| 27 de abril de 1995 "En Harvard, de pie en medio de la escalera exterior de uno de los edificios de la universidad, un estudiante leía nombres ante un micrófono. Pregunté a Fátima Montero qué significaba aquello. Me respondió que era una manera de conmemorar los cincuenta años del final de la Segunda Guerra Mundial, que los nombres que se oían eran de víctimas del nazismo y que en aquel mismo instante otros estudiantes, en otras universidades, hacían lecturas como ésta. No se me ocurrió preguntarle qué nombres eran los tales. żDe soldados norteamericanos muertos en combate? żDe niños, mujeres y hombres exterminados en los campos de concentración? żDe los civiles de todas las edades muertos por los bombardeos de las ciudades? Después me pregunté si también llegarán a ser dichos así, alguna vez, los nombres de los millones de vietnamitas muertos por otros soldados norteamericanos: me pareció que no... Como los rusos no dirán los nombres de los que murieron en sus propios campos de concentración, como nosotros no diremos los nombres de los africanos que matamos en doce años de guerra colonial... Después me puse a imaginar que quizá fuese una buena purga mental leer en todos los países del mundo, sin excepción, de modo que pudiesen ser oídos en todo el mundo, los nombres de las víctimas inocentes de las que somos responsables: podía ser que esa cantilena alucinante nos curase del vicio de matar..." |
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Por la noche hemos charlado con Paco. Paco es un muchacho con trencitas en el pelo, que habla mal el español, el inglés y el alemán, pero lee mucho. Nos dice de carrerilla algo de un libro de La gran vía que nosotros desconocemos: "Los semáforos se ponen verde en La gran vía...", y entonces yo le digo aquello de Gila y otros libros: "My teacher is rich", y Paco (no Francisco, sino Paco del sur de Senegal) rompe en la risa de quien ha cogido la ironía.
A unos kilómetros del hotel, playa adelante, el olfato me avisa de que pronto me adentraré por un poblado de pescadores; el olor a morralla, suave primero, adormecedor, delicado, se hace intenso cuando topo con las mujeres que rompen a palos los escargots; luego los emplearán como condimento para dar sabor de especias marinas a la comida de los pequeños restaurantes, ranchitos, que bordean la arena. A la vuelta, en la linde de la piscina particular del hotel, una negra porcelanosa con su colorido vestido y su frutero en equilibrio, me pregunta el nombre mientras arranca un plátano, que me ofrece, del racimo que lleva sobre la cabeza: "Yo soy Mari y mañana cortaré tu barba".
Las cabañas son ocres, ocre clarito por dentro y ocre quemado por fuera; y las toallas, y los manteles y la colcha de la cama. Todo es ocre con distintos tonos.
Un día antes de salir de viaje recibí carta de Teresa, con retraso, con nueve días al menos de tardanza. Contaba que así, por las buenas, se había subido en un avión camino de Lanzarote y que anduvo buscando un hotel en el que no cobraran sobreprecio por festejar las Navidades ni el Fin de año. Mino escapó a Polonia y Ana, que no podía escapar, volvió a Bagdad. Sé, por referencias, que Rosa recaló en Egipto... Javier y Carlos se me perdieron en la noche de los tiempos.
Creo que éstas son las cabañas que nos describió la muchacha senegalesa hace veinte años. Cabañas redondas junto al mar para turistas. Independientes cabañas que acotan tu terreno con sus circunferencias, que te aíslan en sus terrazas, que sosiegan en su redondez interior y su techo de paja. De la terraza a ras de suelo acaba de huir, al sentir mis pasos, una lagartija grande de cabeza cuadrada. Tardó veinte años en abrirse camino como deseo lo que fuera una conversación cortés, amigable, con la camarera senegalesa en un restaurante del centro, por Echegaray (qué triste haber sido Nobel y que te recuerden como calle. Punto). Salí, pues, a la terraza de aquel lugar de turismo donde las flores y los pájaros ardían en enero. Un gorrión quiso engañarme desde una rama cercana intentando un gorjeo que no era suyo. Se lo dije y voló descubierto. Antes había visitado el súper para comprar güisqui peleón, un litro de William Peel similar al que tomaba con Teresa y Mino a la luz de las bengalas yanquis.
Me siento cómodo en el aislamiento; podría chapurrear algo en francés, balbucear algo en inglés para comunicarme con otros turistas o con los mismos camareros, pero no quiero. Me siento cómodo en el aislamiento.
Mirando a lo lejos pienso que el blanco es un ocre desteñido.
Bush estuvo no hace mucho en la isla de Gorée y desde la pequeña explanada hizo el discurso rodeado de un ejército de guardaespaldas. No derramó lágrimas, el Papa sí.
Aquellos negros que en otros tiempos eran engordados en esta isla y luego empujados por el callejón de la esclavitud, han procreado, se han multiplicado cumpliendo el mandato bíblico, han tenido descendientes que hoy engrosan el ejército invasor. Ironías.
Si alguien me saluda en francés o en inglés contesto en español. Sé que no van a esforzarse por entablar una conversación y me siento a gusto aislado y sin necesidad de buscar palabras que no me apetecen. Tengo la sensación de estar cruzando la línea de la última etapa de mi vida (la de la vejez) con dulzura; porque la de las traiciones y las muertes las viví hace siglos.