parte en la cadena de paros desencadenada en la región.

Reproducción de Fernando Rodríguez
A la denominada «huelga del silencio» -bautizada así porque los mineros se valían de gestos y códigos de conducta para determinar los paros- se sumaron comunistas, socialistas, trabajadores sin militancia alguna y cristianos de base vinculados al apostolado obrero. Estos últimos, unidos a algunos sectores del clero, contribuyeron a quebrar el sólido binomio Iglesia-Estado existente por aquel entonces en España.

En el conflicto de 1962 tuvieron un papel capital las mujeres de los mineros, que en muchos casos encabezaron los piquetes, ya fuera sembrando la entrada de los pozos de maíz, sutil metáfora para llamar gallinas a los esquiroles, o lanzando piedras para que éstos no salieran de sus casas y fueran a trabajar. También fue fundamental la solidaridad de comerciantes y vecinos ajenos a la huelga, cauce del exiguo aprovisionamiento de cientos de familias que tuvieron que soportar penurias por la falta de ingresos.

Lo que comenzó como una protesta aislada de contenido marcadamente social también se transformó en un conflicto político alentado desde el exterior para socavar los cimientos del régimen. La protesta se extendía a estas alturas a toda España, que tenía la mirada fija en lo que ocurría en Asturias. Las emisiones de «Radio Pirenaica» sembraron las ondas de consignas lanzadas por destacados dirigentes comunistas en el exilio que alentaban a mantener la resistencia obrera frente a los movimientos de represión. Entre abril y mayo se produjeron 356 detenciones (algunos represaliados aseguraban que las cárceles se quedaron sin colchonetas) sumadas a otras estrategias de intimidación como citaciones al cuartel y registros domiciliarios.

La tensión alcanzó su punto álgido a principios de mayo, cuando el Consejo de Ministros decreta el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa, al tiempo que reitera que cualquier concesión salarial está supeditada, primero, a la vuelta al trabajo. Estas medidas no surten efecto y Franco maniobra sustituyendo la fuerza por la negociación. Envía a Asturias a José Solís, ministro secretario general del Movimiento y conocido como la «sonrisa del régimen». En un actitud inédita hasta entonces, Solís negocia directamente con representantes de los mineros huelguistas para contar con un interlocutor válido. Esta estrategia certifica la defunción del Sindicato Vertical.

En un intento por mitigar la conflictividad social y recuperar el terreno perdido por los falangistas frente a los tecnócratas dentro del Ejecutivo, Solís se muestra conciliador y cede a las todas las demandas de los huelguistas. El precio de la hulla sube 75 pesetas por tonelada, un incremento repercutido directamente sobre los salarios. En algunos casos, los sueldos llegan a duplicarse. El acuerdo también incluye la puesta en libertad de los trabajadores encarcelados y el compromiso de no emprender represalias contra los huelguistas. A principios de junio, los últimos mineros vuelven al trabajo.

La situación entró en un compás de calma en los dos meses siguientes, pero en agosto el conflicto vuelve a estallar en el Caudal por la organización de las horas de trabajo, y en el Nalón por el despido de un minero en el pozo Venturo. En esta ocasión, la protesta no coge desprevenidas a las autoridades franquistas, que en pocos días organizan la deportación a otras zonas de España de 126 mineros, los más significados de cada pozo, con lo que la reacción obrera queda descabezada.

 
   
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«La huelga comenzó porque queríamos ganar más dinero, después la cosa se fue politizando»
La Nueva España, 1 de abril de 2007

Eladio Gueimonde era uno de los siete picadores del pozo Nicolasa de Mieres que desataron la chispa del conflicto tras ser despedidos

Palencia / Langreo, M. Á. G.

Eladio Gueimonde, en su domicilio de Palencia. v. h.
«La gente andaba muy quemada porque el salario y las condiciones de trabajo eran terroríficas. Aquello tenía que estallar tarde o temprano». Eladio Gueimonde Rodríguez tiene 67 años. Dejó la mina hace un cuarto de siglo y se trasladó a vivir a Palencia con su familia. A pesar del paso de los años, no ha perdido el talante reivindicativo. Este mierense fue uno de los siete picadores del pozo Nicolasa que desencadenaron la huelga de 1967, tras ser sancionados por la empresa y apoyados después por sus compañeros de pozo, en lo que fue el preludio de una cadena de paros y protestas obreras que se extendieron como una mancha de aceite por todo el país.

Gueimonde tenía entonces 21 años. Recuerda que la precariedad salarial era la causa principal del descontento de los mineros. «Yo cobraba 100 pesetas al día por picar carbón durante siete horas, lo mismo que valía un kilo de carne. A veces había que escotar hasta para comprar una cajetilla de Celtas», rememora este ex minero, que también alude a las difíciles condiciones laborales de la época. «La mina de entonces era inhumana. Había que echarle pelotas para bajar ahí abajo».

En medio de este clima de descontento estalló la huelga. Según explica el historiador Ramón García Piñeiro en uno de los capítulos del libro «La huelga de 1962 en Asturias», el paro empezó a gestarse el 5 de abril cuando unos veinticinco picadores de Nicolasa redujeron su ritmo de trabajo en desacuerdo por la reorganización de los turnos de trabajo. Siete de ellos paralizaron su actividad por completo.

En este grupo, además de Gueimonde, estaban Aníbal Álvarez, Eugenio Muñiz, Jovino Ardura, Abelardo Panadero, José del Caz y Francisco Fernández. Este último -según recoge García Piñeiro en el libro editado por la Fundación Juan Muñiz Zapico- era un falangista que había estado en la División Azul, que en los informes policiales lamentó que su actitud pudiera ser útil para los «enemigos» del régimen, aunque reconoció que no estaba dispuesto «a seguir soportando las injusticias de la empresa».

El 6 de abril los siete mineros fueron suspendidos de empleo y sueldo. «Al día siguiente fuimos a la mina con la carta de despido en la mano» -relata Eladio Gueimonde- «para explicarles lo que había pasado». «Todos quedaron de acuerdo en que si despedían a unos tenían que despedirnos a todos. Ese día ya no bajó nadie a la mina», rememora este antiguo picador.

El traslado forzoso

La empresa, Fábrica de Mieres, planteó el traslado de una parte de «los siete de Nicolasa» al grupo Quirós, una vez paralizado el despido por el rechazo que había generado. «Nos dijeron que nos iban a mandar a Quirós para ver si nos comían los lobos. No era broma porque en Quirós había lobos hasta en agosto», explica Gueimonde, que finalmente decidió pedir trabajo en La Camocha antes de pasar por Mina Llamas y Polio.

Este ex picador también recuerda los interrogatorios de la Guardia Civil. «No decían que si estábamos locos, que si queríamos provocar otro 34. Nosotros les respondíamos que sólo reclamábamos lo que era justo», apunta Gueimonde, para añadir a continuación: «Después de aquello nos enviaron a un comandante auditor para tomar nota de las reclamaciones salariales, hacer un informe con todo y mandarlo a Madrid. Antes de la huelga, los sueldos eran miserables,después los salarios mejoraron mucho».

A todo ello había que sumar la elevada siniestralidad y las precarias condiciones laborales. «Había muchos accidentes porque lo más importante era seguir sacando carbón y no dejar de producir. En una mina de montaña en la que trabajé le oí decir al capataz que prefería que se le matase un minero que una mula, porque la mula le salía más cara», indica el antiguo picador de Nicolasa.

Gueimonde considera que la huelga se debió a motivos eminentemente laborales, aunque con el paso de los días el conflicto se fue politizando. «La gente quería ganar más dinero, pero también hubo intereses políticos por el medio porque se dieron cuenta de que parar la industria era la mejor manera de derribar el régimen», concluye este ex minero, que reconoce que nunca imaginó la trascendencia que iba a tener aquella protesta. «Nosotros queríamos mejorar nuestras condiciones de trabajo. No imaginé que se iba a liar la que se lió, aunque es cierto que la cosa tenía que saltar por algún sitio», relata Gueimonde.

 
   
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Las comisiones obreras se consolidaron tras la deportación de 126 mineros
La Nueva España, 1 de abril de 2007

La medida provocó un efecto contrario a medio plazo. La necesidad de los trabajadores de mantener la cohesión y recabar fondos para los deportados y encarcelados provocó la definitiva consolidación de las comisiones obreras, así como el bautismo sindical de una nueva hornada de dirigentes.

La situación derivó en una nueva huelga en el verano de 1963, en la que se exigía la vuelta de los deportados, condición indispensable fijada por los trabajadores para acudir a las elecciones sindicales del Vertical. La represión esta vez fue brutal, con palizas y torturas que hicieron tristemente célebres los nombres y rangos de algunos verdugos, como el capitán Caro o el cabo Pérez. La protesta concluyó en noviembre de 1963, con el retorno de los últimos deportados. Fue el colofón a veinte meses de un profundo conflicto social y político que dejó profundamente tocada a la dictadura.

La huelga de la primavera de 1962 y el movimiento posterior que desencadenó tuvieron múltiples efectos colaterales: resquebrajó la alianza entre la Iglesia y el régimen, atrajo la simpatía de los intelectuales y generó su participación activa contra la dictadura (la denominada «insurrección firmada»), y cohesionó a la oposición antifranquista. También frustró los intentos de acercamiento del régimen hacia Europa y consolidó el resurgimiento del movimiento obrero.

Las huelgas asturianas supusieron un hito, un antes y un después que dejó la sensación entre los españoles de que el viejo orden había sido desafiado con éxito. Ahora el régimen era vulnerable. Todo gracias a siete mineros del pozo Nicolasa que una mañana de abril decidieron dejar de picar carbón.

 
   
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