Aunque pueda parecerlo no olvido las promesas; no olvido a las madres de Iraq; no olvido a los niños y niñas mutiladas (creo que un cantante asturiano ha compuesto su canción de Alí). No olvido, pero ésta es mi forma de contarlo; éste es el tono de mi ocre y éstas son las acepciones de mis lágrimas aunque nadie me vea una gota de agua en los ojos.

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Hoy 15 de febrero de 2004, a un año de la manifestación millonaria en contra de la guerra sólo hemos vuelto los de la pedrea. Quizás algunas organizaciones jerarquizadas de las que se sumaron al cartel han tardado mucho en repartir los boletos.

En el camino, esta vez un camino corto, recorrido a la pata coja porque ya preveían los convocadores que mucho espacio sería difícil de llenar y daría mala imagen para sus inminentes elecciones, da tiempo para abstraerte, y medio absorto escuchas que alguien dice entender que la gente se desanime cuando su voz no es tenida en cuenta, alguien agrega que los mandos intermedios de las sociedades de izquierda también andan alicaídos, como pollos jabonados, que diría Cortázar, y ves que don Julio con su larga figura se agacha para tentarte al oído: Ya es tarde, ya ni siquiera palabras para seguir contando la batalla puesto que no hay batalla, qué cabeza de la hidra cortar si siempre quedará otra más autoritaria.

Y tú que sabes de su ironía empiezas a sentirte a gusto entre los de la pedrea, los suyos y los tuyos, que vuelven una y otra vez.