La literatura de la mina
La Nueva España, 31 de julio de 2005

José Ignacio Gracía Noriega

Pese a haber sido Asturias la región que desarrolló más ampliamente el mito literario del minero, se echaba en falta un buen libro sobre la presencia de la mina y del minero en la literatura: vacío que pretende llenar (y llena en buena parte) el libro «Literatura y minas en la España de los siglos XIX y XX», de Benigno Delmiro Coto, publicado por Trea y la Fundación Juan Muñiz Zapico en 2003. Hasta el momento, lo más citado sobre la literatura de la mina era el artículo «La mina en la literatura», del profesor Elías García Martínez, harto insuficiente, aunque petulante. Bien es cierto que la mina tuvo en Asturias mayor potencia económica, social y política que literaria. Numerosos escritores asturianos ni se acercaron (literariamente hablando, por supuesto) a la mina; otros, como Palacio Valdés o Víctor Alperi, lo hicieron por proceder de zonas mineras, aunque no del medio minero. Y si bien los tres novelistas asturianos más reconocidos se ocuparon de la mina con mayor o menor intensidad, lo hicieron muy desde fuera, y en algunos casos con animosidad evidente contra lo que pudiera significar la mina y el minero: así, en las novelas «La aldea perdida» y «Santa Rogelia», de Palacio Valdés, en las que falta poco para que al minero se le pinte con rabo y cuernos (Plutón, se llama muy significativamente uno de los mineros concebidos por don Armando), o en el cuento «La prueba», de Ramón Pérez de Ayala, en el que el joven minero es presentado como un bruto y un inconsciente. Otra es la actitud de «Clarín» en «Teresa», aunque desenfocada. Probablemente habrá que darle la razón a Jesús Evaristo Casariego cuando se quejaba, en el prólogo a «El capitán Cadavedo», de Arnao y Bernal, de que la novela española de la segunda mitad del siglo XIX reparaba más en historias de adulterios y de mesa camilla de pensión madrileña que en lo que sucedía alrededor (entre otras cosas, la industrialización y el movimiento obrero que surgía con fuerza). Palacio Valdés se dio cuenta pronto de los peligros del industrialismo, pero sólo acertó a oponerle la nostalgia de un mundo patriarcal e idílico, inexistente en su época, si es que existió alguna vez.

Otros autores posteriores escribieron sobre la mina con mayor conocimiento y con más humildad. Porque «Marianela», de Benito Pérez Galdós, desarrollada en un paisaje muy parecido al de Asturias, es una novela que contiene algunas páginas emocionantes, aunque en general es simplona. Entre los autores más recientes que escribieron sobre la mina me parecen muy destacables Jesús Castañón y Manuel Pilares (un autor que merece ser recuperado, tanto en su faceta de poeta como en la de excelente cuentista), la sobriedad y contención de «La paga», de Mauro Muñiz; «Flores para los muertos», de Víctor Alperi, y «Mientras llueve en la tierra», de José M. Jove, una hermosa novela, inexplicablemente olvidada. La mina también fue asunto que se prestó al oportunismo político y literario; no vamos a citar nombres.

Un acierto de Benigno Delmiro Coto ha sido no limitar el material de su libro a Asturias. Por ello, no podía faltar la referencia a «Germinal», de Zola («difícilmente superable»), y a «Las Indias negras», de Julio Verne. Y es muy acertado recordar «Sub terra», de Baldomero Lillo, un vigoroso narrador chileno. Nada puedo decir de las novelas mineras (ni de cualquiera otra de sus novelas) de D. H. Lawrence, porque siempre me resultó un predicador laico insufrible. A Richard Llewellyn se le encasqueta el calificativo de «conservador», lo que si bien a mí me parece postura muy honorable, para otros significa repudio y condenación. No he leído «Qué verde era mi valle», pero su adaptación cinematográfica por John Ford ha dado como resultado la más hermosa película sobre minas jamás realizada. En el film encontramos la nostalgia por el mundo antiguo perdido, expresada con mayor eficacia que en «La aldea perdida», y el personaje de Donald Crisp, que echa de casa a uno de sus hijos por secundar una huelga, no es un «esquirol», sino un patriarca campesino a quien los nuevos tiempos han cambiado de medio. Trabaja bajo la tierra como en su juventud trabajó sobre ella. Es extraño que en este libro no se tenga en cuenta «Victoria», de Joseph Conrad.

«Literatura y minas», de Coto, es el trabajo más completo aparecido hasta ahora sobre la literatura de la mina. Se trata de una monografía muy completa, que lo convierte en obra de consulta inexcusable. No todo lo que se escribió sobre la mina es bueno (hay mucho panfleto, y cosas peores), pero aquí consta la mayor parte de ello, para conocimiento de interesados.

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