Poco a poco, a medida que la historia continúa, el pueblo judío va perdiendo la fuerza moral que nacía de su holocausto.

¡Se acabaron las películas que nos hablan de su sufrimiento! Si no aprendieron nada: ¡se acabó la publicidad!

Ahora saborean la venganza construyendo un gran gueto de hormigón.


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El epílogo de Belarmino García Villar
 

Llevo varios días deambulando, caminando sin rumbo fijo por esta plácida ciudad centroeuropea, me paro a escuchar a los músicos callejeros, luego tomo una cerveza en las terrazas de la plaza Glowny frente a la Iglesia de Santa María y veo pasear a los turistas que alquilan carruajes tirados por hermosos y pacientes caballos con un palafrenero de levita y chistera.

Un niño en un carrito que dirige su rubio padre se para a observar con atención y ojos muy abiertos cómo una linda gitana hace vibrar su violín; unos adolescentes vestidos a la usanza barroca tocan bellas melodías de Chopin, y la paz que se respira es como una medicina para el alma que anima a la sonrisa, esa que cuando se pierde es el indicador primero de que algo en nuestro interior tiene un destrozo difícil de restaurar.

Los cascos de los caballos sobre el suelo empedrado y el cielo nublado tan parecido al de mi tierra me confortan, y hoy por fin, venciendo todas las resistencias, me he decidido a visitar Auswich.

El campo de exterminio goza de una placidez respetable; una fina y casi imperceptible lluvia me acaricia la cara, y tras varias horas de recorrido por sus instalaciones, las montañas de zapatos, de maletas con los nombres de sus dueños y los cabellos rapados de los que allí fueron asesinados, me conmueven hasta las lágrimas.

De nuevo estoy sentado en la Rynek Glowny al lado de la concurrida Lonja de Paños y observo pasar a un grupo de judíos bien vestidos y tocados con su característico gorro que caminan en dirección a la calle Starowislna, donde al final hallarán la Vieja Sinagoga, la más antigua del país y que salvó milagrosamente de la barbarie nazi el altar donde guarda la Torah.

Han pasado sesenta años desde aquellos hechos y me hago preguntas que no obtienen respuesta; pienso en el sufrimiento de millones de personas en su mayoría semitas, en su abrupto y siniestro final, pero también en el pueblo palestino, en el coraje que pone para sacudirse la opresión y la humillación que Israel les impone, y de nuevo preguntas y más incógnitas sobre la naturaleza del ser humano.

Sin embargo, viendo hoy el alegre y despreocupado gentío que pasea, conversa y escucha complacido las orquestas de la calle, pienso en mi querida Bagdad a la que espero volver pronto, con la necesidad obsesiva de quien desea ver a su amante lejana, aunque sea sólo una vez más.

Anhelo de palmera y agua, de viento y arena, ansia de retornar a sus zocos y a sus fragancias. Afán por volver a encontrarme con sus gentes, dueñas ya de su destino, y pagar el tesoro de amistad y la fortuna de sonrisas que de allí me traje.

Dejadme soñar.
 

Cracovia, 7 de julio de 2003.