No puedo decir que el odio se me haya instalado dentro, y sin embargo, con la tranquilidad que nace de sentir que has tenido una existencia plena, que no necesitas vivir más aventuras y desde luego que tu idea de aventura jamás ha sido la guerra, a siete meses de comenzar la penúltima barbarie siento consuelo cada vez que llegan noticias de muerte: cada vez que los invadidos asestan golpes mortales a las tropas ocupantes, a las organizaciones ocupantes, a las personas ocupantes: al Imperio.

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El día en Toledo fue muy cansado. Asistí por la mañana a una rueda de prensa y tuve que esperar hasta las diez de la noche para el programa de televisión.

La periodista, una joven de treinta y tres años, me había pedido material para preparar y documentar la entrevista: todas las fotos de Bagdad, el informe de la brigada y un currículo.

Cuando entro en el estudio me pide en voz baja y muy angustiada que no hable de política porque se está jugando el puesto. (Un puesto puñetero por un mísero puñado de pesetas que le hace recorrer todos los días más de setenta kilómetros desde su casa de Madrid). Imagínate no hablar de política al hablar de la invasión a Iraq.

Al presentarme ante las cámaras lo hace diciendo que fui presidente de la agrupación nacional de industrias vidrieras, pero no dice que en aquella época era miembro de la delegada de CC. OO. en la clandestinidad, con lo cual ella no sabía de qué hablaba y los televidentes asociarían lo de la agrupación nacional al mundo del empresariado.

Así caminó el programa durante veintitrés minutos en los que hablé de política sin hacer grandes declaraciones, con suavidad, con vaselina.

Al final quiso invitarme a un café fuera del estudio para explicarme que le habían prohibido hablar de política, mostrar las fotografías y hablar sobre el informe. Estaba realmente alterada, tan alterada que en algún momento me confundió con otra persona. Indignada, muy indignada con la dirección.

Cuando terminó de darme explicaciones le pedí que me enseñara la mano derecha, hice como que me concentraba en un pequeño silencio y le indiqué que debía volver a casa, que era tarde ya (media noche), y que Ángel, su marido, la estaba esperando. Abrió mucho los ojos y se quedó perpleja porque hubiera adivinado que estaba casada y el nombre de su marido. Entonces fue cuando supe que no me engañaba.