"La bandera española que ya no ondea en Bagdad cayó gracias al empuje, y el sentido de justicia, que anima a la decena de españoles que, en el escenario del conflicto, además de servir de escudos humanos a Sadam Husein, son utilizados por el tirano lo mismo para un fregado que para un barrido"
Manuel Martín Ferrand
ABC 30-3-2003


11

A la vuelta de Bagdad me encontré con esto
(Artículo solicitado por la revista
Aquídigital de Toledo
y escrito el 18-12-2003)
 

Uno de los pensamientos que me aterraban cuando estaba en Bagdad, era el calcular que las bombas y misiles lanzados contra el pueblo iraquí por el ejército invasor habrían sido más que suficientes para destruir las cinco capitales de provincia de Castilla La Mancha. Tal vez este pensamiento localista venía a manifestar cómo nos duele lo nuestro.

Desde la vuelta, el 13 de abril, noto que algo ha cambiado dentro de mí; se ha agudizado el sentido crítico y me he hecho más ácido con la inmoralidad de los poderosos. Si pudiera llamaría a la insurrección cultural. También me he hecho más intolerante con los inmorales de andar por casa y con los que lo son de oficio.

Sigo reflexionando, porque así lo prometí a aquellas madres iraquíes que perdían hijas e hijos en el genocidio, dónde está la raya que permite a ciertos hombrecitos erigirse en caudillos de la guerra y a sus voceros en aplaudidores de la muerte. No encuentro más respuesta que la codicia en sus distintas formas.

La codicia y la hipocresía que en estos tiempos, llamados de progreso, caminan de la mano. Codicia e hipocresía: qué dos palabras tan graves, tan condenables y condenadas por la teología y el sentido común (déjenme decir por ahora también: tan femeninas), y sin embargo que definen a la perfección dónde se encuentra la raya que divide el lugar del Imperio y el lugar de los humildes.

Codicia e hipocresía: ambas representadas por la iconología con el cuerpo de mujer (¡mire usted qué casualidad!) cuando deberían serlo por unos caballeritos cobardes, que cubren su rostro con un antifaz, mientras envían contingentes de sudacas, negratas, y otra escoria hispana bajo el mando del general Sánchez de los Estados Unidos, para que se maten entre sí con los moracos de Oriente medio y dejen el camino despejado a los judeznos. De esta forma el Imperio mata dos pájaros de un tiro.

Ya advertí que me he hecho un poco más ácido en las opiniones. Para que se diera este cambio de humor no sólo ha intervenido la desolación que la muerte produce en los vivos, (los muertos, cuando no son nuestros, duelen menos y a veces no duelen nada), sino también la insolvencia de la oposición mundial y nacional.

Insolvencia en su acepción más moderna de incapacidad para hacer frente a una obligación ética o moral, y que convierte a los partidos de izquierda en mero juguete en manos del Imperio que les obliga a clamar en el vacío de su desesperación: ¡que la reconstrucción venga de la mano de las Naciones Unidas!, porque no tienen otra cosa que decir, porque se han quedado sin fuelle de tanto batallar por los sillones y se agarran a un clavo ardiendo. A esto se le llama equilibrio social: cuanto más cutre es el gobierno más insolvente es la oposición. (¿Se han fijado que oposición también es femenino?)

¡Ea, se acabó el pesimismo! Que después de cada guerra y de enterrar a los muertos siempre llega un periodo de bonanza. ¿No se ha derrocado y detenido ya a Sadam Husein? Pues vuelvan los inversores a la bolsa, los clérigos a sus oficios y los invasores a casa, y dejen a ese pueblo milenario reconstruir sus ruinas a su manera. Del petróleo ya hablaremos.

Sí, reconozco que cualquier lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta el párrafo anterior, tiene elementos suficientes para tacharme de ingenuo. ¿Acaso el periodo de bonanza no empieza con la reconstrucción en sí misma? ¿Acaso no se están repartiendo el botín de la reconstrucción en orden a los que más han puesto en la destrucción? ¿Acaso la oposición despreciaría una sillita (o una banqueta mismamente) en la sede de las Naciones Unidas?

Volvamos a empezar: Hubo un día en que el paraíso del Imperio se quedaba sin petróleo, y las bombas racimo se oxidaban en los almacenes, y la bolsa bajaba, y el dólar caía, y la oposición se quedaba sin liquidez, y entonces se decidió invadir un país lejano que tenía un mar entero del preciado líquido y de cuyas olas oscuras nacía el eje del mal...