| "Quiero volver, Pepe" |
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Las mujeres iraquíes
Dice Mahoma en el Corán: "El Paraíso está bajo los pies de una madre".
En Irak me han llamado siempre poderosamente la atención las mujeres; su presencia es permanente y notoria en todos los ámbitos de la vida; incluso cuando en algún momento no se ve, se intuye con la misma fuerza.
Los estragos del Uranio Empobrecido (material utilizado por los ejércitos norteamericano e inglés en la guerra del Golfo del 91 contra Irak) han venido a caer sobre las mujeres, como no podía ser de otra manera, toda vez que uno de los efectos de ese veneno consiste en producir terribles enfermedades y malformaciones congénitas de distintos grados, como nunca antes se había conocido en la Historia de la Humanidad.
En Irak, especialmente en Basora, las embarazadas no preguntan a su ginecólogo si será niño o niña, preguntan si lo que están engendrando será un ser humano o una masa informe de carne imposible de calificar de manera alguna. Y el médico, impotente asiste a la pregunta sin poder responder, porque el embargo no les permite disponer de ningún medio de detección. Así que, hay que esperar nueve largos meses y dar a luz para obtener respuesta. Someter a una sola mujer a esa tensión, a ese trance, es ya un delito de lesa humanidad. Y en Irak no ha sido una mujer, sino miles las que se ven en esa situación. Cada día, desde hace doce años, en el hospital materno de Basora nace al menos un niño con alguna malformación congénita; la mayoría de los casos monstruosa.
Además, si felizmente resulta ser un niño o niña bien formado, en la mayoría de los casos, antes de los cinco años, enfermará de leucemia, o le saldrá un tumor horrible que acabará con su vida. Incluso si es niña y sobrevive a esos cinco años, puede que a los diez le detecten cáncer de mama: porque Irak es el único país del mundo en el que se dan esos casos, y hay que extirpar a niñas de diez años pechos que aún no tienen.
Al entrar en los hospitales infantiles, igual en Basora que en Bagdad y enfrentarse a esta situación, ves a las mujeres, a las madres que serenamente señalan a sus hijos en esa situación crítica y te dicen: "haz una foto a mi hijo y enséñala al mundo para que sepan lo que nos están haciendo".
Hay que tener un claro concepto de la justicia para, sin perder la dignidad, mostrar esas terribles enfermedades y pedir que ello mismo se muestre al mundo. No piden compasión, sino justicia, porque eso que les sucede es fruto del delito ajeno.
La fortaleza de las iraquíes me deja perpleja. Allí donde las demás habríamos creído encontrar el fin del camino, ellas se levantan sobre sí mismas y echan a andar para adelante. Son las mismas que he visto después, en esta última guerra, en Basora enfrentarse a los tanques enemigos, ponerse delante de ellos desafiando a los cañones, rompiendo el cerco enemigo para ir a buscar agua que dar a su gente, hijos, maridos, padres, hermanos. A esas, ni se las acalla ni se las engaña.
La situación, a día de hoy no ha hecho sino empeorar. Incluso si se ha levantado el embargo, el Uranio y la escasez no son objeto de preocupación para unos ejércitos ocupantes que sólo buscan el petróleo y el control de la zona. El esfuerzo sostenido en el tiempo, la entrega diaria a la dificultad remontándola día a día y sin rendirse ante ella; eso es el valor, eso es el heroísmo. Ellas son, como las palestinas, el otro frente; el frente que ganará esta guerra que aún no ha terminado.
Las mujeres iraquíes, su vientre y su regazo. Su firme determinación de seguir viviendo y dando nombre a un pueblo. Todo lo que una persona puede ser y sentir cabe en cada una de aquellas mujeres. Y no puedo por menos de sentirme orgullosa de pertenecer al mismo género que ellas, aunque debajo de mis pies no haya nada.