| "Un día me encontré comiendo con apetito minutos después de ver en un hospital a personas carbonizadas, ancianos abiertos en canal, niños sin brazos y piernas, y empecé a sentir preocupación: ¿estaba perdiendo mi capacidad para horrorizarme?" |
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MUJERES DE ARMAS TOMAR
(1 de abril de 2003)
Ana Rodríguez está segura de que los iraquíes pueden vencer a los aliados. Es una mujer de convicciones firmes, con un trato muy castellano y recio pero, a su vez, adobado con momentos de dulzura cuando sonríe. Es delgada y apenas se alimenta, juega con la comida en el plato y prefiere la conversación al bocado, no bebe alcohol y siente una pasión especial por Iraq y su pueblo.
Por las noches juega al parchís en el hall del hotel con Abu Ferás. Compró el tablero en un mercadillo y se confeccionó las fichas rojas y azules con el cartón de los paquetes de tabaco. Esto la ayuda a ella a reír y es tan mala perdedora que cualquier contrincante teme jugar y ganar.
Es la tercera vez que visita el país, y con una cámara digital recoge todo aquello que le llama la atención. Tiene una hija de catorce años a la que le escribió una sobria y hermosa carta de despedida. Santiago Alba, filósofo español que permaneció en el país hasta pocas horas antes del inicio de la guerra, la hizo llegar a su hija.
Rosa Peñarroya es una muchacha joven, andaluza por los cuatro costados, enfermera de profesión que perdió su trabajo por quedarse en el conflicto. Es morena de una hermosa cabellera y las cámaras la adoran. Nuestra presencia no pasa inadvertida en los medios de comunicación nacional y extranjera, así que cada vez que aparece algún equipo de televisión la enfocan y comienzan a entrevistarla inmediatamente. Además sabe inglés y tiene un desparpajo que le permite atender a quien sea.
Todas las mañanas saluda y abraza con alegría a los presentes, ya sean compañeros, periodistas o personal del hotel, y ese pequeño alboroto nos levanta el ánimo a todos. Pero también llora a menudo, no guarda sus emociones, y Tomás la ha bautizado como Pasionaria. Practica el budismo y dedica todos los días tiempo para la meditación y los ejercicios de yoga. Eso la ayuda a sentirse más tranquila.
Teresa Tuñón, María Teresa para nosotros, es una asturiana de sesenta y ocho años, alta, rizosa, rubia, maestra jubilada y viuda, que cuida en un pueblo de montaña a su madre, cercana a los cien años. Decidimos juntos quedarnos aquí, cuando nuestro grupo regresó a la península a principios de marzo. Su historia bien merecería toda una biografía: la de una madre que saca adelante siete hijos, tras lo cual decide estudiar una carrera y convertirse en profesora, recorriendo la geografía española. La de una viajera solitaria por países lejanos de Asia. La de una militante política trabajando como cargo electo en Asturias. La de una artista que escribe y publica libros, que pinta paisajes, colecciona antigüedades y recibe en su casa a los bohemios. La de una persona que tiene una salud de hierro y una determinación imposibles de igualar. La de una mujer que no tiene miedo a nada ni a nadie.
Al caer la noche comentamos lo ocurrido en las últimas horas. Ana dice que si muere en uno de los ataques, desearía ser enterrada aquí y que le gustaría que le diesen el pasaporte iraquí. Lo dice muy en serio porque está plenamente identificada con esta sociedad. Rosa está dolida e indignada. A veces sus convicciones pacifistas se tambalean. Mueve la cabeza hacia los lados y con los ojos brillantes se le escapa como un murmullo entre los labios:"qué hijos de puta". Maria Teresa calla y pinta en un cuaderno.
Les hago una pregunta tan imprudente como injusta: ¿Si sirviera para algo, lucharíais al lado de los milicianos? Teresa me dispara la respuesta: Ahora mismo, Mino, sin dudarlo un instante; y Ana apuntala: No me importaría irme con ellos, lo estoy deseando. Rosa calla y se debate en su interior.