| "Recuerdo el intenso y llamativo amarillo de las mimosas, en contraste con las tímidas prímulas y discretas violetas que alegran los caminos junto a los nisales y ciruelos blancos y rosados que, en febrero, ya comienzan a anunciar la gran eclosión que se avecina". |
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Retazo 10
En aquellos años de la posguerra, con el racionamiento de la comida, la escasez de todo, incluido el dinero, lo que hacía prohibitivo para la mayoría el conseguir alimentos del estraperlo, la tuberculosis amenazaba en casi todos los hogares.
Estudiaba Sara en esa época en la capital, alojada con unos parientes. La cena consistía siempre en una sopa de fideos, sin más, sazonada con refrito de aceite. Pero ella era afortunada. En su plato siempre había un huevo escalfado entre la pasta. Los enviaba su madre, especialmente para complementar su alimentación. Estaba "en muy mala edad", decía; catorce años, muy crecida y siempre el miedo a la terrible y temible enfermedad. Uno de sus primos, criatura de tres años que cenaba a su lado la cotidiana e insípida sopa, preguntó: "¿Por qué yo nunca encuentro en mi plato esas cosas que encuentra Sara?". En ese instante, algo se removió en el interior de la muchacha. Se dio cuenta de lo injusto de la existencia. Lucharía siempre porque todos los seres humanos tuvieran un huevo en su sopa. Ella no supo entonces que, desde ese mismo momento, era comunista.