En algún momento he querido imaginar cómo siente un hombre que se piensa poderoso. ¿Puede una persona amarse tanto a sí misma que ame más el deseo de que su recuerdo permanezca que el propio hecho de vivir? No sé si esto que escribo y transcribo servirá para algo; me tranquiliza momentáneamente como los analgésicos pero pasadas unas horas desaparece su efecto. Debo de reconocer que el personaje de Sadam Hussein me hace dar tumbos. |
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Sándor Márai
(El último encuentro)
"... Quizás recuerdes que yo también viajé por Oriente: durante mi luna de miel con Krisztina. Viajábamos entre árabes, en Bagdad fuimos invitados de una familia árabe. Son gente nobilísima y tú, que has viajado por el mundo, lo sabes bien. Su vanidad, su orgullo, su comportamiento, su carácter apasionado, su tranquilidad, la disciplina de sus cuerpos, la conciencia de sus propios movimientos, sus juegos y sus ojos que nunca dejan de brillar, todo refleja en ellos una nobleza a la antigua usanza, parecida a la nobleza ancestral, de cuando el hombre se dio cuenta de su rango en el caos de la creación. Según algunas teorías, la raza humana surgió por esos lugares, en las profundidades del mundo árabe, en el principio de los tiempos, antes de que surgieran los pueblos, las tribus y las civilizaciones. Quizás por eso son tan orgullosos. No lo sé. No entiendo de estas cosas... Pero sí entiendo del orgullo, y de la misma manera que la gente siente, sin necesidad de signos externos, cuándo son de la misma sangre y de la misma raza, yo sentí en las semanas pasadas en Oriente que todos ellos eran miembros de la nobleza incluso hasta los últimos mugrientos pastores de camellos. Como te decía, vivíamos en una casa árabe, en una casa que parecía un palacio: éramos los invitados de una familia árabe por recomendación de nuestro embajador. Aquellas casas tan frescas, tan blancas... ¿las conoces? El patio interior, donde transcurre la vida de la familia y de la tribu, es a la vez mercado, parlamento y templo... Sus movimientos reflejan la pereza, sus ganas constantes y apremiantes de juguetear. Detrás de su holgazanería elegante y agresiva se esconden las ganas de vivir y las pasiones, como se esconden las serpientes detrás de las piedras inmóviles, bañadas por el sol. Una noche recibieron invitados, en nuestro honor, invitados árabes. Hasta aquella noche, se habían comportado con nosotros más bien a la europea, pues nuestro anfitrión era juez y contrabandista, uno de los hombres más ricos de su ciudad. Las habitaciones de los huéspedes estaban amuebladas con mobiliario inglés y la bañera era de plata. Sin embargo, aquella noche vimos algo muy diferente. Los huéspedes llegaron después del atardecer: eran todos hombres, señores con sus criados. El fuego ya ardía en medio del patio y se elevaba un humo maloliente, el humo penetrante de la hoguera, alimentada con excrementos de camello. Todos nos sentamos alrededor del fuego sin decir palabra. Krisztina era la única mujer entre nosotros. A continuación, trajeron un cordero, un cordero blanco; el anfitrión sacó su cuchillo y lo mató con un movimiento imposible de olvidar... Ese movimiento no se puede aprender; ese movimiento oriental todavía conserva algo del sentido simbólico y religioso del acto de matar, del tiempo en que ese acto significaba una unión con algo esencial, con la víctima. Con ese movimiento levantó su cuchillo Abraham contra Isaac en el momento del sacrificio; con ese movimiento se sacrificaba a los animales en los altares de los templos antiguos, delante de la imagen de los ídolos y deidades; con ese movimiento se cortó también la cabeza a san Juan Bautista... Es un movimiento ancestral. Todos los hombres de Oriente lo llevan en la mano. Quizás el hombre haya nacido con ese movimiento al separarse de aquel ser intermedio que fue, de aquel ser entre animal y hombre... según algunos antropólogos, el hombre nació con la capacidad de doblar el pulgar y así pudo empuñar una arma o una herramienta. Bueno, quizás empezara por el alma, y no por el dedo pulgar, yo no lo puedo saber... El hecho es que aquel árabe mató el cordero, y de anciano de capa blanca e inmaculada se convirtió en sacerdote oriental que hace un sacrificio. Sus ojos brillaron, rejuveneció de repente, y se hizo un silencio mortal a su alrededor. Estábamos sentados en torno al fuego, mirando aquel movimiento de matar, el brillo del cuchillo, el cuerpo agonizante del cordero, la sangre que manaba a chorros, y todos teníamos el mismo resplandor en los ojos. Entonces comprendí que aquellos hombres viven todavía cercanos al acto de matar: la sangre es una cosa conocida para ellos, el brillo del cuchillo es un fenómeno tan natural como la sonrisa de una mujer o la lluvia. Aquella noche comprendimos (creo que Krisztina también lo comprendió, porque estaba muy callada en aquellos momentos, se había puesto colorada y luego pálida, respiraba con dificultad y volvió la cabeza hacia un lado, como si estuviera contemplando sin querer una escena apasionada y sensual), comprendimos que en Oriente todavía se conoce el sentido sagrado y simbólico de matar, y también su significado oculto y sensual. Porque todos sonreían, todos aquellos hombres con rostro de piel oscura, de rasgos nobles, todos entreabrían los labios y miraban con una expresión de éxtasis y arrobamiento, como si matar fuera algo cálido, algo bueno, algo parecido a besar".