| He escuchado a alguien repetir varias veces que su cuota de vanidad la tiene cubierta desde hace tiempo. Mi vanidad evoluciona al ritmo del tiempo. |
9
Lugar: Centro Social de la calle Cifuentes
Día: 3 de junio de 2003 (martes)
La vida no acaba en la enfermedad (experiencia de un enfermo reumático en Iraq), me parece un gran título para esta reunión, y es imprescindible que diga que no he sido yo quien lo ha titulado así, sino las personas de la Asociación que lo han organizado.
Aunque alguien, por el subtítulo de la charla, haya pensado que podíamos hablar de política, no es mi intención, o al menos no lo es el hablar de política chusca, ya saben, que si este partido o el otro, salvo que alguna persona formule alguna pregunta o alguna opinión en ese sentido.
La idea es hablar del dolor y de la información sobre el dolor, de la información en general y de la información en particular, es decir, de la información en cada uno de nosotros, y en definitiva, de la información que recibimos del exterior en contraste con la que recibimos de nuestro propio cuerpo.
El viaje como brigadista a Iraq es el último ejemplo al que puedo recurrir de cómo el cuerpo me lanzó su mensaje de que estaba dispuesto a resistir aquella situación de tensión, a pesar de que unos meses antes me debatía en dolores que no sabía de dónde procedían.
Pero la historia sobre la interpretación del dolor comienza treinta y dos años atrás, cuando asistimos mi mujer y yo a un curso titulado El parto sin temor. Íbamos a tener la primera hija y queríamos prepararnos. Lógicamente la mayor preparación la requería mi mujer, que era quien iba a parir. El curso fue muy interesante y se me quedó aquella idea de que parir se pare siempre con dolor, que el dolor aparece con las contracciones, cuando se dilata, cuando se rasga la carne, pero que lo que sí se podía lograr es apartar el temor a través del deseo. Es decir, en la medida en que la mujer desea a ese hijo o esa hija, eleva su nivel de sensibilidad de tal forma que el dolor se hace más llevadero.
Esta fue la idea, nacida del parto por mi mujer de nuestra primera hija, que ha presidido mi vida y mis dolores. Los dolores se hacen soportables dependiendo de nuestras ganas por la vida, nuestras ganas de vivir.
La información general viene presidiendo nuestra vida aunque no queramos. Todo es información, buena o mala, pero todo incide en nosotros.
En un momento de la historia nos muestran a unos vaqueros de rostro saludable que montan a caballo y lanzan el lazo a las reses, con una música que galopa de fondo, y luego, al final de su trabajo, aún sobre la montura, aspiran con placer un cigarrillo de la marca x.
En aquellos momentos de la historia fumar era placentero y lo placentero es bueno.
Posteriormente creen descubrir que lo que es placentero para el individuo puede traer consecuencias económicas negativas, por los gastos que las enfermedades de los bronquios pueden generar a la Sanidad, a la Seguridad Social, y entonces se cambia la información. Fumar es altamente perjudicial. (Hay una película de Woody Allen, de un señor al que...)
Pero las cosas no son blancas o negras. Hay una escala de grises, y en esa escala interviene la persona, la individualidad, que puede interpretar que un cigarrillo llega a calmarlo lo suficiente como para que desaparezca su tensión muscular y se relaje su dolor de huesos.
(Ojo, no estoy haciendo apología del tabaco, sólo intento reflexionar). Expresión políticamente correcta.
Quiero poner un ejemplo de cómo cada uno de nosotros somos diferentes, es decir, que nuestro cuerpo, con una enfermedad o una dolencia igual a la de otra persona, puede sentirlo y verse afectado de distinta manera.
A los 46 años tengo un accidente por el cual se me clava un vidrio en la rodilla, rompiéndose dentro y dejándome algunas esquirlas. Me opera un doctor de renombre, o su equipo; me receta rehabilitación y cuando termino ese período de rehabilitación, diez días, me hace una prueba para ver si estoy bien o no: se sienta delante de mí, me sujeta la pierna herida y me dice que haga fuerza. Hago fuerza y el médico se cae de la silla. Inmediatamente dictamina que estoy en perfecto estado y que puedo incorporarme a mi vida normal. No me deja hablar más. No me deja decirle que si le hubiera empujado con la otra pierna lo podía haber desplazado un par de metros. "Nada, nada" dice, "puede usted volver a su vida normal, saltar, brincar, correr, lo que quiera" "¿Seguro, doctor?" El debe pensar que la vida normal de un hombre de 46 años es, pues eso, una vida normal, sedentaria.
Así pues, al día siguiente, llego al pueblo, a Balconete, subo al llano y me pongo a correr los diez kilómetros que suelo correr en mi vida normal. Cuando termino la carrera la rodilla comienza a hincharse, a hincharse... y vuelvo al médico. ¿Qué ha hecho usted? Me pregunta. Nada, doctor, mi vida normal. He corrido mis diez kilómetros. El médico se enfada: ¡A quién se le ocurre! ¡Eso no lo hacen ni los deportistas de élite! Reflexión: el médico no se había informado lo suficiente sobre ese paciente en particular.
Es entonces cuando decido atender a las recomendaciones de los médicos, pero siempre fiándome más del propio mensaje que me manda mi cuerpo.
Algo así me ocurre diez años más tarde, a los 56, cuando llego a Iraq y el responsable de la brigada, al mostrar mi deseo de quedarme, me pregunta si padezco alguna enfermedad.
Me debato entre la verdad de los médicos, del diagnóstico, y la verdad de mi cuerpo. El diagnóstico dice que tengo la enfermedad de Paget, y además tomo una pastillita para la tensión, y además sigo con las esquirlas de vidrio en la rodilla izquierda... pero mi cuerpo me asegura en esos momentos que es capaz de aguantar sus dolores, porque el nivel de sensibilidad, se encuentra por las nubes. Mi deseo de vivir y aportar un granito de arena ante el sufrimiento que espera a todo un pueblo ha elevado, como en el parto sin temor, ese nivel de aguante.
Sale de mi boca una pequeña mentira técnica: "Estoy bien", digo, en el mismo instante en que los huesos de la pelvis hacen crac y me obligan a levantarme de donde estoy sentado. De pie y caminando la cosa la llevo mejor. Pero yo sé que no he mentido, que mi cuerpo va a aguantar sin poner en peligro, en ningún momento, al resto de la brigada.
El día 20 de marzo, a las 5,30 de la mañana, empiezan a caer las primeras bombas sobre Bagdad, y ese mismo día comenzamos nuestras visitas a los hospitales. Desde ese momento el sufrimiento de un pueblo entero que ni siquiera tiene la posibilidad de defenderse, me hace olvidar mis dolores. Los dolores parecen haber desaparecido por arte de magia.
Surgen, es verdad, otro tipo de problemas: la ciudad destruida, los niños muertos, los niños mutilados, niños huérfanos, mujeres desconsoladas y hombres sin futuro. ¡Cuánto dinero invertido para dejar sin futuro a un pueblo! ¡Cuánto dinero invertido en la destrucción cuando se podía dedicar a la investigación de esas enfermedades que nos acosan!
Pienso entonces que ésta es la verdadera esencia del dolor, que nos priven de nuestro futuro.
Y también es entonces cuando veo la labor y el valor de asociaciones como la nuestra.
Pero volvamos al tema de la información. Toda noticia que se nos da para llevar adelante la invasión de Iraq es que tienen armas de destrucción masiva; luego que su presidente, Sadam Husein, es un hombre malvado; luego que tiene muchos palacios; luego buscan sin encontrar en las cuentas de Suiza, y por último nos dicen que asaltó el banco de Iraq
Ahora, una vez consumada la invasión, hasta el senador de Estados Unidos Robert C. Byrd, reconoce que no existen dichas armas; la historia nos recuerda que el momento más perverso de Sadam fue precisamente cuando era aliado de EE UU y seguía sus mandatos; que usaba los palacios como puede usar Juan Carlos I de España el de la Moncloa, el de Oriente, el del Pardo, el de Mallorca o el que se acaba de construir el príncipe Felipe; que no han encontrado cuentas en Suiza (a su nombre, porque haberlas haylas) y lo del asalto al Banco de Iraq... (¿para qué iba a asaltarlo si era el dueño?).
Y es precisamente estando allí, en Bagdad, en el sótano de un hotel que habíamos habilitado como refugio, donde habíamos tendido unos colchones para dormir si nos lo permitía el bombardeo, donde hago otro descubrimiento:
La recomendación general me había llevado a dormir en casa sobre un colchón de cierta dureza, y día a día me levantaba con grandes dolores que sólo desaparecían en el transcurso de la mañana y después de una ducha de agua caliente. Pues resulta que los colchones que usábamos en aquel sótano eran de goma espuma blanda, y yo me levantaba como las rosas, bueno no exactamente, pero si con una sensación de cuerpo descansado que hacía mucho que no lograba.
Cuando he llegado a casa he cambiado el colchón. Ahora duermo sobre una goma espuma blanda y aunque los dolores continúan, la sensación de cuerpo descansado es placentera.
Lo he comentado con el médico y hemos llegado a la conclusión de que cada cuerpo es un misterio.
No quiero terminar esta breve exposición sin deciros que, como los alcarreños vivimos bajo una ruta aérea que desemboca en el aeropuerto de Barajas y en la base de Torrejón, algún que otro día me sorprendo, cuando he percibido inconscientemente el ruido de un avión, mirando el reloj y contando los segundos en la espera de que exploten las primeras bombas.
Y cómo no, trasladándoos esa reflexión, de si es hora de que asociaciones como la nuestra nos planteemos que en los presupuestos generales del estado se dedique menos dinero al armamento y más a la investigación de las enfermedades, entre ellas también a las llamadas reumáticas.
¿He dicho que se dedique menos dinero al armamento? Perdón, me he confundido. Quería decir que al armamento ni un céntimo, porque la experiencia reciente del pueblo iraquí debe también servirnos para reflexionar que la comunidad internacional, llámese Naciones Unidas, o llámese países dominados por EE UU, o llámese Kofi Annan, o llámese simplemente y en nuestro idioma de andar por casa, pelotas serviles, puede obligar en cualquier momento al desarme de cualquier país, para luego ser invadidos por el ejército más poderoso y más cobarde del planeta. Por tanto ¿de qué sirve armarse?
Volvamos al principio: nuestros dolores se hacen más soportables dependiendo de nuestras ganas de vivir. Si nos roban la posibilidad de futuro, nuestros dolores se hacen insoportables.
Si a un pueblo le roban su futuro pueden ocurrir dos cosas: que el dolor lo lleve a la muerte o que el dolor lo lleve a intensificar la lucha por la vida.
Así, yo creo, que las personas que han puesto título a esta reunión, han estado acertadas, porque la vida no acaba en la enfermedad... si no nos dejamos robar el futuro.