"Con la mayoría de las personas me comunico con el cerebro. Contigo necesito hacerlo con el corazón al mismo tiempo, anteponiendo, en muchas ocasiones lo que éste me dicta"
María Álvarez


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Teresa Tuñón, brigadista
 

Me llamo María Teresa, como mis dos abuelas. Tuñón y Álvarez son mis apellidos. El lugar de residencia, Bárzana, en una parte de la que fue casa de mis abuelos paternos, que trato de conservar, en la medida de lo posible, con los muebles y estructuras originales.

Nací en Arrojo, al lado de la iglesia románica, un veinte de marzo de mil novecientos treinta y cinco. Viví allí poco más de un año, hasta el verano del treinta y seis, cuando Franco protagonizó el Alzamiento contra la República legalmente constituida. Mi padre estaba escondido y los rojos me metieron en la cárcel, junto con mi madre, durante unas horas.

Uno de aquellos días, entusiamada, gritaba, puño en alto, "uchapepé", interpretación personal, con el incipiente parloteo, de U.H.P., Uníos Hermanos Preoletarios, mientras me acercaba a unas ovejas y caminaba entre ellas cuando las llevaban a encerrar en la iglesia para sacrificarlas y repartir la carne. Les costó un poco encontrarme. Mi estatura era como la de los animales y el pelo se confundía con su lana.

Nos fuimos a vivir a Torrelavega, provincia de Santander, ahora Cantabria, y que, conforme a la división de aquella época pertenecía a una de las Castillas, no recuerdo si a la Nueva o a la Vieja. Allí nació mi hermano.

Viajaba con frecuencia a pasar temporadas con mis tíos y abuelo en La Pachuca. Mi abuelo era maestro y él me enseñó a leer, cosa que hacía a los tres años.

Estudié en colegio de monjas. Misa y comunión diarias. En la escuela de Bárzana no llegó a dos cursos la estancia. Luego empecé a estudiar en Oviedo.

La cuaresma de aquella época se asemejaba al ramadán de los musulmanes: silencio, oración, ejercicios espirituales, ayuno y abstinencia. Casi todo era pecado, mortal o venial y el infierno estaba presente de forma continuada.

La correspondencia llegaba abierta. La censuraba la Guardia Civil. Las cartas que se escribían había que entregarlas, sin cerrar, en el cuartel. Allí las leían y decidían darles curso o interrogar al remitente si el texto no ofrecía claridad.

Las cartillas del racionamiento y las bulas están también presentes en la memoria.

La primera película sonora que recuerdo haber visto, cuando contaba unos ocho años, fue Esmeralda la Zíngara. La historia del feo jorobado de Notre Dame y la bella gitana, basada en el relato de Dumas. Anteriormente solo había visto cine mudo. En color, la primera película fue El Mago de Oz.

Viviendo en Torrelavega, me tocó el incendio de Santander, en el año 1941, ocurrido a consecuencia de un viento huracanado. Al día siguiente, en el parque, no podía entender como permanecían en pie los árboles delgados y los gruesos estaban todos caídos. Los secretos de la Física aún no era materia que yo conociese.

Los fines de semana y vacaciones iba a la playa: El Sardinero, Mogro y Suances eran los lugares más frecuentados.

La primera comunión la tomé en Bárzana, sin nada especial que recordar.

El primer beso que recibí, fue en Torrelavega. Un niño, vendedor callejero de periódicos, se acercó, me dio un beso en la mejilla y echó a correr. Llorando, llegué a casa y me lavé, más bien fregué la cara con estropajo y jabón.

Los juguetes eran muñecas y cacharritos. También un teatro de cartón con distintos decorados para cada obra a representar.

Amigas de la infancia conservo las de aquí. A las de Cantabria les perdí la pista.

Un abrazo. Teresa