Primer premio
      Noemí González González: MANOS, BOCAS, MAÍZ

Accésit asturiano
      Montserrat Garnacho Escayo: TODOS LOS CAMINOS DEL ORBE

Accésit joven
      Alicia Calvo Panera: UN HILO ROJO

Accésit testimonio histórico
      José Antonio García Rodríguez: ENTIBAR DE SALÓN

Menciones especiales: asturiano
      Francisco Álvarez González: LOS CANTARES DE DAMIÁN
      Beatriz Fernández Valero: TITO SIMÓN

Menciones especiales: joven
      María Fernández Abril: UNA FLOR DE CARBÓN

Menciones especiales: testimonio histórico
      José Cuervo Álvarez: ORO ROMANO

Menciones especiales: castellano
      Gabino Busto Hevia: LEX TALIONIS
      Juan de Molina: NANA DE LAS MINAS
      Alberto González Llamas: PELAJES
      María Toraño Caso: MISIÓN ACUÍFERO
      María Palacios Bustamante: EXCAVACIÓN II


 
Primer premio
MANOS, BOCAS, MAÍZ
Noemí González González

Hacía ya demasiado tiempo que el 7 de abril había llegado a sus vidas, manchándolas aún más de negro. Esa mañana no le costó abrir los ojos, lo difícil era cerrarlos por las noches, donde las verdades hacían que se le secara la garganta de preocupación. Empezaba a helar de madrugada. Ató un pañuelo al cuello y se puso el abrigo. Sus pensamientos escaparon por la ventana, para unirse un segundo a Ana. Miedo le daba lo que aquellos salvajes podrían hacer con dos mujeres. Pero ahora no podía pensar en eso. Esperó a que llegara su hermana de pie, junto a la puerta, con la mirada perdida y los puños cerrados. Hacía ya tiempo que vivía con los puños cerrados, en un intento de controlar todo el miedo, la ira y las lágrimas que a diario amenazaban con salir en cualquier momento. Y eso no, los niños no tenían que saber más de lo necesario; bastante tenían ya con un padre en huelga, una casa fría y una cocina sin galletas.

Abrió la puerta a su hermana y le secó la cara antes de dejarla entrar. Ella le dio su bolsa de maíz, que traía religiosamente, para poder aportar a su manera.

- "Vete colos nenos a casa Xuana. Dixome qu'entovía tien carbón, que los llevaras, que ya fae ella la comida".-

Después le dio un beso en el papo y marchó. No hacían falta más palabras. Los pasos firmes, la mano en el bolsillo del abrigo, jugando con el maíz, y la mirada perdida, siempre perdida en los momentos de soledad. Los zapatos crujían en los pequeños cristales de la alborada de setiembre.

Fue llamando en algunas casas. En muchas otras ya la esperaban fuera. Algunas de ellas miraban al cielo antes de seguirla, quizás para comprobar si llovería, quizás para susurrar una rápida plegaria a santa Bárbara.

En cuanto las hojas embarradas aparecieron bajo sus pies, ya cercanos a la mina, sus manos empezaron a sembrar el maíz. Y sus bocas, como en un extraño conjuro, con sordo sonido, empezaron a llamar a las "pitas". Y no hacían falta más palabras.


 
Accésit asturiano
TODOS LOS CAMINOS DEL ORBE
Montserrat Garnacho Escayo

... bueh, éstos díes, así, así, yá sabes cómo ye’l Párkinson. Esta temporada, sí, la verdá ye qu’anda algo revueltu... Y por culpa la tele, tamién, con esi aforfugu de refuxaos tol día d’acá p’alla, los probinos, camín de nenguna parte... Probe... Y dizme él ésti día ¿qué van, pa Rusia, güela? Acelérase muncho, él cree que va apaecer el Cervera... ¿Vosotros cuándo dices que llegáis? ¿...? ¡Coime, porque azárase tou, al velos, el piensa que ta volviendo el 37! ¿Nun te digo que ta como un rapacín, que delles veces llámame güela? ...Non, a mamá non, nun la confunde. ¡Pero’l bocadillu pídemelu a mí! Que-y envuelva’l bocadillu que tien que dir pa La Riquela... ¡Como pa Rusia marchó en sin bocadillu! ¿...? ¡Á...! ¡Pero bueh...! ¿Pero entós papá nun tuvo que marchar pa Rusia de nenu, que nosotros nun somos rusos de milagru? Cui, nel 37, cuando güelito trabayaba en Llamas, que vivíen n’Ablaña tovía... ¡Ai, tú sabrás, fiyín, qu’a mí contómelo una fargatada veces! ...Non, si ye que nun llegó a embarcar... En setiembre del 37, cuando la cosa se punxo yá tan negra pa los mineros. Y qu’entós que xuntaron les families nes escuelines y qu’a ver quién quería mandar dalgún fíu pa Rusia, pa escapar de los aviones y la que se taba preparando... La Lexón Cóndor, debía ser, sí... ¡Ai, qué sabe él! Nun lo sabe. Él sólo diz ellos. O que sería cosa de Ramón. Ramón ye González Peña, que yá sabes que yeren vecinos... Y qu’entós güelita Nieves, como la primera yera Lluisa, que yera muyer, y llueu diba Lolo, que taba coxu y penriba taba ganándolo yá de zapateru, pues apuntólo a él, que Fonso y Mauricio y Mariano yeren tovía mui pequeños... Y p’allá foi’l mio Pepín. Colo puesto. Y en sin bocadillu. Que yá-yos daríen ellí pitu y merluza y de too. N’alpargates. Con unos zapatos de tacón de Lluisa baxo’l brazu, que dixéran-yos qu’en Rusia facía muncho fríu y entós güelita mandó-y p’allá l’únicu calzáu con suela qu’habría per casa... ¿Sabes quien diba tamién? José Fernández, Pepín Cabezón... Ye qu’al paecer, na escuela, papá yera Pepín Güipu y l’otru Pepín Cabezón... ¡Coime, el de Cuando el mundo era Ablaña, esi llibru que sal papá... Probinos... Non, ye qu’ellos diben los tres hermanos... Ye qu’ellos yeren d’una familia mui señalada, la ma taba viuda, de cuando-yos esplotó aquel camión de bombes que taben cargando a pala nel 34, en Fábrica de Mieres... Josefina la del Correor... Y resulta qu’al llegar a El Musel separáronlos en files. Y cuando taben subiendo, de sópitu apaeció de p’Avilés un barcu de guerra y, pim, pam, pum, empezó a cañonazos, que papá diz qu’El Cervera, pero non... ¡Qué sabía él, si echó a correr! Lo que pasa ye qu El Cervera yera’l famosu, El Chulo del Cantábrico, yá desficiera Xixón nel 34 y nel 36 y Santander y tol Norte y... Yá... ¿Y que foi’l que bombardeó nel 39 a los últimos neños de la República ehí nel puertu de Barcelona, sabíeslo tamién? Ente ellos, por cierto, una hermana César, el pá de Mari Luz. Arsenia... ¡Coime, Mari Luz Fernández, la hermana Amaro...! ¿Nun ves que la ma, Encarna, ta en Santuyanu con papá, na Residencia? Contómelo ella... Y la cosa ye qu’empezaron a llove-yos los cañonazos y entós el barcu inglés escapó echando fumo y los que quedaben tuvieron que correr esmanaos pa la estación, p’Ablaña otra vez... Y Francisco, el pequeñu, volvió tamién, pero Pepe y Joaquín yá embarcaran y resulta que llueu en Rusia a Joaquín nun se sabe qué-y pasó, desapaeció, nunca más naide volvió saber d’él una palabra, pero Pepe siguió escribiendo-y a la ma les cartes polos dos, como que taba vivu... Probina... Y claro, ponse nerviosísimu, cuando ve pela tele a los refuxaos, toos esos carrapiellos de xente dexao de la mano de dios pa detrás de sofrir tantos trabayos, como diz l’otru, que nun paez más que toles guerres son la mesma guerra, nin... ¿...? Coño, Virxiliu, cuando fala de los troyanos en La Eneida... ¿Cuál ye’l so crimen? Depués de sofrir tantos trabayos, ¿ye xusto que-yos tengáis cerraos tolos caminos del orbe, pa que nun puean llegar a Italia? Y volvió p’Ablaña. Y como nun había escuela, yá empezó a trabayar nuno y otro. Pisando l’islán, peles nueches, nes balses d’ El Vasco. Y llevando maletes. Y no que podía, hasta qu’entró de guaje en La Riquela... Pregúnta-ylo, verás como d’eso tovía s’alcuerda, de cuando marchó pa Rusia en sin bocadillu... Probe... Y qu’él nunca primero viera’l mar...

A mi padre...


 
Accésit joven
UN HILO ROJO
Alicia Calvo Panera
Con sangre de compañeros
moyabase el carbón.

(Desakato)

Ojos de tierra. La garganta de tierra. Nadie sabe lo que es morirse en dos días. La vida adquiere un sabor, una grisura de metal. Pesan la montaña y el campo donde se vivió siempre. Dante debería haber escrito «en la boca de la mina abandonad toda esperanza». En Degaña, la mina engaña, dicen. Y dónde no, contestan sus compañeros lacianiegos. Son las seis y no amanece. Todos callan en Cerredo. Zarréu, darréu, solo salimos para lo malo. Quien tiene la negra no se libra.

Se impone el rumor en sordina de los helicópteros que sobrevuelan la zona como tabarros. Tras dos días con sus noches de espanto sale un hombre del derrabe. Lleva el peso de todos los muertos. Se acabó. Roberto vuelve sin vida, pero ha luchado, pero se ha ido el tiempo, pero ellos tienen que defenderse y aplauden. La familia, los compañeros, los amigos, los desconocidos aplauden. Es un mecanismo de defensa: da rabia contarlo, que esa es la vida suya, él se ha quedado y nosotros no, bueno, mejor dicho, nos hemos quedado a este lado de la vida. Nos sentimos culpables sin perdón posible; por eso aplaudimos.

Qué ha pasado, no se sabe muy bien. Se cegó un túnel, pero cuál, no sé, uno de esos nuevos. Preguntad a las autoridades. Silencio sepulcral, qué ironía, una losa más sobre los mineros: no salir en la tele es la segunda muerte en este siglo maldito, ellos lo saben bien.

Doblan las campanas. Una imponente procesión de ojos ya secos y abrigos pardos aguanta bajo el sol plomizo de julio. La tarde pesa. Una fila de artilleros custodia el luto de la familia. Vecinos, tenderos, compañeros varios se arraciman en el corazón del lugar. Palistas y transportistas al fondo... Una salva de silencio acompaña a Calviño hasta el final. De pronto, alguien comienza a silbar. Un hilo rojo se extiende entre la gente. Un segundo silbido se une al primero y ya no estamos solos, piensan. Puño arriba. Silban la Internacional. Ya no hay quien pare, no hay tregua, que truene Bárbara bendita, pero no santa, hoy no, y menos para un compañero rojo como la sangre. Las voces destempladas rompen el cielo de Laciana como tarabillas libres. Esto no es un hasta siempre; nos vemos en las venas de la mina, en el pozo de Cerredo, luchando como nos enseñaste. Que descanses y hasta pronto.


 
Accésit testimonio histórico
ENTIBAR DE SALÓN
José Antonio García Rodríguez

Permítanme dar un salto atrás en el tiempo para rememorar un acontecimiento que me fascinaba en mi infancia cada 25 de Julio: los concursos de entibadores de Sama de Langreo, de los que fui testigo cuando avanzaba la década de los 50.

Para mí, el evento daba comienzo ya antes de la fiesta de Santiago asistiendo a los entrenos que mi padre, -vigilante de plantilla- programaba para las parejas – oficial y ayudante – de Hulleras de Sabero, que acudirían en representación de la empresa. A mi corta edad, yo empezaba a coger confianza con los trabajadores elegidos.

Varias veces me llevó mi padre a ese maravilloso espectáculo. La víspera partíamos hacía Asturias en una furgoneta DKW de la empresa, bien por el puerto de Tarna o por el Pontón, mientras mis ojos se extasiaban ante aquellos paisajes frondosos. Aún hoy, cuando cruzo el Pontón, hago parada obligada en la Fuente del Infierno a beber en sus frescas aguas.

Ese alto en el camino lo aprovechábamos entonces para cortar varas de avellano y marcar con navaja las medidas de los costales y el travesaño, ya que en el concurso estaba prohibido cualquier sistema convencional de medir. Trucos de oficio. A mediodía recalábamos en la pensión habitual de Sama, muy cerca de la sidrería El Polesu, que confío siga existiendo. La dueña de la pensión nos recibía con su típica frase: “¡Cómo ha crecido el rapaz desde el año pasado!”

El día del acontecimiento arrancaba con un peregrinaje hasta el parque de Sama a fin de examinar bien el cuadro y valorar la calidad de la madera que había en cada puesto. Este detalle era importante de cara a la ejecución del concurso, pues los nudos resultaban un serio hándicap. Posteriormente, nos encaminábamos hasta el Ayuntamiento para asistir al sorteo de puestos. Cada número que salía provocaba de inmediato caras de aprobación o de fastidio. A continuación, las parejas concursantes, provistas de las adecuadas herramientas y ropa de trabajo, protagonizaban un desfile informal hasta orillas del Nalón, donde les esperaba el cuadro. Allí se agolpaba un público entregado a una celebración que, al menos para mí, resultaba una auténtica fiesta.

Aunque llegué a familiarizarme con el proceso de entibar no dedicaré tiempo a describirlo – son recuerdos del guaje que fui – y los lectores expertos en el tema podrían corregirme con total seguridad. Las evocaciones son vagas y quedan lejanas, así que prosigo con las sensaciones, menos técnicas y más emocionales.

Llegaba el momento culminante de la decisión del jurado y se pasaba a la entrega de los trofeos a las parejas ganadoras entre ovaciones. Estallaban muestras de alegría de los galardonados y surgían algunas caras de desencanto. Permanecían un rato los corrillos de gente valorando lo acertado, o no, del veredicto.

El premio al trabajo más rápido casi siempre iba a parar a Puertollano, pues trabajaban con sierra, en vez de hacha, aunque jamás optaban a los premios de honor. La calidad de los manchegos no era su mejor cualidad. Exhaustos y felices, padre e hijo tomábamos el rumbo de vuelta a Sabero con la firme voluntad de volver al año siguiente y lograr o, incluso, repetir premio.


 
Mención especial (asturiano)
LOS CANTARES DE DAMIÁN
Francisco Álvarez González

La so voz cantarina yera’l filu musical de la xaula a les seis de la mañana. Nel tiempu que nos llevaba baxar a la novena planta cantaba él les dos estrofes de Xunto al puente Carrocera, o una estrofa de Baxo a la mina cantando, o una estrofa y l’estribillu de Los mineros del Fondón... Asina daben los nuesos pasos col tayu cada xornada. Dempués, el rinchíu de les vagonetes y el carraspéu de los martiellos picadores formaben orquesta, y entós el de Damián dexaba de ser un cantu a capella pa siguir sonando unos minutos más acompañáu pola instrumentación de percusión que ponía la mina.

Una nueche, tando los dos de murga nel chigre, cuando yá nun nos llegaben los deos d’una mano pa cuntar los vinos que bebiéramos, fui quien a arranca-y el so secretu. «¿Por qué cantes toles mañanes nel pozu, Damián?», pregunté-y. Miró a un llau y a otru cola clandestinidá d’un estraperlista, suavizó’l tonu de voz como un cura que baxa al fondu d’un alma dende la so xaula del confesionariu y respondióme como un neñu asustáu pola escuridá de la nueche: «Canto pa nun sentir los pasos de la muerte. Si me ta rondando, nun quiero saber que vien a por mi o a por dalguién que tea conmigo nesi momentu. Si tien que venir, solo-y pido que seya rápida y implacable». Darréu, ensin dexar sitiu nin tiempu pa la tristura, convidó al vasu de l’arrancadera y púnxose a cantar Gasto porque soi mineru.

Dende aquella nueche nunca nun volvimos falar d’esi asuntu, hasta’l día del mio accidente. Recuerdo a Damián nerviosu, entonando Qué bien paez un mineru al empar que secaba col so pañuelu mugrientu’l sudor frío y enfermo que moyaba la mio frente. Recuérdolu echando una mirada de sufrimientu a la mio pierna, ensangrentada y mordida poles ruedes de la vagoneta, y recuérdolu cantando ensin fuelgu hasta que me sacaron d’ellí. Cantó y cantó, y nun paró de cantar nin siquiera na ambulancia, sentáu al mio llau, camín del hospital. «¿Tan jodíu me ves que nun pares de cantar? ¿Tán mui cerca los sos pasos?», entrugué-y cuando yá taba a puntu de desmayame. «Qué va, compañeru, fáigolo namás por pasar el ratu. Nes ambulancies nun ponen la radio y esi turullu de serena ye bien féu», bromió apretándome la mano enantes de siguir cola lletra de Cuando la máquina va.

La mina acabó pa mi aquel día. L’accidente dexóme como secueles cróniques una coxera y una xubilación a edá temprana. Sicasí, munches veces pensé qu’aquella vagoneta que me truñera como un güe desbocáu fuera mesmamente una bendición, porque con ella la mina me cobró una pierna pero aforróme’l gastu de pulmones que tuvieron que pagar otros de la mio xeneración. Pensé de nueves nello cuando Damián daba les boquiaes nel hospital y esa vez yera yo’l qu’apretaba la so mano. Nun tuvo fíos y pa entós yá morrieran la so muyer y la so hermana, asina que yo yera lo más cercano a un familiar cercanu, esa persona a la que-y toca acompañar al desahuciáu nes hores d’agonía. La silicosis nun-y concedió la muerte rápida y implacable pola que naguaba. Sí, la silicosis, y ehí ta’l misteriu, porque na cabera nueche los sos pulmones mortalmente firíos sacaron fuelle naide sabe d’ónde y Damián nun dexó de cantar, una tres otra: Ay de mí, que yá nun vuelvo, El corazón del mineru, Compañeros, llega marzu, Déxame pasar, que voi, Yo a la mina nun maldigo... Cantó al altu la lleva y ensin desentonar, cantó como un xilgueru, col rostru llimpiu de dolor y mieu, hasta qu’al romper l’alba escosó l’aliendu. Y toi seguru de que nun sintió en nengún momentu los pasos tremendos de la muerte.


 
Mención especial (asturiano)
TITO SIMÓN
Beatriz Fernández Valero

Guzmán ye un neñu de diez años, tien energía y enforma entusiamo pa consiguir cualquier cosa que se proponga.

Una de les coses que más-y gusta, ye dir a enredar a la mina onde'l so bisagüelu y el so güelu, trabayaron munchos años. Guzmán llega ellí y conviertese n'esplorador, mineru, vixilante, maquinista, pantasma, barrenista....en cualquier personaxe qu'el so imaginación, disparada por tou lo que lu arrodia, amuésa-y nesi momentu.

Hai díes nos que se cola peles ventanes de la casa d'aséu, l'edificiu nel que, nun fai más de 11 años, preparábense los sos paisanos pa la xornada na mina. Una vegada dientro corriquia tornando los percheros, qu'aguanten con honor colgaos na mesma posición que cuando yeren utilizaos, salta percima de los bancos, cueye botes bastante más grandes que los carapijos qu'él lleva y ponles enriba d'estos. Inocente a lo duro que resultaba un día nesos pozos, él fantasiaba con que yera unu más faciéndose pasar pol so güelu;

“- Bonos díes Vitor, vaya suerte venos tolos díes per equí”

“- Bonos díes Simón, sí, ye préstoso trabayar na mina”

La so inocente voz fai imitaciones de les aventures qu'el so güelu cúntalu, porque entá güei píde-y casi a diariu que-y cunte coses de la mina. El so güelu suel faese'l remolón porque siente un estrañu amiestu d'amor-odio escontra la mina. Les sos alcordances siempres son contandos con gran arguyu al so nietu. Simón foi picador, más tarde consiguió ser vixilante y siempres-y repite la gran responsabilidá que tenía tolos díes;

“-Del mio trabayu dependía la seguridá de munchos paisanos Guzmán, siempres tenía que tar alerta”

Tamién lu cunta pa frenar l'entusiasmu de Guzmán ante'l peligru, les alcordances non tan prestoses del día a día na mina;

“-De los pozos qu'hai na mina, al más pequenu llamabenlu el pozu de la muerte, pola cantidá de paisanos que matáronse ellí.”

A Guzmán esa hestoria concretamente nun-y gusta muncho y siempres diz que nun quier escuchala.

Güei Guzmán atreviose a xubir hasta lo que yeren les oficines de la mina, un gran edificiu afaráu nestos últimos años por pillastres y lladrones de mal pelo que nun sienten respetu polo que foi'l pan de gran parte del so pueblu.

Afayó daqué que para él significó más que cualquier ayalga, la puerta d'una vieya taquilla de madera na que ponía “Simón Sanz Fonseca”, el so güelu. La puerta taba abierta, asomóse y dientro había un xuegu de llaves, llibretines y dellos documentos que nun sabe perbién por que sirven, pero sintió tanto arguyu que se lo quedo tou.

Cuando llego a casa, enseño-y al so güelu, ésti arguyosu pero apenado tóco-y la cabeza y díxo-y que diba cumplir eso que tanto tiempu lleva pidiéndo-y Guzmán, acompañalu a la mina y esplica-y como yera un día nel Pozu Pumarabule.


 
Mención especial (joven)
UNA FLOR DE CARBÓN
María Fernández Abril

Siempre la llevaba consigo. Ahí, sujeta a la altura de su pecho, pendiente de una cadena de plata, escondida tras los botones de su camisa. Pero la olvidaba, y hasta el momento justo antes de acostarse, en el que el espejo le devolvía un intenso reflejo negro y ella acariciaba pensativamente con las yemas de sus dedos el duro relieve de seis pétalos enmarcados dentro de un círculo, no se percataba de que llevaba años colgada de su cuello. Se acordaba inmediatamente de su madre, que se la regaló allá por las Navidades de 1985, de las lágrimas que llovían sin fuerza por sus mejillas y de aquella sincera sonrisa que le habían arrebatado sin avisar. También recordaba a su padre, sus manos ásperas y el polvillo oscuro que bordeaba sus uñas y sus ojos, siempre tiernos. Entre la luz apagada, distinguía el mono azul en el tendal, el casco encima de la mesa y las cómplices miradas de alivio que el matrimonio intercambiaba cuando, terminado el turno, el minero regresaba a casa. Entonces, pasaba bruscamente a verlo a él, hermoso y resplandeciente, diciendo que lo había decidido, que se quedaba a estudiar en Mieres, que se matriculaba en Minas. Luego, la ilusión del primer empleo, el resonar de unas copas de vino en el salón aún sin amueblar, la inesperada venida al mundo de Paula, y rutinas de besos y risas que acabaron por romperse con el temido lo siento, esto va muy mal, nos vemos en la obligación de prescindir de ti. Por último, la imagen de su figura, cada vez más pequeña, perdiéndose detrás de los controles del aeropuerto rumbo al otro lado del océano...

Un andar conocido se inmiscuyó en su frágil sueño de esa noche. Ay, y esa forma de respirar... «¿Eres tú? ¿Estás aquí?» Su brazo tanteaba el otro lado de la cama. «Shh, vas a despertar a Paula». El susurro recorrió su cuerpo como un escalofrío. «No, no puede ser...» Sus párpados pesaban demasiado. «Ya he ido a verla, está preciosa, cada vez se parece más a ti». El calor de su aliento le golpeó la nuca. «No te vayas, abrázame, abrázame fuerte, quédate conmigo». «Deberías dormir». Sintió un roce, frío y áspero, que descendía por la silueta de su cuerpo, sintió un peso que se apretaba fuertemente contra su espalda; lo sintió a él, dentro y encima, de lado y debajo; sintió su olor, sucio, y su boca, húmeda; y el sudor, y los gemidos y llantos, y los besos y arañazos, y un castillete a lo lejos, un estallido y gritos agónicos que aullaban dolor.

Se despertó sobresaltada, con una sensación extraña. Pero era hora de levantarse, hora de, como cada mañana, prepararse un café cargado, dos tostadas y encender la televisión. Noticia de última hora: una explosión de grisú a 400 metros de profundidad en una mina al norte de Perú; se desconoce el número de víctimas. La taza se hizo añicos al mismo tiempo que una terrible certeza sacudió su corazón. Corrió a la habitación de su hija y allí estaba, en la almohada, al lado de esa cabecita que descansaba en la ignorancia, una pequeña y brillante piedra de carbón. Tal y como había hecho su madre hacía treinta años, la llevaría a la joyería para que tallasen en ella la flor del agua y le pusiesen una cadena. Sería un buen regalo de Navidad para Paula.


 
Mención especial (testimonio histórico)
ORO ROMANO
José Cuervo Álvarez

El cómitre que antaño había regido las vidas de los galeotes finalizaba su existencia en aquella mina haciendo lo que mejor sabía: golpear a los reos. Sobre el borde superior del banco de tierra rojiza los soldados romanos vigilaban que ninguno desertara de aquella mina de oro.

Las largas y gruesas barrenas metálicas verticales giradas por unos volantes de los que los penados tiraban con cuerdas habían acabado su trabajo en la parte alta del banco mientras en la parte baja las finas y cortas barrenas horizontales iniciaban los talados con ánimo de que alguno de ellos topara con uno de los agujeros verticales. Al cabo de semanas de labor titánica las chimeneas verticales estaban listas. Y en un par más lo estarían las horizontales.

Finalizado el taladrado del banco comenzaron las labores hidráulicas. En lo alto del tajo había unos enormes toneles de madera recubierta de pez atestados de agua que otros esclavos se habían en cargado de subir desde el río haciendo girar una noria de la que colgaban unos canjilones sujetos por lianas de esparto. Cuando el genio romano que tuvo la ocurrencia de idear el ingenio consideró oportuno dio la orden de abrir las espitas de los toneles. El agua salió a borbotones por las canaletas de madera en dirección a los taladros verticales. En poco tiempo los taladros se llenaron de agua. El romano ingenioso estaba nervioso. Había probado con éxito su idea en un molino hidráulico de grano, pero era la primera vez que lo aplicaba en la explotación. Se subió en su caballo y rodeando el tajo por su parte posterior bajó con rapidez hasta el pie del acantilado. El decurión le gritó que no era seguro estar solo en medio de los esclavos y de inmediato ordenó a diez hombres armados que lo siguieran al trote. El creador de ingenios llegó en pocos minutos al pie de la explotación. Excitando a su caballo avanzó sin precaución entre los esclavos que agotados y sin apenas manutención estaban tendidos en el suelo: las castañas y la leche de cabra era un pobre alimento para realizar la penosa labor de explotar la mina. En una rápida inspección observó que solo manaba agua de uno de los taladros. Era un buen comienzo. El cómitre bajó a regañadientes su gordo cuerpo hasta el fondo del banco. El jefe de la explotación ordenó taladrar otros barrenos horizontales en la pared. Levemente decepcionado se retiró a su tienda.

Era de noche cuando le despertó el decurión. Algo había pasado en el tajo. Parte del terreno se había desprendido y había sido arrastrado por el impulso del agua. Un amplio grupo de esclavos había perecido bajo las piedras. El responsable de la explotación se vistió de prisa y tomó un candil. El decurión insistía en que había peligro y era mejor no acercarse. La muerte de unos pocos seres que carecían de la categoría de humanos no tenía importancia, pero el retraso en los objetivos era intolerable para unos patricios que vivían en la lejana Roma cuyo único interés era beberse en forma de vino el oro que se sacaba de la tierra de la tribu de los astures. A la luz de los candiles el jefe ordenó retirar los cuerpos aplastados. Era preciso invadir algunos pueblos más de la zona en busca de más esclavos. El terreno arrastrado por las aguas certificaba el éxito de la operación. Sabía que su cabeza seguiría sobre sus hombros unos años más.


 
Mención especial (castellano)
LEX TALIONIS
Gabino Busto Hevia

Di con él entre el gentío de una bulliciosa taberna de Roma. Habían pasado quince años desde la última vez que lo vi en aquella mansio del Conventus asturum, en el norte de mi lejana Hispania. Quince años buscándolo a través del vasto Imperio. Mucho tiempo soportando en mis pesadillas los alaridos de mis compañeros mineros. Al fin, allí estaba. Era nuestro antiguo jefe-ingeniero, más avejentado, pero con su inconfundible marca en la frente, su barba a la griega y su mirada siempre aviesa.

Pagó su vino con un aurus, pecunia acuñada acaso con el metal de la funesta mina de la Asturia transmontana en donde nos deslomamos durante meses. Poco después salió a la calle. Me embocé con el manto y lo seguí a distancia.

La noche, tenebrosa, me recordó la espesa oscuridad del pozo por donde el ingeniero nos forzó a meternos aquella nefasta jornada. Avanzamos penosamente por las angostas galerías con nuestras lámparas para comprobar el estado de la obra antes de provocar el derrumbe del monte. Bien adentro, al entrever la refulgente mena, notamos el peligro.

El ingeniero, encaminado hacia su domus, giró en el primer cruce. Apuré el paso, apreté la dolabra contra mi cuerpo y sentí latir con fuerza mi corazón.

La crueldad ilimitada de nuestro jefe y sus malos tratos corrompieron el laboreo en la mina. Recelaba de nosotros, nos maldecía, aborrecía nuestros origenes, odiaba nuestras costumbres. Fue él quien ordenó abrir la potente vía de agua con el fin de anegar las galerías y producir el fatídico hundimiento. Paralizados por el pánico, como atlantes aplastados por el peso de una construcción colosal, nuestros gritos chocaron con el bramido estridente de la tromba de agua. Una confusión de rocas, barro y sangre nos arrastró al abismo. Cuatro caballos negros con pezuñas de oro galoparon furiosos sobre nosotros. Violentas nubes de azufre brotaron de la boca y el hocico de un toro aterrador.

La calzada estaba desierta. Me acerqué al ingeniero y éste se volvió hacia mí. Lo miré a la cara y le dije: "Prepárate: Los espectros de la mina astur vienen a cobrar su deuda".

Imposible huir y salvarse. Profunda desgracia, desmedido horror; fatal desenlace. Un amasijo de cuerpos rotos quedó sepultado para siempre en el aluvión. Yo, amparado por Isis, Reina del cielo, Grande en magia, Protectora mía, logré sobrevivir.

Manejo bien la dolabra. Bastaron dos golpes certeros para abrir su cabeza. "Que el peso de la tierra te sea leve, ingeniero".


 
Mención especial (castellano)
NANA DE LAS MINAS
Juan de Molina

La mina es un racimo de luz esquiva donde vive la muerte, muere la vida.
Guardan tus muros inéditas tragedias, dramas ocultos.

Duerme, cándida y pura, mi niña blanca, que, después de la noche, siempre hay un alba.
La dinamita no alcanzará a dañarte donde tú habitas.

¡Ay, túneles de espanto, blandas paredes, que apresáis al minero en vuestras redes!
¡Quién fuera aire, para henchir tus pulmones cuando desmayes!

¡Quién fuera acero y piedra! ¡Quién andamiaje de roble, sin fisuras, hierro indomable!
¡Quién fuera presa que detenga avalanchas de aguas revueltas!

Libélula irisada de luz radiante, duerme argentina y clara, no te levantes.
Sobre tu frente, mil soles centellean, incandescentes.

Impávidas aristas, mica y carbón, polvo letal y negro, cristal sin sol...
Ámbito oscuro donde horadan la tierra los hombres duros.

¡Cuánto grisú nocivo, cuánta ponzoña! ¡Cuánto veneno en sombra, fatal, te ronda!
¡Aura de otoño, brisa quisiera ser dentro del pozo!

Entre las galerías la parca vuela. Sobre verdes colinas la ropa orea.
¡Colada al viento, bandera que te envuelve, limpia, en el sueño!


 
Mención especial (castellano)
PELAJES
Alberto González Llamas

Retirado ligeramente del bullicio samartinero, le hizo gracia, con las crines revueltas y unos mechones abovedados sobre los ojos.

—Va con la madre, si los quiere, lléveselos los dos.

—No, la empresa pide mulas, pregunto solo por el potro, cosa personal.

El vendedor echó una ojeada: —Si cuando acabe la feria sigo sin vender la yegua, puede usted venir a por él por mil trescientas pesetas.

Lo compró por mil, un tercio de lo que cobraba amaestrando para el tiro, y lo cobijó entre un centenar de mulas y machos que tosían como las personas sobre el heno seco y se lamían las heridas encallecidas. Una mañana quiso uno de los caballistas echar con él para la mina con otras mulas. El cuadrero lo impidió. El animal vivió bien hasta el fallecimiento de su dueño. Cumplidos tres años y sin patrón, pensaron que Pelajes debía ganarse el sustento, fue llevado a la doma y percibieron que el caballito reconocía las órdenes sin tener que sentir el látigo que chasqueaba sobre el cuero mugriento, ennegrecido, de los nacidos del cruce. Berreó Pelajes cuando le amputaron su larga cola, al arrastrarla por el barro se le metería entre las piernas y le fatigaría, y en la mina no le haría falta; no había mosquitos ni tábanos. Luego la marca candente y el herraje tachuelado a sus pezuñas. Al frente de cargas tan pesadas como las de sus gigantescas compañeras, se vio jadear mientras patinaba en el barro, carraspeando sudoroso entre el polvo que enturbiaba las profundidades y transpirando la humedad infiltrada. También castrado, le llegó la veteranía desplegando inéditas habilidades; aprendió a reconocer el peso que le enganchaban y dosificar sus fuerzas cuando, al final de una jornada, apenas podía mover ya la remesa de vagones, quería conocer el número de topetazos de las vagonetas antes de decidirse a tirar. Tras muchos golpes, rozaduras contra troncos salientes o tremendos tropiezos contra obstáculos que se encontraba por las galerías, los achaques fueron asomando. Cuando debía rondar seis años, en la costra de sus patas afloraban pústulas sangrantes. Un año más tarde la enfermedad había llegado, la hinchazón le subía hasta los corvejones y el animal cojeaba mucho. Enflaquecido hasta el extremo, bizqueando bajo la escobilla de pelajes, su corazón continuó amartillando, agitándole hasta el final; cada mañana intentaba a toda costa ponerse en pié, como aquella, cuando el mozo de cuadras, con ojos rumorosos, se acercaba para conducirlo a su noche tranquila.

En recuerdo de las mulas, caballos y hasta bueyes, que se afanaron con tanto valor y denuedo, dejando una parte de su vida en la mina, cuando no toda, al igual que los mineros, ambos, seres humildes y compañeros.


 
Mención especial (castellano)
MISIÓN ACUÍFERO
María Toraño Caso

Día 2. Trabajos de excavación iniciados con éxito. El vehículo responde a todos los tipos de roca que nos vamos encontrando. Avanzamos hacia el fondo sin contratiempos.

Día 4. Hace 24 horas que se produjo una explosión 200 metros por encima de nuestra posición y hemos perdido el contacto. Los ordenadores de a bordo no consiguen restablecer las conexiones. Los sistemas de sondas externos tampoco arrojan resultados. Confiamos en que el equipo de superficie haya iniciado el protocolo de reapertura del túnel. Tras la evaluación de daños, determinamos que el vehículo está en perfectas condiciones y que los elementos de perforación funcionan. Continuaremos con nuestra misión hasta la zona fijada.

Día 5. Mañana alcanzaremos el punto de comprobación. El terreno a esta profundidad cambia de colores y ofrece imágenes de ensueño. Es una pena no poder compartir con nadie la mezcla de excitación y sorpresa continua. Las computadoras laborales interactúan pero no tienen los mismos programas que las domésticas. Dicen que es para evitar distracciones. A nadie se le ocurrió que en un trabajo como éste, con tantos días bajo tierra, tal vez estaría bien un poco de sensibilidad y no tanto análisis de datos. La central de mando sigue sin responder.

Día 6. Es agua. Más bien hielo. Agua potable en estado sólido. 100% limpia. ¡Agua! Podemos declarar el descubrimiento del acuífero útil 1.0. de Ganímedes. Misión completada satisfactoriamente. Si le hubiesen contado a mi bisabuelo Lipe que aquel bebé al que apenas llegó a conocer se haría minera no se lo habría creído. A él que le tocaron los últimos años de las reservas de carbón y el inicio de las guerras por el petróleo, seguro que estaría orgulloso. Aunque tendría también mucho que contar sobre lo duro de su época y lo fácil que lo tenemos todo ahora. Iniciamos el ascenso. Energía restante: ocho días. Suficiente.

Día 9. A estas alturas del regreso deberíamos habernos encontrado ya con los compañeros de superficie. Deberíamos haber restablecido contacto con la base. Nuestros sistemas de comunicación funcionan correctamente. ¿Habrá afectado la explosión a la central exterior? Confiamos en que el túnel esté reabierto.

Día 13. Llevo dos días detenida frente al tapón de piedras que provocó la explosión del descenso. He intentado iniciar excavaciones laterales pero la potencia que puedo generar con la energía que me queda no es suficiente. Las sondas no reflejan ningún movimiento al otro lado. El sistema de temperatura se ha colapsado y empieza a hacer frío.

Día 15. Ha venido mi bisabuelo Lipe. Se ha traído su casco y su mono azul. Tiene la cara y las manos tan tiznadas de negro como en esas viejas fotos que la abuela guardaba en un cajón y me enseñaba de cuando en cuando. Me da un beso y me felicita por el hallazgo. ¡Agua fuera de la Tierra! La última esperanza. Pero dice que me olvide, que tengo escarcha en las cejas y que estaré mejor con él. Apago el intercomunicador. Él me apaga la luz.


 
Mención especial (castellano)
EXCAVACIÓN II
María Palacios Bustamante

El espacio era un vacío negro lleno de lunares blancos, tan blancos, que absorbían las miradas aún inexistentes. Absorbían hombres rudos, blancos, para luego escupirlos pintados de tonalidades grises y apagadas.